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El fenómeno del Pastor Rocha. Por Nicolás Panotto

El “pastor Rocha”, personaje interpretado por el humorista evangélico y pastor Santiago Endara, se ha convertido en los últimos meses en un fenómeno social, artístico, mediático y religioso, alcanzando una visibilidad monumental durante la jornada final del Festival de Viña. A través de una sátira fina e inteligente —recurso históricamente utilizado por individuos y colectivos para denunciar regímenes de poder y exclusión— Rocha expone prácticas y discursos habituales del mundo evangélico, dejando al descubierto los efectos dañinos que muchos de ellos producen en personas que forman parte de esta tradición cristiana, pero que suelen naturalizarse dentro de sus propias estructuras.

Ahí radica la potencia de su performance: desarma las lógicas de poder que atraviesan buena parte del liderazgo eclesial y revela, con una parodia aguda, las contradicciones e hipocresías presentes en ciertos rituales y lenguajes religiosos. Endara lo expresó con claridad frente al público de Viña: “El Pastor Rocha nació para denunciar aquellos abusos y miedos que disfrazaron de sed. Me cansé que se use a Dios como un arma, mientras se discriminen a otros.
No creo que Dios quiere que odiemos a nadie en su nombre. Creo en un Dios que tiembla cuando usan su nombre cuando discriminan a otro. Creo que en una Iglesia que ama sin preguntar a quién”.

Sin embargo, uno de los rasgos más significativos del personaje es, paradójicamente, su capacidad de humanizar esta expresión de fe. La ironía que desmonta la solemnidad de cierta institucionalidad eclesial termina operando —a través de la risa, las exageraciones y la identificación de miles de seguidores— como un camino para recordar que “la verdad” de lo evangélico no se agota en las formas protocolarias ni en las figuras que monopolizan su representación sociopolítica a través de los medios de comunicación o espacios políticos oficiales. La figura de Rocha ha provocado intensos debates y críticas desde sectores del mainstream evangélico chileno, tal como se ha evidenciado en entrevistas y notas de prensa recientes. Sin embargo, la incomodidad no responde únicamente a la caricaturización, sino a algo más profundo y doloroso: la crítica emerge desde el interior mismo de esa tradición.

Santiago Endara es pastor de una iglesia nacida hace cinco años, en plena pandemia, que congrega a personas de diversos perfiles, especialmente jóvenes que se identifican con la fe evangélica pero cuestionan estructuras eclesiales que perciben como dañinas. Además, el personaje surgió en la plataforma digital “Es de Canuto”, creada por Endara junto a su amigo Josué Valenzuela. Ambos formaron parte de la misma iglesia desde la adolescencia y comenzaron allí a desplegar sus habilidades artísticas al servicio del trabajo comunitario. Este dato no es menor. Rocha no es una construcción externa ni una parodia elaborada desde la distancia; es fruto de experiencias vividas al interior de iglesias concretas. Lo anterior revela algo fundamental y para nada anecdótico: la diversidad interna del campo evangélico es mucho mayor de lo que suele suponerse. La crítica encarnada por Rocha no busca negar la identidad creyente, sino resignificarla desde una mirada alternativa, incluso marginal. Más que un gesto de ruptura, se trata de una interpelación que aspira a recuperar un sentido más profundo de la fe frente a distorsiones que suelen tomarse como naturales. Tampoco la dimensión performática es un elemento extraño a estas comunidades; las expresiones artísticas forman parte habitual de su vida colectiva. La diferencia es que, en este caso, esa práctica se proyecta hacia el espacio público como una crítica abierta que dialoga tanto con creyentes como con la sociedad en general.

La visibilización de Rocha también pone en evidencia el lugar que ocupa hoy lo evangélico en el espacio público chileno. Ya no se trata de un fenómeno circunscrito a quienes participan formalmente en iglesias. Como lo demuestran las reacciones del público, lo evangélico opera como una cultura sociopolítica que trasciende fronteras institucionales y se manifiesta en prácticas, símbolos y discursos que circulan ampliamente, incluso entre quienes no son parte de su institucionalidad. Por eso su impacto alcanza ámbitos culturales, políticos y sociales más allá de lo estrictamente religioso.

En ese contexto, no sorprende que una figura como Rocha movilice sensibilidades diversas y genere reacciones intensas. Su irrupción señala que la discusión sobre el mundo evangélico ya no puede reducirse a estereotipos simplificadores ni a lecturas unidimensionales.

Finalmente, el “fenómeno Rocha” ofrece a la sociedad chilena una oportunidad para comprender con mayor profundidad la complejidad interna del campo evangélico e incluso religioso y espiritual. Aunque existan marcos doctrinales y rituales compartidos, conviven en su interior posiciones ideológicas, políticas y teológicas muy diversas, muchas veces en abierta tensión. En una época en que lo religioso es frecuentemente instrumentalizado —como el propio Endara advirtió— reconocer esa pluralidad permite superar la imagen de la fe como mero dispositivo funcional al poder. También puede entenderse como un espacio capaz de generar voces críticas que enriquecen el debate democrático e inclusivo.

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