De un tiempo a esta parte vivimos, sin duda, lo que el historiador británico Eric Hobsbawm (1917-2012) habría catalogado con justicia como “tiempos interesantes”.
Y cito a continuación un ejemplo que me reafirma en esa convicción: un analista estadounidense del ala neoconservadora o “neocon” (aunque él rechaza ese epíteto y prefiere que lo llamen liberal), como es Robert Kagan, escribe un artículo en The Atlantic (30 de marzo de 2026), revista insospechadamente vinculada al establishment estadounidense, con un provocador título: “EE. UU. es ahora una superpotencia renegada”, y esta bajada: “La conducta de Washington en la guerra con Irán está acelerando el caos global y profundizando el peligroso aislamiento de Estados Unidos”.
Uno podría pensar, claro, que Kagan, quien fuera asesor de alto rango de distintos gobiernos, tanto demócratas como republicanos, desde 1980 hasta 2016, y que pertenece a una ilustre familia vinculada a los más poderosos think tanks y a las más altas esferas de la política exterior en Washington por más de una generación, está respirando por la herida. Teoría que no sería para nada desdeñable si se considera que en 2016 renunció públicamente y con cierto escándalo a las filas del Partido Republicano debido a la nominación presidencial de Donald Trump, catalogándolo como “una amenaza fascista” a las instituciones democráticas y apoyando la candidatura de Hillary Clinton ese año, y posteriormente a Joe Biden.
Kagan es hijo de Donald Kagan, un destacado historiador de origen lituano que se especializó en el estudio de la Antigua Grecia y, en particular, de la guerra del Peloponeso, sobre la cual escribió varios volúmenes. Profesor en Yale, fue uno de los intelectuales clave en la consolidación del pensamiento neoconservador. Esa ola irrefrenable que tuvo a Ronald Reagan como a uno de sus adalides, y a su equipo de internacionalistas −Norman Podhoretz e Irving Kristol, y luego Paul Wolfowitz y Richard Perle− como la punta del ariete que haría soñar a muchos con el restablecimiento de la hegemonía estadounidense sobre el planeta. Una vez derrotado el enemigo soviético y el enemigo chino, claro está.
Un hermano de Robert, Frederick, también historiador como su padre, a la par que analista político, fue una figura relevante en el American Enterprise Institute (AEI) y uno de los arquitectos del incesante incremento de tropas en Irak, en 2007, durante la administración de George W. Bush. Y su cuñada, Kimberly Kagan, fundó y presidió el Institute for the Study of War (ISW), uno de los tanques de pensamiento ligados simbióticamente al mundo militar de mayor alcance y repercusión en Washington.
Pero todo ese rancio abolengo no tendría significación alguna si no se apuntara también, entre los datos que configuran su perfil, el hecho de que es el esposo de Victoria Nuland, una diplomática de alto nivel en el Departamento de Estado, y con fama de mujer dura y aguerrida.
Embajadora de EE.UU. ante la OTAN del gobierno de Bush hijo (2005–2008) y consejera principal de política exterior del vicepresidente Dick Cheney, Nuland ocupó, a su vez, cargos de significación durante varias administraciones demócratas, incluyendo el de subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos (2021–2024) en el gobierno de Biden y secretaria de Estado adjunta para Asuntos Euroasiáticos (2013–2017) durante la administración Obama −período en el que jugó un rol notable en la crisis del Euromaidán o rebelión antirrusa de 2014, con epicentro en esa plaza de Kiev.
“Que se joda Europa”
Los más memoriosos recordarán su folclórica y directa expresión, “Fuck the EU” (“Que se joda la Unión Europea”), que derivó en un notorio incidente diplomático internacional en febrero de 2014, en pleno apogeo de las protestas en Kiev. Frase dicha dentro del contexto de una conversación telefónica filtrada y subida a redes sociales entre Nuland y Geoffrey Pyatt, en aquel entonces embajador de Estados Unidos en Ucrania.
En ese diálogo, interceptado aparentemente por los servicios de inteligencia rusos, ambos discutían la composición del futuro gobierno de transición tras las protestas contra el presidente Viktor Yanukóvich, al que se acusaba de ser demasiado complaciente ante Moscú. Nuland explicaba que había hablado con autoridades de Naciones Unidas para que enviara un enviado especial a Ucrania a fin de “sellar el acuerdo” político que dejaba fuera a los ucranianos prorrusos, valorando que la ONU actuara con mayor rapidez y firmeza que los diplomáticos europeos.
Finalmente, tras incidentes callejeros que involucraron una alta dosis de violencia e inclusive la actuación de francotiradores encubiertos, Yanukóvich abandonó Ucrania en la noche del 21 al 22 de febrero en dirección a Rusia, lo que derivó en la formación de un nuevo gobierno de transición y desencadenó la posterior anexión de Crimea por parte de Moscú y la guerra abierta en el Donbás como parte de la llamada “Operación Militar Especial” digitada desde el Kremlin.
Todos estos antecedentes y esta larga introducción histórica y contextual deben ser tomados en cuenta, antes de entrar en materia, para explicar por qué Robert Kagan está tan disgustado con la deriva de la política exterior de Trump. Quien, a su juicio, ha abandonado a su suerte al gobierno de Volodímir Zelenski en Kiev, delegando su defensa en manos de sus aliados europeos de la OTAN, para concentrarse en los ataques contra la República Islámica en Irán, donde Washington ha actuado en conjunto con Israel, los países del Golfo y algunas potencias de Europa Occidental. Entre las que destaca, desde luego, Gran Bretaña, fuertemente entrelazada en materia de defensa con EE.UU., debido a la “relación especial” que siempre los ha unido.
Por ello es que en el artículo mencionado, Kagan concentra su artillería pesada en contra del conflicto con Teherán, el cual le parece inútil e innecesario en la medida en que no hay intereses estratégicos de primer orden en juego que obliguen a su país, en su visión, a intervenir en esta guerra que amenaza convertirse en un pantano −siguiendo un curso similar de algún modo a lo que ocurrió antes con sus intervenciones en Yugoslavia, Irak y Afganistán, frente a las cuales Kagan fue, por cierto, mucho menos crítico.
Dice Kagan, al inicio de su texto: “Cualquiera que sea la forma y el momento en que termine la guerra de Estados Unidos con Irán, ésta ha expuesto y exacerbado los peligros de nuestra nueva realidad, fracturada y multipolar: abriendo brechas más profundas entre EE.UU. y sus antiguos amigos y aliados; fortaleciendo la posición de las grandes potencias expansionistas, Rusia y China; acelerando el caos político y económico global; y dejando a Estados Unidos más débil e aislado que en cualquier otro momento desde la década de 1930”.
Y añade, por si restara alguna duda, que “el éxito contra Irán será hueco si acelera el colapso del sistema de alianzas que durante ocho décadas ha sido la verdadera fuente del poder, la influencia y la seguridad de Estados Unidos”.
Un test de esfuerzo para el “unilateralismo rampante”
Ahora bien, ¿por qué citamos este ensayo de Kagan como una prueba brutal de que los vientos de la historia están cambiando rápidamente sobre Washington y sobre el entorno global que EE.UU. está moldeando a partir de lo que, sin duda alguna, puede calificarse como un “unilateralismo rampante” de parte de Trump? La respuesta es muy clara: porque es desde el corazón del pensamiento neoconservador clásico estadounidense donde están surgiendo críticas que antes jamás se escucharon.
Que Kagan hable de su país como una “superpotencia renegada” (“a rogue superpower”) es algo muy fuerte e inédito. Junto con señalar que “ningún estado en Oriente Medio (incluidos el Irak de 2003 y el Irán de hoy) representó jamás una amenaza directa a la seguridad del territorio estadounidense”. Y que “Irán no tiene misiles que puedan alcanzar a EE.UU. y, según la inteligencia estadounidense, no los tendría hasta 2035”, subraya que “el acceso al petróleo y gas de Oriente Medio nunca ha sido esencial para la seguridad del territorio estadounidense”. Y menos hoy en día, toda vez que “Estados Unidos depende menos de la energía de Oriente Medio que en el pasado, algo que Trump ha señalado en numerosas ocasiones desde que se cerró el estrecho de Ormuz”.
Pero, al margen de la casuística, lo más importante del enfoque fuertemente crítico de Kagan es que es capaz de visualizar un futuro −ni siquiera muy lejano− de un país solitario y librado a su propia suerte en la arena internacional, toda vez que ha dejado de ser un socio confiable, destruyendo, por voluntad propia o por inacción flagrante, la cadena de alianzas internacionales que aseguró gran parte de su hegemonía casi incontrastable, después de la II Guerra Mundial.
Y enfatiza, sobre el particular, varios aspectos que, a nuestro juicio, merecen ser subrayados:
• “La guerra de Irán es una intervención global al estilo ‘America First’: sin debate público, sin voto en el Congreso, sin cooperación o, en muchos casos, ni siquiera consulta con aliados aparte de Israel, y, aparentemente, sin preocupación por las posibles consecuencias para la región y el mundo”.
• “El antiamericanismo está aumentando en países que antes eran aliados. Al preguntarles en una encuesta reciente de Politico si la China de Xi Jinping o los Estados Unidos de Trump eran más confiables, el 57 por ciento de los canadienses, el 40 por ciento de los alemanes y el 42 por ciento de los británicos dijeron que China: una fuerte caída en la fiabilidad percibida de EE.UU.”.
• “Nadie cooperará con Estados Unidos por elección, solo por coerción. Sin aliados, Estados Unidos tendrá que depender de clientes que controla, como Venezuela, o de potencias más débiles a las que pueda intimidar”.
• “(El orden estadounidense) … sobrevivió a guerras impopulares en Vietnam e Irak. Sobrevivió a calamidades económicas globales hechas en EE. UU., como la crisis financiera de 2008. Incluso sobrevivió al relativo declive económico y militar de Estados Unidos. De hecho, su gran poder fue más que tolerado y perdonado: otras naciones lo impulsaron, lo secundaron y, con sorprendente frecuencia, lo legitimaron a través de instituciones multilaterales como la OTAN y las Naciones Unidas, así como en coaliciones menos formales. Esto, más que la fuerza bruta, fue lo que convirtió a Estados Unidos en la potencia más influyente de la historia”.
• “Esos días se han acabado y no volverán pronto. Las naciones que antes se sumaban al carro de Estados Unidos (bandwagoning) ahora se mantendrán al margen o se alinearán en su contra, no porque quieran, sino porque EE.UU. no les deja otra opción, porque ni las protegerá ni se abstendrá de explotarlas. Bienvenidos a la era de la superpotencia estadounidense renegada. Será solitaria y peligrosa”.
Epílogo con filibusteros, piratas y corsarios
Agréguese a lo anterior una serie de declaraciones de Donald Trump que poco y nada ayudan a levantar la alicaída imagen del softpower o “poder blando” de Estados Unidos a nivel global.
Para segmentar el enfoque y no correr el riesgo de elegir una temática demasiado amplia y difusa, se ha elegido como unidad de análisis específica de este trabajo hacer un seguimiento histórico de diversos statements trumpianos dedicados exclusivamente a asuntos relacionados con Venezuela y la conturbada relación bilateral entre Washington y Caracas, tanto antes como después de la denominada “Operación Resolución Absoluta”.
Que fue, como se sabe, el operativo militar del 3 de enero de 2026 en el que fuerzas especiales de EE. UU. (la Delta Force, con fuerte apoyo satelital, aéreo, naval y de inteligencia) se desplegaron en Caracas, y en particular en el Fuerte Tiuna, con la misión de capturar con éxito al Presidente Nicolás Maduro y llevarlo vía manu militari junto a su esposa, Cilia Flores, a una prisión en Nueva York para enfrentar cargos penales en tribunales por narcoterrorismo y otros presuntos delitos.
A continuación, se reproducen las sucesivas declaraciones de Trump, especificando la fecha y el marco de referencia en el que fueron formuladas, tomadas desde distintos medios de prensa:
Fecha: 22 de diciembre de 2025. Contexto: Rueda de prensa en Palm Beach, Florida, tras la interceptación y decomiso de buques petroleros que transportaban crudo de Petróleos de Venezuela (PDVSA). Dichos: “Vamos a conservarlo (el combustible). Puede que lo utilicemos para las reservas estratégicas. También nos quedamos con los barcos”.
Fecha: 17 de diciembre de 2025. Contexto: Declaraciones en la Base Aérea Andrews tras anunciar medidas sobre el transporte marítimo vinculadas al sector petrolero. Trump argumentó que la nacionalización y expropiaciones realizadas bajo el gobierno de Hugo Chávez en 2007 retiraron activos y derechos a corporaciones de EE.UU. (como ExxonMobil y otras). Dichos: “Recuerden que nos quitaron todos nuestros derechos energéticos. Nos quitaron todo nuestro petróleo no hace tanto. Lo queremos de vuelta. Nos lo quitaron ilegalmente”. “Nos quitaron nuestros derechos petroleros (...) expulsaron a nuestras empresas, y lo queremos de vuelta”.
Fecha: enero de 2026 (con Maduro ya en su poder). Contexto: Anuncios sobre la gestión del mercado de crudo extraído de Venezuela, su envío a refinerías en el golfo de EE. UU. (Texas) y el aparente reparto de ingresos entre ambos países. Dichos: “Hemos sacado 50 millones de barriles de petróleo de Venezuela (...) nos quedan millones de barriles”. “Estamos trabajando con ellos (...) ellos recibirán parte de eso y nosotros recibiremos parte de eso y se dividirá, y nuestro país se enriquecerá”.
Fecha: 5 de agosto de 2026. Contexto: durante un discurso en Las Vegas (Nevada), Trump justificó la extracción y apropiación de petróleo venezolano tras la intervención militar de inicios de año. Dichos: “To the victor go all the spoils” (traducido al español como “Al vencedor le corresponde el botín” o “Al vencedor le pertenecen las riquezas”). Además, se refirió a las operaciones en Caracas como una “guerra de 48 minutos” y afirmó que Washington actuó “a la antigua usanza” (“the old-fashioned way”). Sostuvo, asimismo, que su país está recibiendo a través del petróleo venezolano “muchas veces más de lo que gastó” en llevar a cabo el ataque. Y concluyó, lapidario: “De Venezuela están saliendo miles de millones de barriles de petróleo. Es uno de los lugares más ricos del mundo [...] Estamos importando mucho petróleo desde Venezuela y pagamos el precio de esa guerra con lo que estamos tomando una y otra vez”.
Los conceptos de Trump se explican por sí solos y no hacen falta mayores comentarios.
Cabe, sí, tal vez, hacer una digresión sobre el filibusterismo y la piratería como etapa o fase superior de la acelerada declinación de EE.UU. como potencia imperial en los días que corren bajo la égida de un hombre, Donald Trump, que, en paralelo a la tarea de impulsar la “Doctrina Donroe”, de afianzamiento del poder estadounidense en su “patio trasero” o espacio hemisférico cercano, ha señalado que los únicos límites morales que admite son aquellos que él mismo se ha trazado.
En efecto, en una entrevista concedida a The New York Times, publicada el 8 de enero de 2026 −y realizada en el Despacho Oval la noche del 7 de enero, a escasas horas de la acción militar en Caracas que derrocó a Maduro Moros− al ser interrogado sobre si existía algún límite, control o restricción conocida a sus poderes globales y acciones militares, ésta fue su respuesta:
“Sí, hay una sola cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme. [...] No necesito el derecho internacional. Yo no estoy buscando hacerle daño a la gente”. Y al ser cuestionado nuevamente sobre si su administración debía acatar el derecho internacional, agregó: “Sí, lo creo. Pero depende de cuál sea tu definición de derecho internacional”.
Una definición que quizás no habría disgustado en lo más mínimo a su compatriota William Walker, un célebre filibustero “yanki” −abogado, médico y periodista, nacido en Tennessee, que asoló Centroamérica entre 1855 y 1860−, quien después de intentar apoderarse de Sonora y Baja California en México, terminó autoproclamándose presidente de Nicaragua en julio de 1856, y que culminó su trayectoria enfrentando a un pelotón de fusilamiento hondureño el 12 de septiembre de 1860, tras ser capturado por efectivos de la Marina Real británica, que defendían sus propios intereses en la región.
Walker expresó como pocos la ideología del “destino manifiesto”, tan en boga en Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, basada en la creencia de que la población colonizadora de origen y estirpe anglosajona tenía la misión “divina” y providencial de expandirse y civilizar el salvaje continente americano. Un espíritu mesiánico que de alguna forma se manifiesta también hoy a través de un presidente imbuido de arranques imperiales que al parecer no reconoce otros límites ni restricciones que las que él mismo arbitrariamente se ha fijado.
Carlos Monge Arístegui. Dr. en Relaciones Internacionales del Programa San Tiago Dantas. Miembro del Foro Permanente de Política Exterior de Chile y del GASPE (Grupo de Análisis y Seguimiento de la Política Exterior)
