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El foro de Madrid en Chile: La libertad que prometen no es la tuya, “es la suya”. Por Jose Dagoberto Rojas Urrutia

El Foro de Madrid ha llegado a Santiago y, con él, no solo una cumbre internacional, sino un laboratorio político donde se ensaya la transformación de la democracia en un cascarón vacío. La organización, impulsada por la “Fundación disenso de Vox”, se presenta como defensora de la libertad, la democracia y el estado de derecho, pero bajo ese manto retórico opera un proceso de erosión sistemática de los pilares que sostienen toda democracia liberal. No se trata de un seminario neutral, sino de un espacio de articulación política que busca convertir coincidencias ideológicas en una hoja de ruta común, donde la política se organiza como una batalla entre patriotas y enemigos internos, disminuyendo el espacio para la deliberación y erosionando los contrapesos institucionales.

El mecanismo de apropiación de ideas democráticas para desfigurarlas desde dentro es el núcleo del proyecto “iliberal” que el Foro promueve. Como ha advertido la literatura política, el iliberalismo no rechaza las elecciones; rechaza el pluralismo que debería acompañarlas. Sus síntomas son reconocibles: concentración del poder ejecutivo, deslegitimación sistemática de jueces y periodistas, y una apelación constante a "el pueblo" frente a las "élites". Esta estrategia se ha hecho visible en Chile con el impulso de reformas constitucionales que concentran poder en el Ejecutivo, el discurso de mano dura en seguridad y la retórica confrontacional en migración. La preocupación no es menor: el politólogo Fareed Zakaria ya describió esta fórmula hace décadas —se gana en las urnas y luego se erosionan las instituciones— y hoy el Foro de Madrid se presenta como su principal vehículo de difusión en Iberoamérica, instalando el binarismo ideológico “NOSOTROS contra ELLOS”.

La ultraderecha contemporánea ha perfeccionado un sofisticado repertorio de estrategias discursivas y simbólicas para revestirse de legitimidad democrática y aparentar pluralismo, ocultando así su agenda iliberal. En primer lugar, la estrategia de la apropiación semántica consiste en secuestrar el vocabulario de la democracia —"libertad", "voluntad popular", "Estado de derecho"— y vaciarlo de su contenido sustantivo, para luego redefinirlo al servicio de políticas excluyentes; así, la "libertad" se reduce a libertad de mercado, la "voluntad popular" a la de su propio electorado, y el "Estado de derecho" a la sumisión del poder judicial al ejecutivo. En segundo lugar, la estrategia de la representación victimista les permite presentarse como la voz de "los olvidados" frente a unas "élites globalistas" que supuestamente secuestran las instituciones, invirtiendo así la narrativa: ellos no son los agresores del sistema democrático, sino las víctimas de un “establishment” que los excluye, lo que les permite reclamar un lugar en la mesa pluralista desde la posición del oprimido. En tercer lugar, la estrategia de la normalización escalonada opera mediante la participación activa en foros internacionales, misiones de observación electoral y encuentros académicos —como el propio Foro de Madrid—, donde se visten con el traje de la diplomacia y el debate de ideas, legitimándose ante la opinión pública mientras, de forma paralela, tejen alianzas transnacionales que coordinan el ataque a los contrapesos institucionales. Finalmente, la estrategia de la inclusión excluyente les permite abanderar causas como la defensa de la mujer, la comunidad judía o las minorías sexuales en contextos específicos —siempre que estas causas sirvan para atacar al "enemigo" común, usualmente Venezuela o la izquierda—, creando así una fachada de pluralismo táctico que les permite desactivar las críticas de sectores progresistas, mientras su núcleo programático sigue siendo profundamente homogeneizador, jerárquico y excluyente. Estas cuatro capas de legitimidad simulada no son meras tretas retóricas, sino la ingeniería institucional de un proyecto que busca ganar elecciones para, desde dentro, desmantelar la democracia que le dio poder.

Hoy en Chile la controversia que ha generado la participación del presidente Jose Antonio Kast en este foro revela la tensión entre la legitimidad de origen y la deriva autoritaria en el ejercicio del poder. Dirigentes de la propia derecha liberal chilena, como Evópoli, han expresado reservas y se han desmarcado institucionalmente, advirtiendo que la llamada "batalla cultural" termina alejando la discusión de las prioridades ligadas a la calidad de vida de las personas. El senador Luciano Cruz-Coke ha sido explícito al considerar innecesaria la participación presidencial, mientras el diputado Jorge Guzmán ha señalado que el Foro "no los representa" y que no comparte la forma en que se equipara a la izquierda democrática con regímenes dictatoriales. Esta fisura en el oficialismo demuestra que el proyecto del “Foro Madrid” no es un consenso, sino una disputa abierta sobre el rumbo de la democracia chilena y la destrucción de la centro derecha liberal.

En su V encuentro regional en Santiago de Chile —celebrado bajo el lema "Una nueva era para Iberoamérica"— el Foro ha congregado a más de 40 expositores de 26 países, incluyendo a Javier Milei, Kevin Roberts de la Heritage Foundation y funcionarios de la administración Trump. NO debemos olvidar, que la elección de Chile como sede no es casual: la propia organización ha señalado que la llegada de Kast a “La Moneda” y el triunfo del rechazo en el plebiscito constitucional de 2022 convierten al país en un "punto de inflexión" y un referente para su proyecto regional.

Mientras tanto, la oposición chilena se organiza y ha constituido un encuentro paralelo denominado "Democracia siempre", advirtiendo que el Foro de Madrid representa una "amenaza desde el gobierno a la democracia" y que sus ideas son "contrarias a los derechos ciudadanos". La propuesta de este foro de oposición para contrarrestar la “erosión iliberal” que disfraza sus intenciones bajo el manto de la democracia: propone anclar la reflexión social en cuatro principios irrenunciables que funcionan como antídotos frente a la simplificación autoritaria. El primero es el principio del pluralismo radical, que no se agota en tolerar las diferencias, sino que exige reconocer al adversario político como un interlocutor legítimo y no como un enemigo a eliminar; la democracia no es una batalla cultural sino un espacio de deliberación donde el disenso es el combustible de la vitalidad cívica. El segundo es el principio de la institucionalidad robusta, que nos recuerda que los contrapesos —poder judicial independiente, prensa libre, organismos autónomos, sistemas electorales transparentes— no son obstáculos para la gobernabilidad, sino las columnas que sostienen el edificio democrático; sin ellos, el voto popular se convierte en una licencia para la tiranía de la mayoría. El tercero es el principio de la memoria y la verdad, porque defender la democracia exige no olvidar que los procesos autoritarios siempre comienzan con la distorsión del lenguaje, la manipulación de la historia y la construcción de relatos que justifican la exclusión; la reflexión crítica sobre el pasado es el escudo contra la repetición de los mismos errores. El cuarto y último es el principio de la universalidad de los derechos, que nos obliga a entender que los derechos ciudadanos y sociales no son concesiones graciosas del poder, ni privilegios para unos pocos, sino conquistas históricas que protegen a todas las personas, especialmente a las más vulnerables; defenderlos implica rechazar cualquier tentación de jerarquizar ciudadanías o de condicionar el acceso a la salud, la educación o la justicia según criterios ideológicos o identitarios. Reflexionar sobre estos cuatro principios no es un ejercicio académico ocioso, sino una práctica cotidiana de resistencia civil que nos exige estar alertas, informados y organizados, porque la democracia no se defiende una vez, sino cada día, en cada discurso, en cada institución y en cada vínculo que tejemos como sociedad. La crónica de esta semana no es solo la de una cumbre internacional; es la de un proceso autoritario que se viste de democracia para desmantelarla desde dentro.

Sugerencia para ampliar: Para un análisis más profundo de las estrategias discursivas de la ultraderecha, se recomienda consultar Díez-Gutiérrez, E. J. & Jarquín-Ramírez, M. R. (2026). "Comprender la ’batalla pedagógica cultural’ de la extrema derecha para disputar el futuro de la democracia", Revista Iberoamericana de Educación . Este estudio analiza cómo la derecha radical forja una "pedagogía pública" que busca convertir sus ideas extremas en "sentido común" a través de cuatro ejes: antiwokismo, patriotismo, libertarismo y reorganización geopolítica.

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