Sin querer hacer arqueología social alguna, se puede establecer que sí existió una época en donde el profesor, al ingresar al aula, contaba con cierto blindaje metafísico. Este ultimo no era una persona cualquiera, era ni más ni menos que el gran relato hablando. Era un representante del Estado que encarnaba el discurso de la razón. Hoy, sin la nostalgia como compañera de ruta, el estrado se ha disuelto de dicha autoridad y el “otro” pedagógico ha sido remplazado silenciosamente.
Para lo anterior, el daño no es solamente administrativo, sino que estamos hablando de un daño de orden ontológico y existencial, por tanto, invito a analizarlo con un poco de rigor filosófico.
El gran error que se generó en el nombre de esa pedagogía “comprensiva” y de “buenas intenciones” fue confundir dos conceptos claves; el de autoridad con autoritarismo. Hannah Arendt ya ponía sobre aviso que, cuando los adultos se niegan a tomar la responsabilidad del mundo ante los jóvenes, lo que se empieza a destruir no es la opresión, sino los lazos que permiten la continuidad de la cultura. En esa idea, filosófica y sociológica, si la realidad es una construcción lingüística, discursiva y fragmentada, las corrientes pedagógicas que se alimentaron de Piaget y Vygotsky optaron por creer, ingenuamente, que lenguaje y cultura aparecieron en escena como un pacto de caballeros fusionadas en una sensatez y, con ello - creyendo lo anterior- lograron vaciar el aula de su potencial emancipatorio dejando a los alumnos atrapados en su propio ombligo cognitivo.
Y esto porque, para que un sujeto se construya, necesita, como requisito, chocar con límites. Friedrich Nietzsche ya establecía que el conocimiento y la fuerza se materializan cuando encuentran algo que se les opone. Hegel por su parte describía que el “yo” necesita del reconocimiento de otra autoconciencia. En términos de Jacques Lacan el profesor encarnaría esa ley y ese orden frente al estrado. Representaría el paso del principio del placer al principio de la realidad. Era el “otro” que te desafiaba. Al deteriorar esa asimetría bajo la falsedad de la “enseñanza horizontal” se provocó un cortocircuito en la subjetivación. Al ser el profesor tan solo un compañero más en la clase, el aula se vació de esa tensión dialéctica. Ya dejaba de existir la síntesis porque simplemente se eliminó la antítesis. Sin la autoridad del profesor que fractura e irrumpe el solipsismo del estudiante, la enseñanza dejó de ser un mecanismo de transformación y se transformó en un simple espejo donde el alumno buscaría observar su propia identidad preexistente.
Hablamos de un giro brutal en la epistemología. Al mover el eje desde el saber al eje del proceso de aprender a aprender, se empezó a operar con una lógica de privatización del conocimiento. Para lo anterior la sociología de la educación ha venido desnudando los rasgos clasistas y segregador del constructivismo desde hace un tiempo. Esto porque, para que el sujeto “construya” activamente su aprendizaje requiere de un capital cultural previo, lo que Bourdieu llamaría el habitus, y, además, de una estructura psíquica que no se distribuyen equitativamente por naturaleza, sino que, se distribuyen por el rol que le tocó a cada individuo socialmente.
Satanizar la memoria y la repetición llevó a vaciar la caja de herramientas de las nuevas generaciones, lo que generó estudiantes con autoestima discursiva, capaces de opinar de cualquier fenómeno con cierta soltura, pero incapaces de articular una lógica rigurosa o sostener la atención ante un texto complejo. En resumen, se pretendió formar estudiantes derridianos decontructores sin entregarle un texto previo que leer.
En la actual sociedad el aula también se volvió líquida. Se transformó en un conjunto de subjetividades donde el docente, ya desprovisto de su blindaje metafísico e institucional, debe zigzaguear el caos como si fuera un “influencer” que mendiga likes pedagógicos. Se mató al docente para dejar en su lugar a un mero guía turístico atrapado en la burocracia y, peor aún, compitiendo estérilmente contra los estímulos de la dopamina que genera la virtualidad instantánea. Al deshabilitar al profesor de su autoridad simbólica dejamos al aula sin su eje de gravedad. Nos fuimos quedando con escuelas hiperconectadas, pero, ontológicamente desérticas, donde determinadas subjetividades fragmentadas transan información sin que, cual cara de póker, a nadie se le mueva un músculo.
En esa misma dirección, las instituciones de educación, presionadas por la lógica del rendimiento y los rankings, también mutaron en la marginación del docente. Ya nos alejamos de aquella sociedad disciplinaria que describía Foucault donde la escuela moldeaba los cuerpos mediante la vigilancia jerárquica. Hoy suscribimos la sociedad del rendimiento donde el estudiante ya no es un sujeto a ser formado en la idea republicana, sino, es un usuario micro-regulado por narrativas de competencias funcionales y de autogestión. Por tanto, a lo anterior, la autoridad, esa que requiere una distancia sagrada, se volvió incompatible con el imperativo de “mantener satisfecho al cliente” toda vez que el aula se volvió un espacio de negociación constante.
Ya con la mirada de Byung-Chul, podemos analizar que nos hemos convertido en emprendedores de nosotros mismos. Se nos exigió ser sistemas autónomos, capaces de gestionar nuestras emociones, nuestro aprendizaje, nuestro fracaso, todo como seres individuales alejado lo más posible de lo colectivo. En ese diseño cultural, el “otro”, el profesor que irrumpe, que impone limites, que representa la tradición, simplemente estorba.
Al quitar la autoridad del profesor, la nueva pedagogía no liberó al alumno como rezaba su manual de buenas intenciones, sino que lo dejó caer en su propia auto explotación. El estudiante en la actualidad no está rindiendo cuentas ante un docente exigente, sino que lo hace frente así mismo según sus métricas de ansiedad por su éxito. El espacio que dejó la autoridad en el aula no fue ocupado bajo ningún caso por la libertad, sino que se llenó con la angustia. Con lo anterior se desactivó la capacidad de rebelión. Al no existir un “otro” institucional fuerte, provocador, con el cual chocar, el malestar ya no se tradujo en resistencia colectiva, sino en patologías individuales como depresión, déficit atencional, crisis de ansiedad, etc.
La perdida de la autoridad docente en función de entregársela al “proceso del alumno” se transformó en solo un slogan con mucho ruido analógico. Dicha política no parió los sujetos críticos y creativos que prometía el constructivismo, sino que, por el contrario, parió consumidores de información rápida, perfectos engranajes para una economía líquida que exige flexibilidad cognitiva pero que prohíbe el pensamiento critico y profundo. En esa línea, el constructivismo prometió liberar al estudiante de las cadenas de la tradición, pero, al desplazar al profesor de su investidura, lo que realmente generó fue dejar el campo libre para que el mercado colonizara las conciencias sin intermediario. Sin la presencia del adulto que incomoda y que encarne la autoridad, el rigor y el conocimiento, el alumno se vuelve autónomo, se vuelve huérfano.
Matamos la asimetría sagrada del aula bajo el fetiche y el fraude de la horizontalidad, y lo único que nos quedó es un archipiélago de soledades hiperconectadas. Al final del día, la pérdida de la autoridad del maestro no inauguró la era de la libertad, sino el reino de la angustia; un espacio donde niños y jóvenes ya no son invitados a heredar el mundo, sino que son abandonados a la intemperie de sus propios simulacros.
