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El genocidio mapuche: desafío al Chile por venir. Por Alex Ibarra Peña

Se pregunta el periodista Pedro Cayuqueo en su «Historia secreta mapuche»: ¿Se podrá resolver algún día el conflicto que nos desangra, si lo que prima es esta relación de ignorancia y los prejuicios? ¿Será posible avanzar hacia una sociedad intercultural y Estados plurinacionales, si la historia que aprendemos fue tan mal escrita? (2017). Estas preguntas, sin duda nos sirven para actualizar la cuestión plurinacional en el contexto político chileno que desde la Convención Constitucional busca incorporar a los pueblos indígenas, nos podríamos preguntar: ¿Cómo se logra esta integración sin haber realizado la reparación de las deudas históricas del Estado-Nación con estos pueblos?.

En esta ocasión, entiendo pueblo según lo ha definido la UNESCO. Un grupo de individuos que comparten todas o algunas de estas características: una tradición histórica común, identidad racial o étnica, homogeneidad cultural, unidad lingüística, afinidad religiosa o ideológica, conexión territorial, vida económica común. Sin duda, varias sino todas estas características son parte del pueblo mapuche, aunque habría que advertir que esta definición moderna, dada por el organismo internacional, no sea tan pertinente para los pueblos indígenas cuando señala al comienzo lo de un «grupo de individuos», ya que en nuestros pueblos la cuestión tendría que arrancar más bien desde un reconocimiento al grupo colectivo, dado que esto se ajustaría más al sistema de organización comunitaria y ancestral. No respetar este tipo de consideraciones nos hace cómplices de la invisibilización, en términos suaves, y del genocidio, en términos duros.

El genocidio es una atrocidad humana que alude a la aniquilación de un pueblo desde una práctica de exterminio sistemático y deliberado. En el caso del pueblo mapuche su principal agresor ha sido el Estado-Nación chileno con el cual mantiene un largo «conflicto» que arranca desde la llamada Pacificación de la Araucanía que impuso la usurpación de las tierras entregadas ilegítimamente a colonos y propietarios latifundistas de la industria agro-forestal. Esta política del Estado ha sido sistemática y eficiente, pero la resistencia y organización mapuche mantiene su anhelo de recuperación de la autonomía territorial.

En el caso del genocidio mapuche se pueden observar como causas importantes: el racismo y el despojo. La cuestión del racismo en América Latina es una cuestión bastante estudiada en los últimos años, hay un buen libro titulado «Racismo y discurso en América Latina» coordinado por Teun Van Dijk en el cual colaboran distintos grupos de investigadores de diferentes países de nuestro continente. De la lectura se puede desprender que el racismo opera en el discurso que va conformando la ideología dominante que es difundida en los medios de expresión y de comunicación que reproducen los grupos sociales habitualmente carentes de pensamiento crítico. Sin embargo, esa ideología hegemónica puede ser fisurada y transformada desde opiniones y actitudes alternativas en grupos de resistencia a favor de ideologías especialmente no racistas o antiracistas.

Así podemos aludir al problema del racismo que, en cuanto sociedad chilena, hemos reproducido naturalizando un orden ideológico hegemónico. Los debates sobre la urgente necesidad de descolonizarnos aún no han calado con fuerza la conciencia colectiva. Sin embargo, en los estallidos sociales de los últimos años, podemos observar algunas manifestaciones populares que pujan por el socavamiento del orden simbólico establecido.

No seamos inocentes la violencia contra el pueblo mapuche no sólo ha sido simbólica, es un cuerpo maltratado y una tierra despojada. Violencia sistemática en la conquista española y agudizada, posteriormente por el Estado-Nación, es decir, por la élite criolla. La dura resistencia mapuche está testimoniada en al menos 30 tratados con la Corona Española y con el Estado Chileno, en los cuales se reconocía explícitamente a la autoridad mapuche al sur del Bíobío. La campaña bélica eufemísticamente nombrada como «la pacificación de la araucanía» venía a violar esta legitimidad basada en la jusrisprudencia, Estas ideas han sido bien trabajadas en el reciente libro de Martín Correa titulado «La historia del despojo» (2021).

Esta invasión es la usurpación que permite el despojo de las tierras, hay un nuevo orden que es impuesto por la violencia a la territorialidad al sur de la frontera, sin duda unilateral y tramposa, imponiéndose una «legalidad» que le es ajena a los habitantes del wallmapu. Se debe advertir un contrapunto entre dos órdenes legales que rompe el tratado de Tapihue de 1825. Este tratado es significativo, ya que podría considerarse el acuerdo vigente del pueblo mapuche con el Estado-Nación. La usurpación de las tierras es el no reconocimiento de este tratado por parte del Estado chileno. La avaricia es el móvil para generar la estrategia violenta de correr el cerco que causó graves violaciones a los derechos humanos con la ejecución de crímenes de lesa humanidad, es decir, que aún no prescriben según los tratados internacionales. Sin este reconocimiento, lejos estamos de la reparación histórica, extendiendo el genocidio por esas muertes de aquellos que han seguido resistiendo.

Esta es la cuestión fundamental en la memoria del pueblo mapuche, heredada desde el testimonio político de Mañilwenu, quien para varios historiadores es el gran líder como lo expone en su reciente libro Fernando Pairican titulado «Toqui, Guerra y tradición en el siglo XIX» (2021), diciéndonos sobre esta figura histórica: "De ahí la insistencia de Mañilwenu en pedir a Montt abrir su corazón y escuchar razones, No por un sentido de derrota, menos para pactar en la opresión, sino porque era racional y humano.

Este relato permanece en el pueblo mapuche y es parte de la motivación para el encuentro de las Comunidades Mapuche en resistencia realizado en diciembre del 2015 en donde establece el Pacto de Chiguaihue que acuerda una reivindicación territorial fuera de los márgenes de la institucionalidad del Estado, este es un nuevo proceso de reivindicación político que busca la recuperación de la tierra remontándonos a las tesis del peruano José Carlos Mariátegui en torno a que «el problema del indio es el problema de la tierra».

La cuestión de la memoria es fundamental en esta acciones de reivindicación política y de recuperación de la tierra, como lo expresa Rodrigo Colipan en el prólogo del libro que hemos mencionado de Martín Correa: «La fuerza de la memoria puede durar tanto como dure la injusticia, la usurpación y la ocupación ilegítima del territorio». Este es el dolor que provoca el grito dela resistencia mapuche, como reacción a la violencia y al engaño de las autoridades y del poder latifundista que ocupa sus territorios, esto bien lo expresa Julio Pinto Premio Nacional de Historia que en el prólogo al libro de Fernando Pairican que se ha referido señala: «El paso de las décadas no mitiga el desconsuelo ni apacigua la rebeldía, como lo demuestra un movimiento de reivindicación mapuche que ha acompañado cada uno de los minutos de la postdictadura, y que al momento de escribir estas palabras se muestra más vivo e insumiso que nunca». El genocidio del pueblo mapuche no ha sido el fin de su historia dado que es un pueblo que sigue en pie afirmado en su memoria colectiva. Mientras no comprendamos este punto la historia del genocidio mapuche seguirá abierta, no asumir esta conciencia nos pone en ese riesgo perverso de la complicidad de los que piden más violencia contra este pueblo, en cambio la comprensión y la solidaridad hacia el proceso de transformación político y espiritual nos acercan al amor y la ternura que recoge esa hermosa versión del grupo Kalfú, junto al músico Tata Barahona junto a la poesía del Premio Nacional de Literatura Elicura Chihuailaf en "El árbol de la ternura: «El espíritu responde/ es bello tu canto y tan profundo/ como las raíces que te sostienen/ y no alcanzas aún a comprender/ escucha cómo las cuatro tierras te acompañan/ te sueña la luna, el sol te sueña/ hoy yo querría la eternidad de tu regazo».

Alex Ibarra Peña.
Dr. en Estudios Americanos.
Docente UCSH.

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