El silencio fabricado: cómo la manipulación digital reescribe la conducta colectiva.
Crónica sobre la espiral del silencio, las redes sociales y las granjas de bots en Bolivia que determinaron la realidad de la ultraderecha en el gobierno
Existe una forma de censura que no necesita decretar prohibiciones. No clausura periódicos, no encarcela periodistas, no quema libros. Su eficacia radica en convencer a millones de personas, una a una, de que su opinión carece de valor porque nadie más la comparte. Esta censura silenciosa tiene nombre desde hace más de cuatro décadas: la espiral del silencio, teoría acuñada por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann para explicar por qué los individuos callan aquello que piensan cuando creen —a menudo de manera errónea— que están en minoría.
El mecanismo es tan sencillo como devastador. El ser humano escruta incesantemente el clima de opinión que lo rodea, impulsado por un temor casi instintivo al aislamiento social. Cuando intuye que su postura es minoritaria, prefiere el silencio antes que el rechazo. Ese silencio, multiplicado por miles de personas que realizan el mismo cálculo, genera un efecto de arrastre: la opinión que parecía mayoritaria se convierte, en la práctica, en la única voz audible. Lo que décadas atrás dependía de la conversación familiar o del barrio, ocurre hoy a la velocidad de un desplazamiento en la pantalla.
Cuando la plaza pública se volvió algorítmica
Las redes sociales prometieron ser el ágora definitiva de la libre expresión. La realidad, sin embargo, ha resultado más ambigua: en muchos sentidos, operan como un acelerador de la misma espiral que deberían haber desmantelado.
El antiguo miedo al rechazo social se ha transformado en el contemporáneo temor a la cancelación y al acoso digital. Ya no se trata de una mirada incómoda en una reunión, sino de perder seguidores, recibir ataques masivos o ver dañada la reputación profesional por un solo comentario. Ese temor actúa como un silenciador instantáneo.
A ello se suman las cámaras de eco: los algoritmos exhiben a cada usuario el contenido que refuerza sus propias creencias, generando la ilusión de que el mundo entero piensa igual. Cuando esa burbuja se rompe y aparece una opinión mayoritaria divergente, el impacto resulta tan intenso que la reacción más común es el silencio, antes que el conflicto.
El termómetro social también ha mudado de instrumento. Antes eran la prensa o la televisión quienes marcaban el clima de opinión; ahora lo hacen los likes, los retuits y los trending topics. Y ese termómetro es fácilmente manipulable: un grupo reducido de cuentas ruidosas —muchas veces automatizadas— puede inflar artificialmente una postura hasta hacerla parecer el consenso de toda una sociedad, silenciando en el proceso a una mayoría real pero discreta.
Todo esto ocurre, además, a una velocidad inédita. Las llamadas cibercascadas pueden volver socialmente inaceptable una posición en cuestión de horas, forzando a la conducta colectiva a alinearse con la corriente dominante antes de quedar expuesta públicamente.
De Bolivia a Latinoamérica: el laboratorio real de la espiral digital
La teoría dejó de ser abstracción cuando la Fiscalía boliviana desmanteló, en el eje La Paz-Santa Cruz, una infraestructura digital compuesta por microservidores y hubs de proxies residenciales diseñados para camuflar direcciones IP: una auténtica granja de bots construida para masificar y amplificar opiniones de ultraderecha.
La investigación condujo hasta el consultor digital argentino Fernando Cerimedo, el mismo estratega que generó miles de apoyos simulados a figuras de derecha como Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil o José Antonio Kast en Chile. Cerimedo y su socio, desde su plataforma "Derecha al día", también prestaron servicios de asesoría en territorio boliviano, contribuyendo a la elección del presidente Rodrigo Paz Pereira.
Conviene detenerse en un matiz que desmonta el relato simplificado: esta granja específica no operó para instalar en el poder a una ultraizquierda, como podría suponerse a partir de ciertos estereotipos regionales, sino que formó parte de una estrategia vinculada a sectores de la ultraderecha internacional. La herramienta, sin embargo, es ideológicamente promiscua —sirve a cualquier bando dispuesto a pagarla— y su efecto último fue el mismo en las elecciones latinoamericanas: polarizar y fragmentar la conversación pública con el fin de llevar a la ultraderecha al gobierno.
Astroturfing: el pasto sintético del consenso, la granja se utilizó para inflar artificialmente reacciones, comentarios y seguidores de políticos opositores y de centroderecha, incluyendo denuncias de perfiles falsos que respaldaban a figuras como Rodrigo Paz. Es la técnica conocida como astroturfing: fabricar césped sintético que simula ser apoyo popular espontáneo, alterando el clima de opinión percibido sin que exista un cambio real en las convicciones ciudadanas.
El linchamiento digital como arma política. La otra cara de la moneda fue el ataque coordinado. A través de cuentas automatizadas en X, Facebook y TikTok, la red ejecutaba campañas de desprestigio y denuncias masivas para dar de baja cuentas de periodistas, opositores y militantes contrarios. Este es, en estado puro, el mecanismo de la espiral del silencio activado deliberadamente: el miedo al linchamiento digital empujaba a ciudadanos comunes a guardar silencio antes que sostener públicamente ciertas posturas.
Un fenómeno sin bando único. La honestidad del análisis exige una precisión adicional: las granjas de bots no son patrimonio exclusivo de un sector político. Tiempo atrás, la propia Meta había eliminado redes masivas de cuentas falsas vinculadas al gobierno del MAS (Movimiento Al Socialismo, de izquierda), que utilizaba recursos públicos para financiar a los llamados "guerreros digitales", encargados de atacar a la oposición cruceña y moldear la opinión pública a favor del oficialismo.
El verdadero objetivo: no convencer, sino simular
Lo que revela el caso boliviano —y lo que lo convierte en un espejo útil para entender el fenómeno chileno— es que estas operaciones no buscan primordialmente persuadir con argumentos. Buscan algo más eficiente: simular que una postura es masiva, dominante e incluso violenta, para que el ciudadano moderado calcule que expresar su verdadera opinión lo dejará aislado o expuesto a un ataque.
El resultado no es una sociedad convencida, sino una sociedad fragmentada, donde el espacio público queda en manos de los extremos más ruidosos mientras la mayoría silenciosa —aquella que, en teoría, debería definir el rumbo democrático— opta por no hablar. La espiral del silencio, concebida originalmente para explicar dinámicas sociales orgánicas, se ha convertido así en un arma que puede programarse, financiarse y desplegarse con precisión quirúrgica.
Chile se encuentra hoy frente a una encrucijada que no admite postergación: la manipulación política ejercida a través de medios digitales, cuentas automatizadas y sistemas de inteligencia artificial avanza más rápido que nuestra capacidad institucional para regularla. No se trata de un problema técnico ajeno a la ciudadanía, sino de una amenaza directa a los cimientos de la deliberación democrática. Cuando la opinión pública puede ser moldeada por bots que simulan consenso o por algoritmos que amplifican la desinformación de manera selectiva, el debate público deja de ser un espacio genuino de encuentro entre ideas para convertirse en un terreno fértil para la manipulación.
Es momento de que el Congreso, la sociedad civil y la ciudadanía asuman con urgencia la tarea de legislar sobre transparencia algorítmica, identificación de contenido generado por IA y responsabilidad de las plataformas digitales. No como un gesto simbólico, sino como una medida indispensable para preservar la integridad de nuestros procesos electorales y la confianza pública en las instituciones. Postergar esta discusión equivale a ceder terreno frente a actores que ya operan sin las restricciones que la democracia chilena necesita para seguir siendo real, informada y resiliente.
La pregunta que deja abierta el caso boliviano no es si la manipulación digital existe —eso ya está probado—, sino si las sociedades contemporáneas sabrán distinguir, a tiempo, entre el rugido de una minoría automatizada y la voz genuina de una mayoría que simplemente ha aprendido a callar.
Fuentes: investigación de la Fiscalía boliviana sobre granjas de bots en el eje La Paz-Santa Cruz; reportes periodísticos sobre la vinculación de Fernando Cerimedo con la infraestructura digital detectada; documentación de Meta sobre redes de cuentas falsas vinculadas al MAS.
