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El gran saqueo. Por Sonia Retamal Hegguilustoy

Montada ya en mis 79 años, recuerdo claramente haber conocido la Selva Nahuelbuta, cuando era selva: impenetrable, aun cuando se tuvieran bueyes y caballos. Conocí esa selva cuando espontáneamente aparecía el agua brotando desde el subsuelo por diferentes e innumerables puntos, cercanos unos de otros y al alcance de la mano, regando árboles milenarios y enredaderas infranqueables que por siglos crecían allí, tan frondosas, al punto que no se podía pisar por el suelo, tan húmedo en el que se formaba una capa vegetal de más de 60 centímetros de las hojas que abundaban sobremanera, de tal manera que era peligroso introducirse en el medio del bosque.

Los secretos de la biodiversidad, de la cual muy poco se sabía aún, permitía la armonía que abundaba en belleza de hojas, flores, animales, árboles y aire, cuyo silencio natural es propio de esas comarcas para felicidad de las personas y del planeta. Aún niña, por algunos años no supe si era real o era un sueño lo que allí había conocido, hasta que mi padre me sacó de la duda y me llevó nuevamente a la Cordillera de Nahuelbuta, comprobando, a mis 15 años, que sí existía este lugar, cuya belleza conservada, por millones de años se encerraba en un silencio que sobrecogía, en donde las hojas de los helechos medían más de 10 metros, en donde miles de arroyuelos se cruzaban en paz, e impenetrables a nuestro paso, bajando desde lo alto por la montaña y las quebradas, apenas visibles a nuestros ojos.

También recuerdo, en esta ocasión, haber visto enormes camiones madereros de rugientes motores que hacían ensordecer, con sus inmensas ruedas invasoras, grosísimas, haciendo camino, bajando desde cada vez más arriba, con enormes troncos de los árboles nativos exclusivos de esa cordillera y de ningún otro lugar del mundo. Mi padre hacía notar el poder de los camiones, mientras yo ignoraba totalmente que esos camiones saqueaban, saqueaban la naturaleza, saqueaban el ambiente natural, saqueaban la esencia de la vitalidad de esas tierras por el desequilibrio ecológico producido por este saqueo, y saquearon para siempre la belleza y el poder vital de esas tierras. La belleza de ensueño que yo conocí de esas montañas murió.

Nunca más brotaron los arroyuelos desde el subsuelo cruzando nuestra senda por las montañas, nunca más la belleza de los helechos gigantes, nunca más las enredaderas infranqueables, con copihues y otras flores, nunca más la belleza surgida del sistema perfecto de vida para vegetales y animales, y para felicidad y arrobamiento del humano.

Alrededor de diez o más años después, conocí casualmente a los propietarios de los camiones que saquearon esa selva, que bajaron de la Cordillera de Nahuelbuta los troncos de árboles nativos, quienes eran, además, propietarios de los bancos aserraderos instalados en la misma montaña. Aserraban y preparaban los troncos de los árboles nativos para bajarlos en los camiones. Estas maderas eran altamente cotizadas por su solidez, dureza, durabilidad y belleza, haciendo con ello un negocio más que lucrativo. Llevaban esa madera nativa valiosísima al negocio maderero de su propiedad, comercializándola con empresas de construcción de muebles, de puentes, de casas, etc., especialmente en el extranjero.

A ese pingüe negocio se le debe agregar que la materia prima, la madera, la obtuvieron a cero costos, porque el Estado permitía la tala de bosques nativos, no sólo sin pagar nada, sino que además les subvencionaba económicamente. Nadie fiscalizó, nadie controló, nadie racionalizó esta tarea, si no, por el contrario, el Estado subsidió a empresas para que reemplazaran el bosque nativo por bosques de pino y eucaliptus que acabaron con la flora nativa milenaria, por las características propias de estas especies exóticas, como su alto consumo de agua, lo que agotó la humedad que hacía posible la vida en este ecosistema milenario.

La idea primitiva de forestar con especies exóticas, propias de suelos de diferentes características a las chilenas, fue para sembrar árboles en suelos áridos del secano costero, y no en suelos fértiles, ricos en materia orgánica, como vegas y otros suelos de regadío. Esta tergiversación se prestó para el abuso indiscriminado de la tierra, en vegas y terrenos agrícolas, en donde se impuso exclusivamente el criterio de quien recibió la concesión del estado para la plantación, e introdujo pino y eucaliptus con el consabido daño ya evidenciado desde hace mucho tiempo.

Por los empresarios que yo conocí -Tinkler & Couso- junto a otros, supe de las especies nativas que enviaban al exterior, países mayoritariamente europeos por su aprecio a este tipo de maderas. Estos empresarios recibieron la ganancia del saqueo en Chile. Supe por ellos mismos que la ganancia era más del 100 por 1. En este margen de ganancia estaba contemplado: la obtención de la madera de forma gratuita y sin control, el pago de una mano de obra de mano a muy bajo costo (tan insignificante para la comunidad que no se reflejó en mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, tales como habitación, alimentación, educación, salud, etc.), ningún adelanto en la infraestructura vial (como caminos y puentes), parte de los gastos con cargo al Estado que los subvencionó. A todo esto, y con tantas facilidades otorgadas, surge también la duda de si los aportes en impuestos al erario nacional estuvieron a la par con las ganancias.

Con todas estas garantías el margen de ganancia no podía ser menor, ya que el costo mayor, lo pagaron no sólo los trabajadores y el Estado de Chile, sino que el costo mayor lo pagó la Tierra, con cargo a las generaciones futuras. Las cantidades de bosque extraídas durante 5 años o un poco más, acabó con el trabajo que la Naturaleza logró allí por miles de años.

Frente a esta realidad del Gran Saqueo, me surge inevitablemente la pregunta ¿cómo y quién condena a los responsables materiales e intelectuales de el Gran Saqueo de nuestra flora, con el consecuente y funesto daño a nuestro ecosistema?

Hoy estas montañas: son tierras secas, áridas, erosionadas; no retienen el agua de las lluvias, y corren hacia los bajos empobreciendo aún más los suelos y haciendo más infértil el sistema, tanto para la agricultura, para la fauna del lugar y para el hombre y mujer que allí viven.

Chillán, 2020


UNA TAREA TITÁNICA. Por Sonia Retamal Hegguilustoy

Cuando escribí el artículo “El Gran Saqueo” que empresas madereras cometieron en la Selva de Nahuelbuta (a partir de la promulgación del D.L.701), visité nuevamente el lugar a comienzos del año 2020 a pesar de mi temor y de mi rechazo a reencontrarme con ese saqueo. Pero fue muy vivificante estar allí: me encontré con una Cordillera (de Nahuelbuta), de la cual los mapuches hoy tienen partes o retazos de su propiedad, y que han talado pinos y eucaliptus principalmente, ya por 6 a 7 años desde que recuperaron esas tierras, mediante tomas u otros medios, y bajo cada uno de los árboles talados, han extirpado totalmente la raíz y las raicillas hasta la más ínfima, para evitar el reflorecimiento de la especie tan dañina para el suelo, para la agricultura y la fauna del lugar.

De tal modo que desde lejos se ven en las montañas sectores recuperados por los mapuches, los cuales ya han sido despejados y hoy se encuentran casi listos para ser cultivados. Estos verdaderos cuadros de tierra saneada fueron logrados a mano, con pala, chuzo, picota por lo que han abierto la tierra con hoyos de 10 a 12 metros de diámetro, con una profundidad de 5 a 7 metros por cada árbol (el eucaliptus es una especie que rebrota con mucha facilidad después de ser talado, y lo hace a partir de los restos del árbol madre). Para esta tarea los mapuches no cuentan con maquinaria, sino sólo con sus manos, las herramientas mínimas y los bueyes de su propiedad.

La tierra ya limpia la dejan descansar por años para que naturalmente se regenere y se recupere: “que descanse” dicen. Luego siembran allí especies que facilitan el rebrote de aguas, las que riegan principalmente con baldes; para ello suben a pulso cientos o miles de baldes de agua montaña arriba, hasta regar totalmente y por meses lo recién plantado, manteniendo su humedad por todo el período, hasta que esta nueva vegetación pueda vivir por sí sola, porque, poco a poco, la tierra con estas especies comienza a recuperar su capacidad de atraer aguas profundas, como originalmente lo fue, de modo que le sirva de alimento a otras que crecen montaña abajo.

Esta titánica tarea es desconocida por la inmensa mayoría de los chilenos, así como también, anónimamente, los mapuches cultivan en estas tierras recuperadas e higienizadas por ellos mismos, diferentes variedades de trigo, legumbres, maíz, papas de las que han cosechados variedades tan grandes que llegan a pesar más de un kilo cada una.

Es de esperar que el Estado, a través de sus organismos técnicos del agro, consoliden esta experiencia a nivel nacional, considerando la escasez de agua en la agricultura y en la ganadería, y masifiquen esta experiencia de este pueblo originario, generalizándola a toda la extensión de bosque exógeno, con lo cual se podría recuperar agua para la agricultura, la ganadería y para la vida digna del hombre y la mujer de esas tierras.

La falta de agua no es solamente la falta de lluvia, la falta de agua es falta de visión del hombre con su entorno, priorizando con irracionalidad su ambición desmedida por la acumulación de bienes materiales.

Volver a la concepción ancestral en la agricultura es una alternativa válida para resolver la crisis en que se encuentra hoy nuestro país y nuestro planeta, demostrada por este grupo mapuche que con esta tarea titánica y gran visión, casi sin medios ni herramientas, ha logrado revertir lo que el hombre destruyó por su desmedida ambición.

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