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El mall no es el mal, pero puede representarlo. Por Rodrigo Aguilera Hunt

En días en que los contagiados de COVID-19 en Chile están lejos de disminuir, no se abren las grandes alamedas, pero se abren las grandes tiendas comerciales. Con aplausos y presidenciables en la foto.

Sin duda la economía chilena depende en buena medida del “sector comercial” y muchísimos puestos de trabajo están en juego a propósito de las medidas de resguardo sanitario. Esta situación nos pone de cara a dilemas importantes: ¿Cómo dialoga la salud física y mental de los pueblos, con la “salud” de la economía? A su vez, ¿Cómo pensar un abordaje sobre el grave problema ecológico local y planetario a la luz del impulso a la economía como medida contra-recesiva?

En este artículo no presentaré datos, estudios, estadísticas y otras citas bibliográficas que pudieren dar precisión a mis postulados en un sentido académico. Más bien me supeditaré a habilitar reflexiones y juegos de ideas puestas en términos coloquiales. A propósito de que una de las preguntas macro-políticas que han circulado por estos tiempos ha sido ¿Qué ocurrirá con el capitalismo? ¿Se re-inventará con más potencia y nuevas tecnologías? ¿Será puesto en cuestión por su incapacidad de responder a crisis sociales, sanitarias y ecológicas de gran escala? Les propongo poner énfasis en la subjetividad cultural que sostiene esta verdadera maquinaria económica e ideológica del capital. El “elemento ideológico fundamental: el consumo”.

Si bien la producción y la concentración de los medios productivos son un problema en sí, quisiera dar un rodeo analítico al acto de consumo, entendido como forma de lazo social.

El consumismo es capaz de absorber dentro de sí a las representaciones hegemónicas (pro mercado), como también a sus antagonismos y críticas. Como pudiere decir cualquier emprendedor contemporáneo: “de todo se puede hacer un negocio”.

Por ello la tipología contemporánea del individuo neoliberal, no es sólo la de un “consumidor”, sino la de un “emprendedor” de su propia vida y gestor de sus recursos. Esa es la verdadera potencia ideológica del neoliberalismo como sistema cultural que determina la vida psíquica. La plasticidad del capitalismo para reinventarse aun cuando parece en jaque o agonía, se ve acrecentada por su capacidad de absorber en su interior a los elementos que parecen atacarla (consumismo ecológico, bares guys, turismo étnico, banca ética, souvenirs estampadas con figuras del Che, Simone De Beauvoir, etc.). Aquí nuevamente cabe la pregunta ¿Logrará absorber el capitalismo a las interpelaciones que desnudan su ineficiencia para abordar problemas transnacionales de salud pública, inequidad económica y severa crisis ecológica?

Muchas veces estas preguntas siquiera alcanzan a formularse de un modo sistemático, puesto que la propia -dinámica temporal de inmediatez- a la que conduce el capital produce desmemoria y cortes simbólicos no aptos para la reflexión filosófica. La imperiosa vorágine de la producción impide que los individuos puedan congelar sus actividades y reflexionar. Esto sugiere que el cultivo de otra temporalidad psíquica es fundamental: “lentitud, pausa, memoria, anticipación, silencio, espera…” Podemos estar muy atentos a cómo los criterios neoliberales van impregnando nuestras prácticas. El ejemplo de la música ilustrativo: ya nadie compone canciones largas, el coro tiene que estar en los 15 primeros segundos, si no la gente no escucha la canción y Spotify no paga. Al no haber desarrollo de concepto, casi nadie se animaría a producir discos como los de Pink Floyd. La inmediatez y la descarga fácil -el positivismo radical- nos coloniza en lo más íntimo como biopolítica de la aceleración y el burn-out. En consecuencia, abordar temas de género (feminismos, queer, etc.) temas ecológicos, temas sociales, temas económicos, temas legales (constitucionales), sólo desde un punto de vista técnico (necesario sin duda), sin entrar en el territorio de una “temporalidad-otra” se hace muy poco sustentable. Sabemos por la teoría psicoanalítica del significante, que nunca somos contemporáneos al sentido de lo que estamos viviendo, ya que sólo en un momento segundo –a posteriori- podremos significar lo que esta pandemia arroja como sentido.

Pues bien, ¿Y el detenimiento productivo al que induce el coronavirus no es acaso una posibilidad “temporal” para pensar las transformaciones al modelo? Quizá lo sea, no obstante, en lo inmediato para la gran mayoría de la población “parar y detenerse” es sinónimo de morir de hambre; y salir a la calle a trabajar significa exponerse al contagio (de virus y otros males mayores). Como ha sostenido el historiador chileno Gabriel Salazar, lo que importa en Chile, no son las vidas, es la economía. ¿Es esto algo nuevo? ¿No es acaso el mismo mal sueño de nuestra historia social que adquiere una nueva figurabilidad contingente a propósito del COVID-19?

Resulta un desafío mayor el hacer danzar con cierta armonía a los criterios económico-políticos con los cuidados por la vida en un sentido amplio. Cuando un ciudadano dice: “Ya no me endeudo como antes, compro sólo lo necesario y lo que puedo”, resulta ser un dicho que podemos celebrar desde la psicología (habemus un ciudadano sano y criterioso) y podemos celebrar desde la ecología (habemus un ciudadano reduciendo su huella de carbono). No obstante, con ello la economía decrece y se “enferma”. Será que tendremos que reinventar las coordenadas sociales y políticas a la luz de este necesario “trauma económico” para habilitar una sociedad más acorde al cuidado. Los estudios en desarrollos alternativos de economía política (de escala, bien común, cooperativismo, etc.), así como los trabajos en eco-feminismo han regalado muchas luces al respecto. La concentración de la riqueza y del poder es un bastión resistencial para implementar cambios de gran escala, sin duda; no obstante, hay un despertar social crítico que difícilmente será acallado.

Uno de los puntos que la misma ciudadanía puede pensar (ojalá con autocrítica, ya que el modelo no es ajeno a la subjetividad), es cómo elaborar una alternativa distinta a la hegemonía del “ismo” triunfante: el consum-ismo. Consumismo entendido no sólo como acto aislado de compra de un producto o servicio, sino como «modo de lazo y estructura», “como base del reconocimiento social y de la aspiración de éxito en la vida”. “El mall no es el mal, pero puede representarlo”: en cierto modo, todo objeto de consumo encierra una promesa de felicidad que se desplaza metonímicamente al siguiente objeto ad-finitum, por ello el capitalismo se alimenta de esta cualidad perversa de la fantasía, que al cumplirse siempre es caduca.

Realicemos un mapeo de enfoques críticos que intentan dar respuesta –por ahora fallida- a esta estructura social consumista:

1) El goce cínico de la subordinación: “abrazar con cinismo la sociedad del goce y el consumo comandado”: aquí encontramos una especie de reflexividad ideológica que a menudo toma la siguiente forma: “sé que el consumismo es una trampa, pero aun así lo gozo. De hecho, lo gozo aún más ahora que ya lo he criticado”. Esta postura incorpora y anula a la vez toda reflexividad crítica realmente transformadora, con lo cual reproduce la economía hegemónica del goce consumista. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos ido de compras –al Mall- luego de un interesante debate de sobremesa en torno a la crítica social hacia el consumismo y las desigualdades?

2) El intento nostálgico de retornar a una época anterior: de valores reales basados en el sacrificio y la prohibición (moral pre-neoliberal), que infunde numerosos proyectos de “volver a lo básico”, tanto conservadores como de izquierda. “Por ejemplo, la típica y archiconocida crítica cultural conservadora: vivimos en una época de permisividad sin precedentes; a los niños les hace falta límites y prohibiciones, y en consecuencia necesitamos restricciones firmes impuestas por una fuerte autoridad simbólica”. O bien, la técnica y la tecnología nos han alejado de la tierra-pachamama de modo que debemos volver a vivir en tribus pequeñas como solución final, etc.

3) La descarga rabiosa o el acting out violento: igualmente peligroso, y además abierto a la cooptación por parte del sistema hegemónico. Un acto de desquite ciego que no introduce una propuesta articulada y capaz de ser expandida. Este tipo de indignación se observa cada vez con más frecuencia en las grandes ciudades del mundo. Lo problemático de este tipo de respuesta, no es el hecho en sí, que parece ser mejor que el adormecimiento apático y cínico; sino que en lugar de favorecer una transformación del status quo, tienden a generan rechazo en una buena parte de la ciudadanía y concitan toda la violencia represiva del Estado, justificada y amparada en el bien social del orden público (fortaleciendo indirectamente al status quo). ¿Serán posibles otras alternativas? ¿Se estará en condiciones de escapar a este círculo vicioso? ¿Cómo? ¿Un cambio político, económico y cultural pudiere formar parte de un lazo social diferente? En otros términos, ¿Tendremos más síndrome de abstinencia de ingresar a un mall que a un bosque nativo?

Una serie de conceptualizaciones sobre los procesos sociales emancipatorios como el “compromiso sartreano” de los levantamientos estudiantiles, “el proceso sin sujeto” de Althusser, el “esquizo revolucionario” de Deleuze, la “hermenéutica del sujeto” de Foucault, la “fidelidad del acontecimiento” en Badiou, la “subjetivación política y la multitud revolucionaria” de Negri, el “colectivo instituyente” de Castoriadis, “la acción popular equivalencial” de Laclau; o “la radicalidad del Acto” de Žižek, han considerado algo que hemos de tener presente: el factor contingente e inacabado de toda articulación socio-política: «El capitalismo no es eterno, es una entidad simbólica contingente, ergo, modificable, así como la subjetividad».

Dado que la metafísica que ha gobernado hasta ahora la semántica del proceso emancipatorio se sostiene en un fantasma donde el sujeto se liberaría de las coerciones del goce (seremos libres, pacíficos, unidos, será una humanidad sin discriminación alguna, las tensiones entre los géneros quedarán disueltas, la desigualdad económica abolida, los valores de la bondad estarán al centro, etc.), se propone –como diría Jorge Alemán- pensar la emancipación “sin sujetos históricos teleológicamente constituidos”, y sin resoluciones utópicas que permitan seguir sosteniendo la coartada metafísica de un final donde por fin se accede al “hombre nuevo” o la sociedad plena y ya realizada, sin las fracturas y dislocaciones de lo real.

Lejos de todo pesimismo, contemplar estas variables complejas de lo humano y lo social, puede sacarnos del impasse del querer cambiarlo todo justamente para encontrar que nada cambia.

Una pista hermosa la escuché de la gran filósofa feminista Rita Segato: haré un parafraseo “Hemos de poder encontrar alegrías de un modo distinto al que la ideología capitalista nos ha vendido como industria de emociones positivas (felicidad neoliberal consumista)”. Para mí hay algunas palabras claves: lazos sociales, vínculo, horizontalidad, colectivos humanos, grupalidad, diversidad, amor, naturaleza, tiempo… o como el viejo y sabio Epicuro alguna vez propuso la felicidad: ataraxia.

Rodrigo Aguilera Hunt es psicoanalista

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