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El miedo al otro como motor del voto. Por Francisco Ramírez Varela

Los resultados electorales recientes en Chile y en buena parte del continente muestran algo más profundo que una simple preferencia política: revelan el poder del miedo. No un miedo abstracto, sino a “los otros”, a quienes piensan distinto, aman distinto, se visten distinto o votan por alguien que amenaza con cambiar el orden establecido. Es el miedo al otro migrante, al otro feminista, al otro diverso, al otro que se atreve a cuestionar lo que algunos instalan como lo “correcto”.

La ultraderecha ha sabido capitalizar esa emoción. Convirtió el miedo en herramienta política y electoral eficaz. Frente a un escenario incierto —económico, social y cultural— ofrece certezas simples: promete seguridad, tradición, identidad. Lo hace no tanto proponiendo soluciones, sino señalando culpables. En esa ecuación, los “otros” terminan siendo el blanco perfecto: si hay delincuencia, es culpa de los migrantes; si hay crisis de valores, son las feministas; si se discute el modelo económico, son los comunistas.

El discurso conservador es construido sobre dicotomías fáciles: patria o caos, orden o subversión, chilenos o invasores. Detrás de cada discurso hay una apelación emocional que busca cohesionar desde la exclusión. La política deja de ser un espacio para el debate y se transforma en un campo para el miedo. Así, más que votar a favor de algo, muchas personas emitieron su voto en contra de alguien.

El miedo al otro no surge de la nada. Encuentra terreno fértil en una sociedad cansada, precarizada y desilusionada con sus instituciones. Las redes sociales amplificaron esa sensación, convirtiendo la sospecha en convicción y la diferencia en amenaza. En ese ambiente, los discursos intolerantes dejan de parecer extremos y comienzan a parecer sentido común.

Sin embargo, construir una democracia sobre el miedo es edificar sobre arena. Ninguna sociedad puede sostenerse negando la pluralidad que la habita. Los resultados electorales que celebran la exclusión son, en realidad, un síntoma de fragilidad colectiva. Reconocerlo no implica descalificar al votante conservador, sino preguntarnos por qué las promesas autoritarias suenan más creíbles que la convivencia democrática.

Cuando un gobierno de ultraderecha asume el poder bajo una narrativa que divide a la sociedad entre “nosotros” y “ellos”, los riesgos trascienden la retórica. Este modo de mirar el mundo erosiona el tejido democrático desde varios frentes. Es así que debilita la noción de ciudadanía, al considerar que ciertos grupos —migrantes, feministas, minorías sexuales o disidentes políticos— son una amenaza. Se pasa de una democracia inclusiva a una democracia condicionada: quien no encaja con la identidad dominante queda fuera del pacto social.

Esta lógica legitima la violencia y la represión. Los gobiernos que gobiernan desde el miedo tienden a justificar políticas de seguridad y control en nombre del “orden”. Con ello, no solo se normaliza el uso de la fuerza, se empodera a una masa con miedo que puede volverse agresiva. El otro deja de ser ciudadano y se convierte en sospechoso.

El adversario político deja de ser un oponente legítimo y pasa a ser un enemigo moral, lo cual destruye la posibilidad del diálogo democrático. Los gobiernos de ultraderecha corren el riesgo de socavar la empatía colectiva. Una sociedad que aprende a temer al diferente se vuelve incapaz de cooperar y de construir proyectos comunes. El miedo produce aislamiento, y el aislamiento es terreno fértil para el autoritarismo. El riesgo mayor no reside solo en un cambio de políticas, sino en un cambio de cultura política: la transición de una democracia plural hacia una democracia del miedo. Cuando gobernar significa protegerse del otro en lugar de convivir con él, la libertad se debilita y la sociedad deja de reconocerse en su diversidad.

Superar el miedo al otro es quizás la tarea política y cultural más urgente de nuestro tiempo. Significa dejar de ver enemigos en cada diferencia y comenzar a reconocernos en ellas. Porque sin el otro, sin esa diversidad que incomoda, no hay futuro posible.

· Francisco Ramírez Varela. Trabajador Social. Académico

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