En kioscos: Diciembre 2025
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

El miedo como proyecto político: lo que Chile decide no cabe en una urna. Por Maritza Ortega Palavecinos

El 14 de diciembre de 2025 los y las chilenas tendremos que votar en segunda vuelta presidencial. En las votaciones del 16 de noviembre Jeannette Jara obtuvo un 26,8 % y José Antonio Kast un 23,9 %. Solo 2,9 puntos separan ambas candidaturas. Es una diferencia mínima para un país marcado por violencias y desigualdades, y que hoy, peligrosamente, parece dispuesto a renunciar a su memoria democrática. La diferencia es tan pequeña que cabe en una micro que cruza Puente Alto en hora punta. Tan frágil que podría quebrarse en una fila de espera en un SAPU donde nadie quiere hablar de política, pero donde todos saben que lo que está en juego no es una teoría, sino la vida diaria, la vida con nombre propio, con hijas esperando cupo en sala cuna, con abuelas que ya no tienen fuerzas para otras dos décadas de promesas.

Se habló de fiesta democrática. Pero en demasiadas casas no hubo celebración. No por apatía, sino porque para quien vive contando monedas a fin de mes, la política no suele sentirse como una promesa, sino como una deuda antigua. En comunas como La Pintana, San Ramón, La Florida o Puente Alto, donde se vota con rabia o resignación, la pregunta no es quién ganó, sino quién podrá evitar que la vida siga deteriorándose. Quién permitirá, al menos, que dormir no sea un lujo.

Los datos comunales son claros,

· En Puente Alto, Jara llegó al 35,5 % y Kast al 18,9 %, una diferencia de 61.160 votos.

· En La Florida, Jara obtuvo 35,1 % y Kast 20,3 %, una brecha de 39.609 votos.

· En La Pintana, 31 % contra 19,6 %, con una distancia de 12.753 votos.

· En El Bosque, 32,4 % contra 20,7 %, diferencia de 13.153 votos.

Entre solo estas cuatro comunas del sur de Santiago, la ventaja a favor de Jara supera los 126.675 votos, más que todo el padrón electoral de Vitacura. En el mapa territorial de Servel aparecen manchas rojas, pero en la vida real tienen otros nombres: turnos dobles, medicamentos caros, transporte interminable, ollas comunes, abuelas que vuelven a criar porque el Estado no vuelve nunca, mujeres que dejan de comer para que sus hijos sí puedan hacerlo, niñas que aprenden demasiado temprano a descifrar el miedo en el rostro de los adultos.

Parecen diferencias amplias, pero no lo son. Están a solo unos puntos de distancia. A veces a un par de calles. A una feria libre. A un comedor solidario. A una fila en el consultorio. Son territorios donde miles de mujeres - muchas madres que crían solas, muchas abuelas cuidando por segunda vez - votan pensando en la sobrevivencia, no en la épica de las transformaciones. Comunas donde la política se mide por su capacidad de bajar el precio del gas, conseguir atención dental, asegurar un cupo de sala cuna, evitar que la deuda del CAE se convierta en herencia. Es el sufragio del cansancio, de la espera, del cuerpo, de una dignidad que no debiera ser negociada nunca más.

Y desde ahí aparece la pregunta más inquietante: ¿cómo explicar que, incluso en los territorios más golpeados por la desigualdad, una parte relevante del electorado siga abrazando discursos que no los abrazan? En Puente Alto, más de 69 mil votos fueron para Kast. Miles de mujeres, jóvenes y trabajadores votaron por un candidato que no nombra sus derechos, que duda de sus luchas y que promete orden y control, aun cuando ese orden pueda instalarse sobre sus cuerpos. Nadie vota contra sí mismo de manera completamente consciente. La pregunta no es por qué votaron así, sino ¿Qué país les obligó a creer que esa era su única salida?

Las campañas hablaron de inseguridad. Los barrios escucharon seguridad. Porque cuando se vive con miedo, la palabra orden puede parecer más concreta que la palabra dignidad. No debería ser así, pero lo es. Es aquí donde la sociología de la violencia se encuentra con la psicología política: cuando el miedo se vuelve un lenguaje común, la democracia deja de ser un proyecto colectivo y se convierte en un refugio individual. Una especie de contrato afectivo donde la protección se ofrece a cambio de libertades. El miedo como moneda, la seguridad como promesa, la comunidad como pérdida. Nadie elige el miedo por gusto. Se elige el miedo cuando la esperanza no llega a la puerta.

La sensación de inseguridad, además, no siempre se corresponde con las cifras reales, pero opera como un determinante social, especialmente para niños, niñas y adolescentes y sus familias. Cuando un niño pregunta si hoy habrá balas en la noche, el debate no es estadístico: es ético, es político, es humano. Cuando el miedo se vuelve atmósfera, produce daño emocional, tensa los vínculos vecinales, debilita la confianza institucional y hace que miles de hogares vivan en estado de alerta permanente, incluso sin haber sufrido un delito. La narrativa del miedo golpea más fuerte donde la esperanza ya venía herida.

La segunda vuelta será, entonces, una disputa entre dos formas de interpretar el dolor social: la que lo reconoce y la que lo administra; la política que escucha y la política que ordena callar; la memoria que exige reparación y el miedo que exige obediencia; el país que aún cree en la dignidad y el país que se resigna al castigo como forma de gobierno; la seguridad que nace de la justicia y la seguridad que se impone desde el miedo. Si Jeanette Jara quiere disputar ese sentido, no bastará con invocar derechos: deberá pronunciar la deuda histórica del Estado con las mujeres que sostienen la vida en este país. Tendrá que hablar de cuidados, de NNA que crecieron sin la protección del Estado, de barrios convertidos en laboratorio de políticas de control, pero no de reparación. Tendrá que hablar también de educación pública de calidad, de una generación marcada por el CAE como herencia de endeudamiento, de la salud mental precarizada en hogares sin tiempo para el duelo ni para pedir ayuda, de las mujeres que trabajan sin sueldo en sus casas y sostienen en silencio la economía real del país, y de la continuidad de Comisión de Verdad y Niñez que esclarece las violencias históricas contra niñas, niños y adolescentes bajo tutela estatal. Tendrá que afirmar con claridad que no hay seguridad verdadera sin justicia social.

Los números de estas comunas no son porcentajes: son noches sin dormir en La Pintana, son deudas médicas en La Florida, son abuelas haciendo malabares en Puente Alto, son niñas y niños aprendiendo demasiado pronto lo que es el miedo. No se vota con el cerebro ni con el corazón. En Chile, demasiadas veces se está votando con miedo, con cansancio, con la esperanza rota, con la convicción íntima de que la vida no puede seguir así.

El 14 de diciembre, Chile no elegirá solo a su presidenta o presidente. Elegirá si la pobreza seguirá siendo administrada o será enfrentada. Elegirá si las mujeres de estos barrios seguirán criando solas en un país que les pide todo y les ofrece casi nada. Elegirá si los jóvenes serán mano de obra barata o ciudadanos con futuro. Elegirá si la democracia será un derecho o un privilegio.

La diferencia entre Jara y Kast no es solo el apellido, el género o la profesional, menos es una victoria cómoda. Es una advertencia: el fascismo no entra primero por La Dehesa; entra por donde el Estado llegó tarde y mal, por donde la democracia solo ha sido una palabra escrita en papeles que nunca se cumplieron. El autoritarismo no se inaugura en los barrios con alarmas, seguridad privada y jardines con riego automático; nace en las poblaciones donde la vida se resuelve entre el trabajo informal, la micro que no pasa, la deuda que no espera, la policía que llega rápido para castigar, pero tarde para proteger. Allí, donde la democracia prometió derechos, pero entregó listas de espera, subsidios insuficientes y una burocracia que exige papeles a quienes apenas tienen tiempo para sobrevivir. Si Chile quiere preservar su democracia, tendrá que hacerlo donde la democracia aún no ha salvado a nadie: en los bloques de departamentos donde una madre cría sola, en las ferias donde se conversa más de robos que de sueños, en los comedores comunitarios donde la política es tan concreta como un kilo de pan. Porque no se pierde la democracia cuando un candidato obtiene más votos; se pierde cuando millones comienzan a creer que la libertad es un lujo y el miedo, un derecho adquirido.

Tal vez el desafío vital del balotaje no sea solo elegir entre dos candidaturas, sino entre dos ideas de país. Entre el orden que vigila y la justicia que cuida. Entre la seguridad como control y la seguridad como derecho. Entre el miedo como forma de gobierno y la dignidad como forma de vida.

El país que despertemos el 15 de diciembre dirá qué entendemos por democracia: si un derecho que protege a todos, o un privilegio que se reparte entre pocos.

Maritza Ortega Palavecinos, Trabajadora Social

Compartir este artículo