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El negacionismo no debe continuar a 50 años del golpe civil-militar de 1973. Por Enrique Villanueva M.

Al acercarse la fecha que nos recuerda los 50 años transcurridos desde el 11 de septiembre de 1973, la frase más recurrida es “aprender de la historia para no repetir los errores del pasado”, sin embargo lo que se ha hecho hasta ahora es alentar de alguna manera el negacionismo, repitiendo año tras año la historia construida por las élites económicas y políticas que se beneficiaron con la dictadura, para justificar el derrocamiento de Salvador Allende. Por cinco décadas el argumento que “las FF.AA intervinieron para salvar a Chile del caos y de una guerra civil“, o que, el “pronunciamiento militar“, como aún se le califica a este atentado a la democracia, “fue una intervención militar necesaria para liberarnos de una dictadura marxista”, ha permanecido intacto reproduciéndose en las FF.AA y en instituciones de la sociedad civil y del Estado, justificando el derrocamiento de un presidente y de un gobierno constitucional, asi como, la represión y los crímenes que los militares cometieron a nombre de la patria y su liberación.

En la dictadura la versión oficial del golpe de Estado, que validó la acción militar sediciosa, se extendió a la sociedad en su conjunto, la que, al no ser impugnada por los gobiernos democráticos fue ganando espacio y reconocimiento social, permitiendo que los negacionistas y los militares se reconocieran asi mismos como “los vencedores de la guerra que nos liberó de una dictadura marxista”. En los cincuenta años pasados en la enseñanza de la historia reciente, en el cine, en la literatura y en otras manifestaciones culturales y artísticas, salvo excepciones, se ha reconocido el argumento fundacional del régimen creado en dictadura, que, al enfatizar los supuestos desmanes y riesgos del terror comunista, atribuyó a la violencia militar ilegítima un rango de justificación que es inaceptable.

Si bien es cierto que en los gobiernos democráticos se dio a conocer la verdad a medias de lo sucedido durante la dictadura, el énfasis se puso en la extensión y brutalidad de las violaciones a los derechos humanos, pero el argumento de la derecha y de las FF.AA que los militares liberaron a Chile del comunismo continuó vigente. Constituyéndose en el respaldo tácito para la impunidad, la que junto con la política de aplicar justicia en la medida de lo posible, impide hasta hoy la aplicación de una justicia plena, imposibilitando la reparación y entorpeciendo las políticas públicas que son necesarias para que, desde el Estado, se trabaje para la no repetición de las atrocidades y crímenes cometidos.

Quienes sobrevivimos a la dictadura y en particular quienes, en las FF.AA denunciamos y nos opusimos al golpe de Estado de 1973, tenemos los argumentos para oponernos a la validación de la falsa y vulgar interpretación de la historia reciente, afirmando que en Chile la supuesta guerra liberadora de las FF.AA en contra de comunismo fue una intervención militar de limpieza, desplegada en todo el territorio nacional en contra de quienes fueron señalados como potenciales opositores y opositoras al nuevo estado y al nuevo gobierno. Lo que hicieron los militares fue llevar a cabo una persecución implacable y brutal de los partidos de la izquierda chilena y de los simpatizantes del gobierno de Allende, una ofensiva militar de represión planificada por la elite política y económica, con los altos mandos de las FF.AA, la que no tuvo límites y que fue calificada por estos como “necesaria” para cumplir el principal propósito del golpe, refundar Chile e instalar un nuevo orden económico y social [1] sin oposición, garantizando de esta manera el funcionamiento del modelo que impusieron a las chilenas y chilenos a balazos.

Asi fue que, una vez consumado el golpe de estado, los ideólogos de la dictadura instalaron el Estado y el modelo económico con un total desprecio por la democracia, ungiendo a Pinochet y a las FF.AA como el héroes de la lucha anticomunista en el continente, insistiendo en su rol de héroe liberador de la patria. Argumentos que a la luz de numerosos escritos e investigaciones que se han hecho tanto en Chile como en el extranjero, son inconsistentes y vulgares porque ocultan que el derrocamiento de Allende fue un proceso urdido desde el extranjero con el objetivo de crear caos económico y social, boicoteando y ahogando a su gobierno.

Ese es el contexto del golpe de Estado propiciado por una estrategia mezquina de bloqueo y provocación, para atacar durante tres años al gobierno de la Unidad Popular, una estrategia que incluyó a las Fuerzas Armadas, en particular a generales y mandos superiores, quienes en total deslealtad para con sus instituciones y con el juramento que hicieron de defensa de la patria y de la constitución, desplegaron acciones y recursos para generar desconfianza hacia el gobierno de Allende entre los militares. Un proceso conspirativo que se generó de una contradicción en ese momento histórico, entre la firme (pero equivocada) creencia del apoliticismo y neutralidad de los militares chilenos por parte de Allende y su gobierno, con la convicción de los mandos militares comprometidos de antemano con el golpe de estado, argumentando que el gobierno estaba creando “el poder popular” para destruir a las FF.AA.

Ciertamente que esa convicción tiene que ver con otros factores, que son de larga data, originados en la idea de la guerra fría y traspasada a la formación militar a través del proceso de adoctrinamiento, cuyo eje principal es el anticomunismo y el combate del enemigo interno, por lo que, mientras Allende estaba convencido de llevar adelante su programa de gobierno socialista, por la vía pacífica, sus opositores políticos, empresariales y militares preparaban las condiciones para derrocarlo, convencidos que la solución del poder pasaría por la intervención militar violenta.

En el caso de la Fuerza Aérea, tal como sucedió en la Marina de Guerra y en el ejército, desde que Allende fue electo en 1970 oficiales de distinto rango repetían el discurso diseñado por la doctrina de la Seguridad Nacional, el que ubicaba a los militares como el principal instrumento en la cruzada anticomunista de Estados Unidos en el continente. Haciendo propaganda política abierta y encubierta en los cuarteles, intentando convencer de que el gobierno de la UP “guiado por la doctrina marxista leninista” lo que estaba haciendo era buscar la destrucción de las Fuerzas Armadas, en forma gradual o violenta para tomar el poder total.

Esta estrategia política “ de infiltración “ de las FF.AA. quedó en evidencia con el cobarde asesinato del general Rene Schneider en octubre de 1970, un crimen que fue planificado y financiado por el gobierno de Estados Unidos por medio de operaciones encubiertas de la CIA y que fue ejecutado por un comando de derecha, de Patria y Libertad, en coordinación con militares chilenos[2].

El asesinato del Comandante en Jefe del ejército fue un magnicidio que no tiene precedentes en la historia del país, que ha sido opacado por la repetición de la historia oficial, razón por la cual no ocupa en la historiografía un lugar acorde con su transcendencia. El asesinato del general Schneider fue uno entre varios atentados terroristas, los que en su conjunto demuestran como la elite empresarial, política y militar entre el año 70 y el 73 actuó para crear las condiciones y provocar el golpe de estado.

Por todo lo anterior y como ha sido demostrado hasta el cansancio, el discurso que justifica la intervención militar en 1973 como una acción “inevitable” para evitar que Allende llevara a Chile al comunismo, es simplemente la repetición vulgar de la estrategia norteamericana orientada a impedir que cualquier gobierno de corte nacionalista, revolucionario o contrario a sus intereses pudiera tener éxito. Un discurso asimilado y difundido “brillantemente” por el Mercurio y en particular por dirigentes de la Democracia Cristiana, entre ellos el exsenador Patricio Aylwin, quien declaraba en su momento que, “La acción de las Fuerzas Armadas se anticipó (al Autogolpe) para salvar al País de caer en una Guerra Civil. “En estas circunstancias, pensamos que la acción de las Fuerzas Armadas simplemente se anticipó a ese riesgo para salvar al país de caer en una guerra civil o en una tiranía comunista”. [3]

Ya no se puede tolerar que esta versión negacionista de nuestro pasado continue vigente, una versión de la historia que se construyó de fragmentos, menospreciando cualquier interpretación global de la totalidad social, invalidando además los testimonios de las y los sobrevivientes y de quienes valientemente se opusieron a la dictadura, suponiendo que este importante conjunto de chilenos y chilenas no tuvieran nada que decirles a las generaciones de jóvenes y al mundo actual. En las FF.AA. los militares de distintas ramas quienes nos opusimos al golpe cívico militar de 1973, que somos la prueba viviente de que es posible no cumplir órdenes ilegales o anticonstitucionales, órdenes que significaron atormentar, perseguir y asesinar a personas por el solo hecho de pensar distinto, también tenemos algo que decir.

Una mención, un homenaje en particular para quienes ya no están con nosotros, Rene Schneider, Alberto Bachelet, Sergio Poblete, Efraín Jaña, Enrique Ibáñez, Enrique Reyes, José Espinoza, Iván Figueroa, Mario Arenas, Belarmino Constanzo, Gustavo Lastra, entre otros, ejemplos que forman parte de generaciones de militares, que con su decisión de no aceptar órdenes que contradijeron el honor militar y personal, dejaron establecido que por convicción, los militares deben oponerse a la adulteración demagógica del nacionalismo que corrompió los cimientos de la doctrina militar en 1973, alterando la relación hasta ese entonces existente entre defensa, seguridad y la nación.

[1], “dejemos que los militares hagan el trabajo sucio”, es lo que el Juez Retamal, miembro de la corte suprema de la época le manifestó a Patricio Aylwin.

[2] https://www.elciudadano.com/chile/kissinger-y-nixon-eliminaron-al-presidente-allende-e-instalaron-la-dictadura-para-defender-los-intereses-de-ee-uu/05/28/ . Lo que buscaban los asesinos del general Schneider era evitar que el presidente electo asumiera la presidencia de la República, provocando la intervención de las fuerzas armadas evitando asi la sesión del Congreso que lo debía confirmar como tal.

[3] como lo muestra por ejemplo una entrevistas a la estación de televisión española RTVE en Septiembre 1973 y que fue transcrita en la Revista “Economía y Sociedad” Agosto-Octubre 2017

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