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El negocio y el anacronismo de la Escuela en tiempos de pandemia. Por Cristián Valdés Norambuena

Nadie sabía lo que venía, con suerte se habían anticipado algunas cosas en vista de lo que se esperaba con la continuación de la protesta social en marzo; algunos planes de contingencia, protocolos de seguridad y trabajo escolar a distancia por periodos acotados. Por ello la pregunta es qué están haciendo las escuelas después de todo lo que está sucediendo con la pandemia, porque cada una, de acuerdo a sus recursos humanos y materiales está simplemente improvisando o haciendo lo que puede, “salvando el año”. Pero ¿qué es salvar el año? Si el año significa un proceso de enseñanza-aprendizaje con base en las planificaciones y los proyectos institucionales para un periodo lectivo específico, entonces todo está perdido, porque eso ya no es posible bajo ninguna circunstancia. En este sentido cada escuela es un mundo, y sobre la marcha (y el ensayo y el error) han ido implementando distintas estrategias en la medida de lo posible…

Lo interesante es que la estrategia cumbre y hacia la cual tienden las escuelas es lo más cercano posible a una clase “normal”, vale decir con el profesor y sus estudiantes en un espacio pedagógico de aula. La cuestión es que este ideal se ha concretado básica y rudimentariamente a través de plataformas que no están diseñadas para eso, sino más bien para comunicación personal o empresarial. Sin embargo lo más impactante ha sido ver al profesor en la pantalla del computador —si no en el teléfono— simulando ese espacio, el estudiante en su casa haciendo lo posible a duras penas —cuando se concentra—, y las autoridades del colegio convencidas que se está salvando el año, la subvención y los pagos de mensualidades. El paroxismo de esta (a)normalidad es querer hacer el SIMCE.

Nunca hay que olvidar que la educación en Chile es un negocio, y que es una variable ineludible en su interpretación, pero el reclamo ciudadano se ha orientado más bien a la apertura de los Mall, los bonos que nunca llegan, o que la gente está obligada a ir a trabajar a pesar de todo, es decir, hacia aspectos económicamente más palpables, pero poco o nada se dice de lo que está haciendo la Escuela para salir al paso. Quizá el hecho de que los niños no estén asistiendo físicamente al colegio ha distraído sobre este punto, dando la sensación que está al margen de ese tipo de crítica y peligro, pero es una parte integral y funcional del sistema neoliberal y está directamente afectada por la situación actual.

Con esta lógica mercantil podemos entender que el dueño de un almacén no quiera bajar las cortinas de su negocio, porque la ganancia es su propósito evidente e inmediato. El problema con la Escuela es que su propósito fundamental parece responder a uno más trascendente, el de la educación, por ello salvar el año es casi una declaración de principios, sin embargo debe entenderse que ese “salvar el año” está esencialmente ligado a “salvar el negocio”. En este sentido es cierto que existe una realidad económica de la Escuela que es innegable, pero así como se ha pedido un esfuerzo y generosidad a los distintos actores de la economía, da la impresión que nadie ha pedido lo mismo v. gr., con el pago de las mensualidades, más aún, en algunos casos ha habido requerimientos judiciales al respecto bajo la misma lógica; se paga por un servicio que no se recibe, ergo no se puede seguir pagando lo mismo, vale decir que no sólo los estamentos administrativos e institucionales entienden la Escuela en estos términos, sino también parte importante de la comunidad escolar. ¿Alguien ha pensado que con los problemas económicos que se vienen muchos padres no podrán seguir pagando las colegiaturas, o que los diez cheques de este año quizá no tengan fondos en los próximos 90 días? ¿Los colegios municipales o subvencionados están preparados para acoger este flujo de nuevos estudiantes? ¿Los colegios están dispuestos a un “esfuerzo de buena voluntad” para reducir sus ganancias y seguir realizando esta tarea “transcendental” declarada en los PEI? ¿Es que la solución pasa por bajar los sueldos a los profesores como ya fue planteado? En esto una propuesta ingenua: que los colegios cobren estrictamente lo necesario para cubrir los costos de operación…

En este sentido la pandemia, como en muchos otros aspectos, ha puesto a flote situaciones, estructuras y dinámicas sociales patológicas, pero como nunca el anacronismo de la Escuela chilena. De no haber sido así y haber estado imbuida o abierta al menos al uso real de los recursos tecnológicos, no tendríamos en casa esa pantalla orwelliana con la cara del profesor, esa que nos recuerda la omnipresencia de la institución y su control sobre la educación. O sea, en este momento la Escuela está a medio camino entre una clase presencial y una clase a distancia, es decir, en ninguna parte, ni siquiera en algo así como semi-presencial.

Sin embargo un ejemplo claro en que se cruza el mercado y este anacronismo es la copiosa elaboración de material pedagógico intrascendente —muchas veces con un profesorado bajo presión—, que marca presencia institucional y justifica el pago. Más aún, suponiendo que eso funcionara, en el sentido que realmente se dé una relación pedagógica y el estudiante aprenda de esta forma, el problema de fondo no está en la conexión a internet o la posesión de un computador para trabajar —que supone a priori la eficacia de ese modelo—, sino en el simple hecho que no todos los padres tienen competencias para acompañar o derechamente hacerse cargo del aprendizaje de sus hijos, que tener redes sociales no es sinónimo de alfabetismo digital, que muchos no saben ocupar el Word o mandar un mail con un archivo adjunto, y que sacar una foto a la tarea para enviarla al Whatsapp del profesor no es ni de lejos una relación pedagógica, así de simple. Por ello también, y con nuevos matices, la diferencia de ingresos y de capital cultural vuelve a golpear nuestra puerta. Para padres con preparación el problema no va más allá del tiempo o de la paciencia para estudiar con los hijos, pero para la abuela sin educación que se hizo cargo de los nietos, y que con suerte sabe leer y escribir, las cosas se ponen realmente complejas y marcan aún más las enormes brechas sociales del país, porque un año de escolaridad es harto y no basta con haber eliminado las notas o asegurar que todos pasen de curso. Lo más probable es que el próximo periodo lectivo sea un completo desastre.

¿Por qué la Escuela o el Estado no se abren a otras perspectivas de enseñanza? ¿Por qué no hablar de una vez de la Educación a domicilio, o que los padres más preparados puedan hacerse cargo directamente de la educación de sus hijos bajo la guía profesional de un profesor? Nadie sabe cómo seguirá esto el próximo año, y no se puede estar pensado todo a corto plazo. En vez de preparar material pedagógico de relleno ¿por qué no se implementa un sistema de apoyo o tutorías diferenciadas en tiempo y actividades, con base en la realidad de cada hogar? En todo esto la Escuela representa el pasado, el monopolio de la educación y el negocio de la educación, en donde la innovación de verdad no es una oportunidad, sino una amenaza a sus ingresos y su anacronismo. Hay que pensar que en esto pasa un poco lo de las AFP, en donde somos clientes cautivos sin opciones reales, no sólo porque la libertad de enseñanza se ha reducido a la libertad de emprender un negocio educativo, sino también por la imposibilidad de su auto-transformación bajo estos marcos de intereses comerciales, con sus gerentes y sus profesores-obreros.

Dicen que los colegios ya están poniendo sus esperanzas en septiembre u octubre, en donde se terminaría de salvar el año y todo retornaría a su curso natural, es decir que poco importa lo que suceda con los estudiantes durante estos meses, las implicaciones sociales y lo que se trasluce en esta crisis sanitaria, porque lo relevante es levantar las cortinas y que nuevamente asista el educando-cliente a consumir su servicio educativo habitual. Por ello queda claro que como industria se comporta de la misma forma que un mercado monopólico de commodities, con márgenes de inversión mínima, innovación marginal y la defensa férrea de su posición de privilegio.

Dr. Cristián Valdés Norambuena
Profesor de filosofía

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