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El “Negro Matapacos” y la deshistorización del pasado reciente. Por Sebastián Rubio Salazar

Las discusiones en torno al estallido social se han convertido en una disputa por el significado que le damos a este acontecimiento. La verdad es que es natural que se desarrollen debates sobre los sucesos que marcan a una sociedad, el problema está cuando se deshistoriza el pasado y se simplifica un proceso tan complejo como las movilizaciones iniciadas el 19 de octubre de 2019. Las protestas fueron una expresión de malestar generalizado y una lucha por el reconocimiento de problemáticas históricas, que derivó en diferentes prácticas y discursos emanados desde diferentes sectores de la sociedad civil. Conceptualizar el levantamiento social solo como un acto delictual, como lo hace la derecha, no permite comprender, ni complejizar el debate sobre el estallido.

Ahora bien, esto no es casualidad, la deshistorización del pasado también funciona como un ejercicio del poder. Es decir, es una estrategia comunicativa que sirve para instaurar un discurso que desvía la atención de las problemáticas sociales causantes del estallido, centrándose solo en elementos negativos, la destrucción y la delincuencia, por ejemplo. En definitiva, se busca crear un “sentido común” sobre el acontecimiento a través de una narrativa simplificadora de este. El ejemplo actual de esto, es el debate que se tiene sobre el “Negro Matapacos”. El presidente Gabriel Boric sobre esta figura señaló: “ofensiva, denigrante y no es la manera que yo entiendo cómo se tiene que hacer la política”. Esto también se acompaña con declaraciones previas de la derecha cuestionando dicha representación. En resumen, se habla sobre el nombre del perro y de su conceptualización negativa, omitiendo el significado real de dicho animal. Un perro que tomó relevancia durante las movilizaciones estudiantiles iniciadas en 2010, convirtiéndose en figura de los movimientos sociales y su nombre en una caricatura de las acciones de éste.

El perro murió en 2017, pero su figura tomó mayor relevancia en las movilizaciones de 2019. En definitiva, era una caricatura que estaba acorde con lo que se vivía en el momento, siendo representativa de las luchas sociales de nuestro pasado reciente. Su demonización o simplificación histórica que se ha desarrollado en la actualidad, también va de la mano con el intento de crear una imagen negativa del estallido, que responde a sesgos ideológicos históricos de la derecha sobre las luchas sociales. En el caso del progresismo, se puede interpretar como un intento de alejarse de elementos simbólicos del estallido o como un desconocimiento sobre el real significado de la figura del “Negro Matapacos”.

Incluso, en el debate sobre la delincuencia, el senador José Miguel Insulza señaló que el perro incentivaba a la violencia. Si uno lo piensa bien, resulta ridículo pensar que un delincuente ejerce la violencia contra los policías incentivados por un perro y no por dinámicas propias de su accionar delictual. También aplica para las protestas, si uno analiza las protestas a nivel global, se caracterizan por un constante ejercicio de la violencia que busca desafiar y cuestionar un status quo. Véase, las protestas de los “chalecos amarillos” en Francia en 2018.

En conclusión, como bien señalan las historiadoras Marina Franco y Florencia Levín, los procesos de crisis son vividos por las personas como acontecimientos de rupturas y discontinuidades que rompen con una continuidad histórica. Dicho de otra forma, el estallido social cuestionó las bases de un modelo político, social y económico desarrollado durante la transición en los noventa y que se mantiene hasta nuestros días. Esto generó una disputa sobre el significado de las protestas de 2019. La disputa continuará en un futuro, el desafío está en elevar el debate, dejando de lado simplificaciones históricas, que responden a sesgos ideológicos y no a un análisis histórico crítico y profundo.

Sebastián Rubio Salazar

Licenciado en Historia de la Universidad Diego Portales

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