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El Norte chileno como zona de anticipación (y de contagio). Por Fabián Bustamante Olguín

Cuando Alberto Mayol señalaba —en el canal de YouTube TurnoAM (https://www.youtube.com/watch?v=q_CM1qZPGko )— que “el Norte es anómico” y que cualquier política pública destinada a enfrentar la degradación del país debe comenzar allí, está apuntando a una verdad incómoda: el Norte Grande y el Norte Chico funcionan como una zona de anticipación de los males que, lentamente, se expanden hacia el resto de Chile. Es otras palabras, allí, como advierte Mayol, “comenzó todo”.

Hablar de anomia es hablar de la ausencia —o debilitamiento— de normas que organizan la vida social. Emile Durkheim, sociólogo francés, ya lo había advirtió en el contexto de la modernidad industrial, y hoy esa noción adquiere un cariz preocupante en el desierto chileno. En el Norte, la anomia se expresa en un Estado que llega tarde o llega mal; en servicios públicos colapsados —como la insuficiencia de hospitales o el deficiente transporte en La Serena y Coquimbo, pese a su condición de ciudades “turísticas” (Araya Rivera, G. C.., & Ortloff Núñez, K. Y. 2024) —; en barrios que se multiplican sin planificación, como las “tomas” en las periferias de La Serena, Copiapó, Antofagasta, Iquique o Arica; y en una legalidad que se siente distante, cuando no derechamente ajena. La historia pesa. Sostengo que el Norte nunca fue completamente integrado a la nación. Más bien, funcionó como frontera, como enclave de riqueza extractiva y como territorio de “paso”. Esa condición liminal —entre lo propio y lo ajeno— lo convirtió en un lugar donde las instituciones tienden a ser frágiles y las reglas, precarias. Allí donde la autoridad no se legitima, florece una cultura de la transgresión que hoy se ha vuelto terreno fértil para el crimen organizado.

La noción de “contagio”, introducida por Mayol en el programa de radio conducido por Nicolás Copano, merece particular atención. El Norte no solo sufre la degradación institucional: también la propaga. Lo vemos en al menos tres dimensiones.

Primero, la criminal: el asentamiento de bandas transnacionales como el Tren de Aragua, que utilizan zona del Norte —Colchane o el Cerro Chuño, un antiguo vertedero en Arica donde opera uno de sus brazos, Los Gallegos— a modo de corredor logístico para penetrar el resto del territorio.

Segundo, la social: el impacto de los flujos migratorios no regulados, que reconfiguran las percepciones nacionales sobre seguridad, empleo y cohesión. Además, las profundas desigualdades sociales en los territorios, ni hablar del acceso a servicios tan básicos como agua potable.

Y tercero, la política: el Norte opera como laboratorio de anomia, anticipando un deterioro institucional que luego se extiende como tendencia nacional. No resulta casual, recordaba Mayol, que el Partido de la Gente — una colectividad populista de derecha, liderada por Franco Paris — concentre allí un caudal significativo de adherentes, especialmente en la región de Antofagasta (https://www.timeline.cl/pdg-el-partido-nacional-libertario-y-el-ps-lideran-cifras-de-militantes-en-antofagasta/ ).

La reacción del país frente a este fenómeno ha sido errática: parches represivos, controles fronterizos simbólicos, discursos encendidos sobre seguridad. Pero si se acepta la tesis de Mayol, lo que está en juego es el futuro mismo de la convivencia nacional. El Norte es el lugar donde se incubaron e incuban todos los síntomas de los problemas actuales de Chile, y por ello cualquier intento de recomposición del Estado debe comenzar allí.

Eso exige mucho más que policía y tribunales. Supone un rediseño integral: una presencia efectiva del Estado, inversiones capaces de romper la dependencia extractiva —pues la riqueza, en realidad, se fuga de esas regiones hacia el resto del país —, y un cambio en la lógica que convierte a ciudades como Calama, Antofagasta o Copiapó en simples espacios de tránsito. Nadie permanece: los trabajadores regresan a sus lugares de origen (https://www.soychile.cl/antofagasta/sociedad/2025/07/18/914099/antofagasta-minero-calama.html). Se requiere, además, de instituciones con legitimidad efectiva en territorios donde hoy impera la ley del más fuerte, en especial las “tomas” de terreno. En síntesis, se trata de reconstruir el tejido social desde su eslabón más frágil.

Chile ha tendido históricamente a mirar al Norte como periferia, cuando en realidad es un centro de anticipación. El contagio ya comenzó, y seguir actuando como si fuera un problema regional es cerrar los ojos al espejo que adelanta nuestro futuro inmediato. Lo más preocupante es que todos los candidatos presidenciales provienen de Santiago, de la gran capital. Y más aún: ¿qué pueden saber, por ejemplo, los tres aspirantes de derecha sobre la vida en el Norte, cuando piensan y diseñan políticas públicas desde comunas rebosantes de recursos y comodidades, tan alejadas de la precariedad cotidiana del desierto?

Hay candidatos — como Johannes Kaiser o el propio José Antonio Kast— que son partidarios de un Estado mínimo. Pero, ¿puede alguien imaginar un Estado mínimo en territorios donde justamente lo que falta es Estado? En el Norte, donde las localidades están aisladas entre sí y el desierto se impone, esa noción se traduciría apenas en una comisaría precaria en algún lugar perdido. Imagine lo que eso significaría.

A ello se suman problemas estructurales, como la contaminación generada por la actividad minera —tema que en su momento señaló Jeannette Jara— o la ausencia de centros oncológicos en ciudades como Calama, pese a ser una de las comunas que más riqueza aporta al país. Lo injusto es evidente: urbes que han dado tanto a Chile siguen siendo las más postergadas. Calama, por ejemplo, podría convertirse en una ciudad moderna, donde se apreciara que la riqueza queda en el territorio; sin embargo, todo fluye hacia Santiago. Gracias a eso tenemos un país que presume de riqueza, pero a costa del olvido de las poblaciones que crecieron al calor de la minería. Comunidades enteras quedan relegadas al viendo y al silencio del desierto.

La imagen que me surge es la de la mina de Chañarcillo, tan crucial en el siglo XIX. De allí se extrajeron toneladas de plata que permitieron dar cierta solvencia económica a una república chilena incipiente. Y, sin embargo, cuando el mineral se agotó, quedó solo el abandono. Hoy, en la Región de Atacama, lo que se observa son apenas vestigios: ruinas silenciosas de lo que fue un pilar económico. ¿Queremos repetir esa historia en el Norte chileno? ¿Queremos, otra vez, abandono en medio del desierto?

Bibliografía

Araya Rivera, G. C. ., & Ortloff Núñez, K. Y. . (2024). PERCEPCIÓN DEL SERVICIO DE TRANSPORTE PÚBLICO EN LOS ESTUDIANTES DE LA UNIVERSIDAD DE LA SERENA. CONURBACIÓN LA SERENA-COQUIMBO. Revista Universitaria Ruta, 26(2). https://doi.org/10.15443/RUTA2447

Fabián Bustamante Olguín. Académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte

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