1. Hace poco, el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, declaró públicamente que su gobierno sería un gran aliado de Estados Unidos y del presidente Donald Trump. La voluntad de Kast de acercar Chile a la mayor potencia mundial puede parecer natural tratándose de la potencia que sigue dominando el sistema internacional. Entonces, ¿no es una paradoja escribir hoy sobre el ocaso del imperio norteamericano? ¿Por qué hacerlo precisamente en el momento en que Estados Unidos exhibe una fuerza militar desmesurada —hoy en Irán, hace poco en Venezuela, mañana quizá en otro escenario de la geopolítica mundial—?
2. La razón es que ese despliegue de fuerza bruta puede interpretarse precisamente como el síntoma de una inquietud estratégica profunda. En la historia de las potencias hegemónicas, el recurso creciente a la coerción suele acompañar no el apogeo, sino el comienzo del declive relativo. Durante gran parte del siglo XX y comienzos del XXI, Estados Unidos ha ocupado una posición singular en el sistema internacional. Ninguna otra potencia ha concentrado simultáneamente una supremacía militar, financiera, tecnológica y cultural comparable. Su presupuesto militar supera por sí solo la suma del gasto militar de los nueve países que le siguen. El dólar continúa siendo la principal moneda de reserva internacional. Las plataformas tecnológicas que estructuran la economía digital global —desde Silicon Valley hasta Wall Street— siguen siendo, en su mayoría, estadounidenses.
3. Desde la perspectiva del poder absoluto, Estados Unidos nunca ha sido tan poderoso. Pero la historia de las relaciones internacionales enseña que las hegemonías no se evalúan únicamente por la magnitud de su poder presente, sino por la dirección de las tendencias que estructuran el sistema mundial. Aquí reside la paradoja central del momento actual: mientras la potencia norteamericana conserva capacidades sin precedentes, el equilibrio global que sostuvo su primacía durante décadas se transforma lentamente. Tras la Segunda Guerra Mundial, Washington organizó un orden internacional ampliamente favorable a sus intereses. El sistema de Bretton Woods, las instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, y posteriormente el sistema comercial multilateral reflejaban la estructura de poder del mundo atlántico surgido de 1945. La hegemonía estadounidense —en el sentido que el teórico de la economía política internacional Robert Gilpin atribuía al término— descansaba no sólo en la fuerza militar, sino también en la capacidad de establecer las reglas del juego económico global.
4. Sin embargo, ningún orden internacional permanece inmóvil. Desde finales del siglo XX, el centro de gravedad de la economía mundial se desplaza progresivamente hacia Asia. El ascenso de China constituye el fenómeno estructural más importante de esta transformación. Su crecimiento sostenido durante cuatro décadas, su acelerada industrialización y su creciente ambición geopolítica —visible en proyectos de conectividad euroasiática y en su expansión tecnológica— han alterado profundamente la jerarquía del sistema internacional. A ello se suma la emergencia de otras potencias medias o regionales —como India, Brasil, Indonesia y Rusia— que contribuyen a la consolidación de un mundo cada vez más multipolar. El orden internacional ya no gira exclusivamente alrededor del eje atlántico. Los teóricos de las relaciones internacionales describen este fenómeno como una transición de poder. Cuando una potencia emergente reduce la distancia que la separa de la potencia dominante, las tensiones estructurales tienden a intensificarse. El historiador Graham Allison popularizó esta dinámica bajo la expresión «la trampa de Tucídides», en referencia al conflicto entre Atenas y Esparta.
5. La historia ofrece múltiples precedentes de este tipo de transición. Durante siglos, Roma mantuvo una superioridad militar que parecía insuperable. Sin embargo, el desgaste económico, la sobre extensión imperial y la presión de nuevos actores transformaron lentamente el equilibrio que sostenía su hegemonía. Algo similar ocurrió con el Imperio británico. Este, que dominó el sistema internacional durante el siglo XIX, mantuvo durante décadas una supremacía naval y financiera incontestable. Pero el ascenso industrial de nuevas potencias —Estados Unidos y Alemania— erosionó progresivamente su centralidad. En ambos casos, el declive no comenzó con una pérdida inmediata de poder, sino con una pérdida gradual de centralidad histórica. Es precisamente esta dinámica la que parece preocupar hoy a Washington. Frente a la percepción de un sistema internacional cada vez más competitivo, Estados Unidos moviliza todos los instrumentos de poder a su disposición para preservar su primacía.
6. La dimensión militar sigue siendo central. Ninguna otra potencia dispone de una red comparable de bases militares, alianzas estratégicas y capacidades de proyección global. Desde Europa hasta el Indo-Pacífico, la arquitectura de seguridad estadounidense continúa estructurando buena parte del sistema estratégico mundial. Sin embargo, el instrumento militar no es el único. El poder estructural de Estados Unidos se manifiesta también a través de su dominio sobre los circuitos financieros globales. El papel del dólar en el sistema monetario internacional permite a Washington ejercer una forma de poder extraterritorial sin precedentes. Las sanciones económicas, el control de los sistemas de pagos internacionales o las restricciones tecnológicas se han convertido en herramientas habituales de su política exterior. Estas prácticas representan una forma de unilateralismo que desborda los marcos clásicos del derecho internacional. El sistema económico global se convierte así, cada vez más, en una extensión de la rivalidad geopolítica. Pero esta estrategia contiene una paradoja. Cuanto más se instrumentalizan las instituciones del orden internacional como herramientas de poder, más se incentiva a otros actores a construir alternativas. Iniciativas destinadas a reducir la dependencia del dólar, a diversificar los sistemas de pagos o a reorganizar las cadenas de valor globales se multiplican lentamente. El proceso es aún incipiente, pero señala una tendencia estructural: la lenta fragmentación del orden internacional construido bajo hegemonía estadounidense.
7. Toda hegemonía contiene en sí misma las semillas de su transformación. Roma siguió siendo poderosa mucho después de haber dejado de ser el centro del mundo mediterráneo. El Imperio británico mantuvo su influencia durante décadas después de haber perdido su primacía económica. Las hegemonías rara vez caen de golpe: se deslizan lentamente hacia la historia. Y quizás el verdadero drama estratégico de nuestro tiempo no sea el declive de Estados Unidos, sino su dificultad para aceptar una verdad que todas las potencias hegemónicas han terminado por descubrir: que ningún imperio, por poderoso que sea, puede detener indefinidamente el movimiento de la historia. El otro drama es que, en su intento por impedir ese ocaso, Estados Unidos van a desatar aún más violencia y muerte.
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Le crépuscule de l’empire nord-américain
1. Il y a peu, le président élu du Chili, José Antonio Kast, a déclaré publiquement que son gouvernement serait un grand allié des États-Unis et du président Donald Trump. La volonté de Kast de rapprocher le Chili de la première puissance mondiale peut paraître naturelle puisqu’il s’agit de la puissance qui continue de dominer le système international. Dès lors, n’est-ce pas un paradoxe d’écrire aujourd’hui sur le crépuscule de l’empire nord-américain ? Pourquoi le faire précisément au moment où les États-Unis exhibent une puissance militaire démesurée — aujourd’hui en Iran, récemment au Venezuela, demain peut-être dans un autre théâtre de la géopolitique mondiale ?
2. La raison est que ce déploiement de force brute peut être interprété précisément comme le symptôme d’une inquiétude stratégique profonde. Dans l’histoire des puissances hégémoniques, le recours croissant à la coercition accompagne souvent non pas l’apogée, mais le début du déclin relatif. Pendant une grande partie du XXᵉ siècle et au début du XXIᵉ siècle, les États-Unis ont occupé une position singulière dans le système international. Aucune autre puissance n’a concentré simultanément une suprématie militaire, financière, technologique et culturelle comparable. Leur budget militaire dépasse à lui seul la somme des dépenses militaires des neuf pays qui les suivent. Le dollar demeure la principale monnaie de réserve internationale. Les plateformes technologiques qui structurent l’économie numérique mondiale — de la Silicon Valley à Wall Street — restent, pour la plupart, américaines.
3. Du point de vue de la puissance absolue, les États-Unis n’ont jamais été aussi puissants. Mais l’histoire des relations internationales enseigne que les hégémonies ne s’évaluent pas uniquement à l’aune de leur puissance présente, mais à la direction des tendances qui structurent le système mondial. C’est là que réside le paradoxe central du moment actuel : tandis que la puissance américaine conserve des capacités sans précédent, l’équilibre mondial qui a soutenu sa primauté pendant des décennies se transforme lentement. Après la Seconde Guerre mondiale, Washington a organisé un ordre international largement favorable à ses intérêts. Le système de Bretton Woods, les institutions multilatérales comme le Fonds monétaire international ou la Banque mondiale, puis le système commercial multilatéral reflétaient la structure de pouvoir du monde atlantique issu de 1945. L’hégémonie américaine — au sens que le théoricien de l’économie politique internationale Robert Gilpin donnait à ce terme — reposait non seulement sur la puissance militaire, mais aussi sur la capacité à fixer les règles du jeu de l’économie mondiale.
4. Cependant, aucun ordre international ne demeure immobile. Depuis la fin du XXᵉ siècle, le centre de gravité de l’économie mondiale se déplace progressivement vers l’Asie. L’ascension de la Chine constitue le phénomène structurel le plus important de cette transformation. Sa croissance soutenue pendant quatre décennies, son industrialisation accélérée et son ambition géopolitique croissante — visible dans des projets de connectivité eurasiatique et dans son expansion technologique — ont profondément modifié la hiérarchie du système international. À cela s’ajoute l’émergence d’autres puissances moyennes ou régionales — comme l’Inde, le Brésil, l’Indonésie et la Russie — qui contribuent à la consolidation d’un monde de plus en plus multipolaire. L’ordre international ne gravite plus exclusivement autour de l’axe atlantique. Les théoriciens des relations internationales décrivent ce phénomène comme une transition de puissance. Lorsqu’une puissance émergente réduit l’écart qui la sépare de la puissance dominante, les tensions structurelles tendent à s’intensifier. L’historien Graham Allison a popularisé cette dynamique sous l’expression « piège de Thucydide », en référence au conflit entre Athènes et Sparte.
5. L’histoire offre de nombreux précédents de ce type de transition. Pendant des siècles, Rome conserva une supériorité militaire qui semblait insurmontable. Pourtant, l’usure économique, la surextension impériale et la pression de nouveaux acteurs transformèrent progressivement l’équilibre qui soutenait son hégémonie. Un phénomène similaire se produisit avec l’Empire britannique. Celui-ci, qui domina le système international au XIXᵉ siècle, conserva pendant des décennies une suprématie navale et financière incontestable. Mais l’essor industriel de nouvelles puissances — les États-Unis et l’Allemagne — éroda progressivement sa centralité. Dans les deux cas, le déclin ne commença pas par une perte immédiate de puissance, mais par une perte progressive de centralité historique. C’est précisément cette dynamique qui semble aujourd’hui inquiéter Washington. Face à la perception d’un système international de plus en plus compétitif, les États-Unis mobilisent tous les instruments de puissance à leur disposition pour préserver leur primauté.
6. La dimension militaire demeure centrale. Aucune autre puissance ne dispose d’un réseau comparable de bases militaires, d’alliances stratégiques et de capacités de projection globale. De l’Europe à l’Indo-Pacifique, l’architecture de sécurité américaine continue de structurer une grande partie du système stratégique mondial. Cependant, l’instrument militaire n’est pas le seul. La puissance structurelle des États-Unis s’exprime également à travers leur domination des circuits financiers mondiaux. Le rôle du dollar dans le système monétaire international permet à Washington d’exercer une forme de pouvoir extraterritorial sans précédent. Les sanctions économiques, le contrôle des systèmes de paiement internationaux ou les restrictions technologiques sont devenus des outils courants de sa politique étrangère. Ces pratiques représentent une forme d’unilatéralisme qui déborde les cadres classiques du droit international. L’économie mondiale tend ainsi de plus en plus à devenir une extension de la rivalité géopolitique. Mais cette stratégie contient un paradoxe. Plus les institutions de l’ordre international sont instrumentalisées comme des outils de puissance, plus d’autres acteurs sont incités à construire des alternatives. Des initiatives visant à réduire la dépendance au dollar, à diversifier les systèmes de paiement ou à réorganiser les chaînes de valeur mondiales se multiplient lentement. Le processus reste encore embryonnaire, mais il révèle une tendance structurelle : la lente fragmentation de l’ordre international construit sous l’hégémonie américaine.
7. Toute hégémonie porte en elle les germes de sa transformation. Rome resta puissante longtemps après avoir cessé d’être le centre du monde méditerranéen. L’Empire britannique conserva son influence pendant des décennies après avoir perdu sa primauté économique. Les hégémonies ne s’effondrent presque jamais d’un seul coup : elles glissent lentement vers l’histoire. Et peut-être que le véritable drame stratégique de notre temps n’est pas le déclin des États-Unis, mais leur difficulté à accepter une vérité que toutes les puissances hégémoniques ont fini par découvrir : aucun empire, aussi puissant soit-il, ne peut arrêter indéfiniment le mouvement de l’histoire. L’autre drame est que, dans leur tentative d’empêcher ce crépuscule, les États-Unis vont déchaîner davantage de violence et de mort.
