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El (olvidado) último gran alcalde republicano de Tarragona. Por Francisco-Javier Alvear

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Fotografía: Archivo Histórico de Tarragona

Entre la censura y el olvido hay quienes, cual fantasma de Elsinor, se encargan de tanto en cuanto de reclamar su lugar en la historia y en la vida de este país.

Este es el caso de Joaquim Fort i Gibert, el (olvidado) último gran alcalde republicano de Tarragona quien, luego de la deflagración cainita que pudo devorar a este país por completo, pareció desparecer aparentemente sin dejar rastro.

Gracias algunos esfuerzos notables y a la excelente disposición de sus hijos (Roser y Pedro), hemos podido reconstruir, en parte, esa historia invisibilizada tras los dolorosos y largos años de desmemoria e impunidad.

Un hombre brillante

Joaquim nació en Tarragona en 1906 y fue un hombre de su tiempo, comprometido e inquieto que destacó en todo cuanto acometió. Su versatilidad lo llevó a compatibilizar tres de sus más grandes pasiones, el periodismo, el deporte y la política con su oficio de contable.

En efecto, fue corresponsal en Tarragona del diario (barcelonés-republicano-federal) El Diluvio y con el R.C. Club Nàutic de Tarragona fue seis veces campeón de España de remo entre 1929 y 1935, compitiendo en las categorías de 8 y 4 con timonel.

Del mismo modo, con tan solo 25 años, siendo militante de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), fue electo en las municipales de 1931 como conseller y teniente alcalde de Tarragona.

Compromiso político

Con motivo de los sucesos del 6 de octubre de 1934 fue detenido y recluido en el barco Manuel Arnus, anclado en el puerto de Tarragona y habilitado como tal por el gobierno de la II República, para hacerse cargo de los involucrados en la proclamación del Estado Catalán. Se estima que con motivo de este hecho fueron encarceladas unas tres mil personas.

Con el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936, accedió a la presidencia de la Diputación de Tarragona y con el estallido de la guerra fue designado presidente de la Comisión Especial de Trabajo y alcalde de la ciudad; cargos que ejerció hasta fines de enero de 1937, cuando fue nuevamente designado Comisario Delegado de la Generalitat en Tarragona (gobierno autonómico de Catalunya).

Durante su mandato edilicio es posible intuir una fructífera e incesante labor pública, a saber, la aprobación de la Carta Económica Municipal, el termino de las obras de urbanización de la Plaça de la Font y las obras del edificio de Correos, junto a la municipalización de los diferentes servicios públicos, principalmente.

Finalmente, dejando la función pública de lado, se enroló en el frente republicano en donde combatió y fue herido, debiendo ser intervenido in extremis para salvar su vida en uno de los tantos hospitales de campaña. Al poco tiempo, con la caída de Catalunya, salió como cerca de medio millón de catalanes rumbo a Francia. Así su rastro pareció perderse para siempre en la perpetuidad de su exilio.

El viaje sin retorno a Itaca

En Francia cedió su lugar en el Winnipeg, el barco que fletó Neruda a Chile con refugiados republicanos, al resto de su familia, y él debió partir, seguramente, en el Formosa, un barco francés que siguió los pasos del barco del poeta chileno o en otro -que desconocemos- que le antecedió.

Ahí comienza su viaje a Itaca, pero sin retorno. Una larga peregrinatio de la cual prácticamente no había constancia hasta ahora.

Desembarca en Panamá en mayo de 1939 y se radicará inicialmente allí por algunos meses antes de partir rumbo a Argentina, en donde reside por siete años, entre marzo de 1940 y marzo de 1947; luego, de este año hasta 1963 residirá en Perú. Y a partir de este año es cuando se radicará definitivamente en Chile; ya con casi 50 años, país en donde unos años antes, en 1957, había contraído matrimonio con Margarita Aguirre Fargas, una joven hija de catalanes de Mataró, Barcelona, con quien tuvo sus mencionados únicos hijos, Roser y Pedro.

Sabemos que en Perú montó una empresa (pionera) que fabricaba papel de los residuos de la caña de azúcar y que en Chile fue durante el resto de su vida el contable de Muebles Sur; una exitosísima empresa montada en Santiago de Chile por Cristian Aguadé, casado con la fallecida pintora Roser Bru, ambos refugiados catalanes. Aguadé, fue hijo de uno de los últimos alcaldes republicanos de Barcelona.

Él -a diferencia de Aguadè- nunca más volvió a involucrarse en política. “Casi no hablaba de su promisoria vida pública en la Catalunya de antes y durante la guerra”, señala su hijo Pedro Fort. A Tarragona regresó circunstancialmente tan solo una única vez, en 1981. “Vino a visitarme mientras estuve estudiando en Barcelona y se le ocurrió pasar por Tarragona. Fuimos por el día y que nos enseñó donde quedaba su casa. Si mal no recuerdo era en una calle grande que sube desde el puerto hacia la Parte Alta”, agrega. Imaginamos que pudo ser Apodaca o Unió, dos de las principales arterias de la ciudad que desembocan en el puerto.

Joaquim Fort i Gibert falleció un otoñal 25 de abril de 1987 en Santiago de Chile, a los 81 años, lejos de su patria, dejando atrás una inmensa historia (inconclusa) y el recuerdo imborrable de un hombre digno y un excelente padre.

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Fotografía cedida por sus hijos

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