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El Once: Variaciones sobre un mismo asunto. Por Fernando Torres Véliz

La democracia chilena fue bombardeada un martes 11 de septiembre. Manna-hata (Manhattan N.Y.) fue descubierta y bombardeada un martes 11 de septiembre. El 11 de septiembre de 1841, Michimalonco - jefe del levantamiento indígena que había quemado a un Santiago de 242 días de vida - no pudo liberar a los caciques secuestrados por los españoles; Inés de Suárez los había decapitado a todos arrojando sus cabezas a lo que es hoy la Plaza de Armas. El 11 de septiembre de 1852, ocho amotinados en el Cuartel de Artillería de Santiago, fueron fusilados por tratar de derrocar al presidente Manuel Montt Torres. Así, el autor Fernando Torres Veliz nos presenta una peculiar visión personal, íntima e histórica sobre varios once de septiembres y en particular sobre lo que fue su primer once vivido en carne y hueso en su ciudad natal de Antofagasta, chile. Estos escritos son parte del libro Paisajes desde el Olvido: Memorias de un ex-prisionero político, que torres escribiera con la Editorial Pampa Negra Ediciones, Antofagasta, Chile.

2 9/11 en 1 vida

El once de septiembre de 1973 tuvo un efecto tan profundo en mi cuerpo que todos los años, el mismo día - mientras lloro desconsoladamente - mi cuerpo se apaga como una hoja sin agua. Es como si un día al año muriera, cesara de funcionar orgánicamente. Ese día, ese mes, ese año, el brutal golpe cívico-militar derrocó brutalmente a la izquierda, al capital humano del gobierno de allende, cercenó la cabeza, las direcciones y jefaturas de los incipientes movimiento sociales, derramó la sangre (y esto no es una cábala) por todos los rincones por donde entró la esperanza social de Allende. (la izquierda fue – en Chileno: hecha mierda. Tanto así que hasta el día de hoy no se ha podido recuperar). Muchos dejamos de ser lo que creíamos que éramos y nos dispersamos a través de la impotencia, el miedo y el deber de proteger a otros. Familiares, trabajadores, estudiantes y amigos; todos nos dispersamos en distintas direcciones. Todos dejamos de ser todos para ocultarnos en el ninguneo de la clandestinidad, en los garajes o en la casa de los papás.

Parapetados en el Liceo de Hombres de Antofagasta (en la Calle Ossa) escuchábamos las noticias contradictorias, confusas, pero con la marcha de las horas la realidad de la inevitabilidad nos caló hondo. Un grupito reducido de estudiantes nos quedamos en el liceo esperando aquellas armas que nunca llegaron. Los linchacos, las ondas y los bastones no serían suficientes. Fue entonces que comenzamos a preocupamos de las situaciones humanas. Dos de mis compañeros nunca pudieron regresar a sus casas; la delación rondaba demasiado cerca. Ambos terminaron asilados en mi casa y uno de ellos se “hospedó” en casa por casi dos semanas. Respetado provinciano que no objetaba la autoridad, mi papa era un músico bohemio que pensaba que para disfrutar un buen poema era mas que necesario una cerveza bien helada. La política no arregla nada, solía decir. Aunque siempre atendió bien a mis “invitados”, como que nunca se dio cuenta que yo había convertido la casa de la calle Condell en una embajada y que en el proceso, acabábamos de salvarle la vida a dos jóvenes estudiantes.

Nueva York en llamas

El mismo día martes 11 de septiembre pero veintiocho años mas tarde, Jorge me llama por teléfono: “prende la tele, on” me dice y cuelga. Nunca había sido obligado a regresar tan repentinamente hacia la memoria. El palacio, los edificios derribándose. Ahora, dos onces tenían la misma cáscara de la incertidumbre, la solemnidad predictiva de la muerte, fetidez con olor a final infeliz. Era cuestión de tiempo para descascarar los eventos y comenzar a enterarme de las fatalidades. Con la precisión del arquitecto que es y con lápiz en mano Jorge llegó a mi departamento de la calle Grant en Berkeley. “No puede ser”, dijo apagándome la tele. “Nuestro once ya no será el mismo. Aquí hay demasiada coincidencia. Siéntate… Entre 1973 y el 2001, solo hay cuatro martes once de septiembre. Cuatro martes en 28 años, Feñita, y dos de ellos están separados por, por, por ¡once años!” me dijo antes de abrir la lager tipo ámbar que había puesto en la mesa. Al finalizar su visita me dijo “hay que esperar por el número de fatalidades...” ¿Para que? pregunté. “Para comparar puh, on” replicó.

Una batalla por la botella

Esa misma noche nos dijeron que nos disolviéramos, que nos quedáramos quietos hasta que alguien se pusiera en contacto con nosotros. En otras palabras nos ordenaron congelarnos. Salí del Liceo de Hombres con un sabor amargo de soledad; me sentí abandonado sin nada que hacer; solo nos pedían esperar. Durante la primera noche bajo el régimen de Pinochet subí al techo de mi casa para averiguar de dónde venían aquellos ruidos de tap-tap. Tuve una gran sorpresa; Pude ver una batalla realmente grande. Sin duda fue un golpe militar. Fue a dos kilómetros con dirección al Océano Pacífico, en el edificio de la Compañía de Cervecerías Unidas, la fábrica de cerveza de la ciudad, en las calles Zenteno y Pinto, en Antofagasta. Los trabajadores se la habían tomado y según la mitología pampina, con los refuerzos que pronto llegarían la defenderían hasta la muerte. La batalla duró varios días, pero sólo durante la oscuridad de la noche. Helicópteros disparando grandes balas y de vez en cuando una “trazadora”, una bala incandescente que trazaba el cielo de color rojo, como una estrella fugaz que servía para mejorar la puntería. El combate era desigual. Nunca vi una trazadora subiendo pero pude escuchar muchos calibres saliendo de ese gran edificio bordeando el océano. Nunca supe cómo terminó. Hubo un fuerte bloqueo informativo. El ejército utilizó su poder aéreo porque los valientes no querían acercarse a la fábrica ni por tierra, ni de día. Los refuerzos nunca llegaron. La mayoría de los trabajadores aprovecharon la noche oscura del desierto costero de Atacama para deslizarse fuera de la fábrica y salvar sus vidas. Avance rápido: Cuando puse mi pie por primera vez en mas de 48 años en aquel apoteósico supermercado, escuché los ruidos de las ráfagas, las hélices de los helicópteros roncar omnipotentes sobre los techos nortinos, sentí a los obreros escapándose de la matanza que se dejaba caer. De la fábrica de cerveza - hoy un hirviente centro comercial - solo queda un pedazo de su antigua fachada. Así, desempaqueté mi bolsa y continue con mis compras.

La plaza de las cabezas

Bajo el indolente sol de una mañana santiaguina en la Plaza de Armas, Juana Cheuquepan vende artesanía; bustos y cabezas de grandes jefes mapuches tallados en madera sagrada. No hay mucha fanfarria en la escena. Algunos turistas europeos le sacan fotos a una gigantesca cabeza de un toqui mapuche y a Pedro de Valdivia sobre un caballo de bronce cagado por las palomas. Mientras disfruto de una cerveza helada me pregunto si las esculturas de los perennes enemigos fueron separadas intencionalmente. Desde de esa misma plaza, el 11 de septiembre de 1541 y cuando Valdivia salió hacia el sur persiguiendo indígenas, la ocasión fue aprovechada por el jefe Michimalonco quien esperaba fuera de Santiago a la cabeza de varias columnas indígenas de Maipo, Mapocho, Melipilla y otras localidades. A solo 242 días de su nacimiento, el caserío Santiago de la Nueva Extremadura fue destruido por los indígenas. Michimalonco se proponía liberar a los caciques Quilicanta, Apoquindo y a otros seis jefes picunches que se encontraban secuestrados. Los 55 españoles que defendieron la ciudad se protegían detrás de cientos de Yanaconas, esclavos traídos desde el norte. El feroz ataque término cuando la concubina de Valdivia, Inés de Suárez, degolló a todos los indefensos prisioneros y lanzó algunas de sus cabezas a la misma plaza. Algo tiene la Plaza de Armas con las cabezas...

Víctimas y familiares

Todos los domingos, Juan Ramón se sienta a un costado del monumento a las víctimas del golpe militar de 1973 en el Cementerio General de Santiago con un puñado de flores alzados desde sus brazos. A veces el silencio de la escena es interrumpido por los visitantes que disimuladamente le toman fotografías. Rita Lasar perdió a su hermano Abe en los ataques a las Torres Gemelas y después del asesinato premeditado y sin juicio (ilegal) del estadounidense-yemení Anwar al-Awlaki en Yemen (ordenando por el Presidente Barack Obama), ella escribió en el New York Times: “Yo soy una ciudadana de los Estados Unidos, yo nací aquí y he vivido aquí todos mis 81 años. Si yo fuera una amenaza a la seguridad de este país, esperaría ser capturada y llevada ante la justicia. La idea de que un Presidente pueda matar a un ciudadano estadounidense sin juicio es aborrecible y francamente me asusta más que cualquier acto de cualquier terrorista”. El incondicional Juan Ramón tiene la edad para haber sido víctima o familiar de alguno de los 3.216 desaparecidos políticos del once de septiembre chileno. Rita es una de las fundadoras de Familias por Mañanas Pacíficos, una de las organizaciones de familiares de las 2.996 víctimas del once de septiembre estadounidense.

El 1er 11 chileno

El primer once chileno tuvo lugar a solo 42 años de la independencia. Tras el triunfo electoral de Manuel Montt Torres - presidente por dos periodos entre 1851 y 1861 – se produjeron levantamientos populares armados en Concepción y La Serena y que fueron derrotados en diciembre de 1851. Para las elecciones parlamentarias del 3 abril de 1852, el descontento y las divisiones políticas continuaban. La dividida oposición, llamó a no votar. La división de los pelucones entre nacionalistas y conservadores por temas como el rol de Estado y la iglesia, debilitó al gobierno de Montt. Según el historiador Francisco Encina, en la Camara de Diputados predominaron las fracciones mas violentas de estos dos bandos. El 11 de septiembre de 1852 en la noche, “el nuevo golpe militar no se hizo esperar,” escribió Encina. En una acción de la cual poco se conocen los detalles, un grupo armado logró tomarse el Cuartel de Artillería de Santiago y se amotinaron en rebelión contra el gobierno. La acción fue repelida inmediatamente y ocho amotinados fueron fusilados.

2 9/11 en 1 vida

En Septiembre del 2003, nueve jóvenes de la segunda generación de la diáspora chilena, crearon el colectivo Two 9/11s in a Lifetime - 2 09/11 en una vida, que incluyó una jornada de eventos culturales en San Francisco, California. Los eventos resultaron ser una respuesta estética a la profunda experiencia de haber vivido dos onces. Los organizadores destacaron que en estos trágicos eventos, los Estados Unidos tuvieron un rol directo.

Ojos de hombres blancos descubren Manna-hata En 1609 el explorador ingles Henry Hudson fue contratado por la compañía de Los Países Bajos (Holanda) Dutch East India Company para encontrar la ruta mas corta hacia el este, hacia la China, y así vencer a los competidores en el tráfico comercial con el continente asiático. Hudson ya había intentado en dos fallidas ocasiones la aventura. El plan original era encontrar un pasaje a través del ártico por el norte de Rusia. Debido a los peligrosos hielos, Hudson se vio obligado a regresar pero saliéndose del plan original, siguió viaje hacia el oeste. Luego de cuatro meses de navegación, el barco El Medialuna llegó a Newfoundland en lo que hoy es Canada. Totalmente perdidos, siguieron hacia el sur bordeando las costas del continente norteamericano. Después de intimidar y saquear una aldea indígena a punta de mosquetes y cañones, Hudson y sus hombres continuaron su viaje. El 11 de septiembre de 1609 la expedición entró a la parte alta de la bahía del Rio Mohegan (lengua Iroqués). Desde allí los expedicionarios vieron y mapearon Manna-hata, Isla de Muchos Cerros (lengua Lenape). Por primera vez, ojos de hombres blancos veían la Isla Manhattan que ese mismo día pero 392 años mas tarde fuera sacudida por un preciso ataque que incluyó el estruendoso derrumbamiento de las Torres Gemelas.

El autor, Fernando Andrés Torres es escritor y periodista independiente graduado de la Universidad Estatal de San Francisco en California. Bajo la dictadura cívico-militar chilena, Torres se unió a la resistencia chilena y en 1975 fue arrestado por la policía secreta del régimen. Mientras estaba preso, recitó poesía y escribió a mano mensajes con citas sobre el optimismo y la esperanza entre sus compañeros prisioneros. Después de ser expulsado y exiliado, continuó escribiendo poesía y cuentos. Uno de los cuentos cortos de Torres, Caldo de cabeza, fue seleccionado en la antología Lo Mejor de la Nueva Escritura 2018 de la Casa Editorial Hopewell. Torres es también poeta, músico y editor del pasquín de internet LatinOpen. El libro debut de Torres Walks Through Memories of Oblivion; Short stories and essays about resistance, prison, and exile, fue publicado en ingles en octubre 2022 por la editorial Unsolicited Press de la ciudad de Portland, Oregon. En español: Paisajes desde el olvido, Memorias de un ex-prisionero político, fue publicado en noviembre 2022 por Pampa Negra Ediciones, Antofagasta, Chile.

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