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El Partido de la Gente: La Gran Subasta de la "Clase Media", el Lucrativo Arte de Ser Bisagra y la Ilusión Tributaria. Por Mario Toro

Q conmovedora resulta la epopeya moderna del Partido de la Gente (PDG). En un sistema político que clama a gritos por ética, mística y convicciones reales, el PDG ha irrumpido no como un faro de esperanza, sino como la más eficiente agencia de corretaje parlamentario de Chile. Con un discurso envuelto en el celofán de la "novedad", han logrado vender el pragmatismo más descarnado y clientelista como si fuera una revolución ciudadana.

El ente mitológico llamado "Clase Media" y el ofertón de los pañales El gran estandarte del PDG es su férrea e inquebrantable defensa de la "clase media". Pero, ¿a qué le llama clase media este partido? En la sociología y la economía chilena existen un sinfín de concepciones sobre este grupo: ¿Es el profesional endeudado? ¿El emprendedor asfixiado? ¿El trabajador que no califica para bonos pero tampoco llega a fin de mes? Para el PDG, la definición parece ser mucho más utilitaria y líquida: "Clase media es cualquiera que esté dispuesto a comprar nuestro discurso".

Su gran "triunfo" negociador con el Ejecutivo en el llamado proyecto de ley de cumplimiento tributario (o de la reconstrucción) fue exigir la devolución de impuestos a los pañales y las medicinas. ¡Aleluya! La salvación macroeconómica ha llegado en forma de un descuento diferido en la farmacia.

Resulta, por decir lo menos, curioso. Si el objetivo genuino era aliviar el bolsillo de esa clase media y baja que tanto invocan, ¿por qué no propusieron la devolución del IVA al pan o a los productos esenciales de la canasta básica? La respuesta es el marketing: los pañales son un excelente eslogan que apela a la emotividad. El pan, al parecer, carece del glamour necesario para un reel de Tik Tok.

El sistema tributario chileno: Un Robin Hood al revés y la miopía política Para entender la magnitud del oportunismo del PDG, es necesario mirar el sistema tributario chileno desde una perspectiva politológica y económica, algo que su líder —supuesto experto en la materia— evita convenientemente hacer en público.

Desde la Economía (La trampa regresiva): El sistema tributario chileno es estructuralmente regresivo. Depende en exceso de los impuestos indirectos, fundamentalmente el IVA (que recauda cerca de la mitad del total), y muy poco de los impuestos directos a la renta y al patrimonio. ¿Qué significa esto en español simple? Que el estrato más pobre y la verdadera clase media destinan una fracción muchísimo mayor de sus ingresos a pagar impuestos (cada vez que compran un kilo de pan) que los superricos. Cuando el PDG negocia parches estéticos como los pañales, no está combatiendo la desigualdad del sistema; está validando su estructura regresiva con un analgésico de corta duración.

Desde la Politología (El mapa del poder): La ciencia política nos enseña que el sistema tributario de un país no es un mero ejercicio matemático, es la radiografía exacta de quién tiene el poder. La resistencia histórica a implementar impuestos progresivos reales en Chile demuestra la captura del Estado por parte de élites económicas. Al enfocar su "lucha" en exenciones marginales y clamar por rebajas a los grandes capitales, el PDG demuestra que no busca alterar el equilibrio de poder; solo busca ser el intermediario que se lleva una comisión por mantener el statu quo.

El cuento de hadas del goteo económico (y el silencio del economista) A esto se suma la insistencia majadera en la rebaja de impuestos a la gran empresa como motor mágico del desarrollo. Aquí la ironía se vuelve casi trágica. El líder espiritual y excandidato presidencial del partido es economista. Como tal, sabe perfectamente que la reducción de impuestos a las grandes corporaciones no es un requisito sine qua non para que estas inviertan más en el país.

Creer que por el solo hecho de pagar menos tributos una empresa va a contratar más gente y construir más fábricas, en lugar de repartir más dividendos entre sus accionistas o especular en el mercado financiero, es un albur histórico. Es la vieja y oxidada "teoría del derrame", una falsedad que se ha desmentido globalmente. Sin embargo, el partido guarda silencio sobre esta inconveniente verdad, prefiriendo vender a sus votantes la ilusión del crecimiento automático mientras le hacen un guiño al gran empresariado.

La anatomía del "partido bisagra": El lucrativo negocio del peaje legislativo El auge de nuevos partidos como el PDG es, más un indicador de las profundas debilidades y la fragmentación de nuestro sistema democrático, que una alternativa real. Su fuerza radica única y exclusivamente en su rol de "partido bisagra" (o kingmaker, como le llaman en los sistemas parlamentarios).

Desde la politología, un partido bisagra no tiene el tamaño para gobernar, ni le interesa tenerlo: gobernar implica asumir responsabilidades y costos políticos. Su modelo de negocio es otro:

Acaparar el margen: Se ubican artificialmente en el centro o en el "no somos ni de izquierda ni de derecha", no por convicción, sino para poder vender sus votos a cualquiera de los dos bandos.

Extracción de rentas políticas: Como los bloques mayoritarios no alcanzan el quórum por sí solos, el partido bisagra se convierte en una aduana legislativa. Cobran un "peaje" por sus votos. El botín rara vez es una política pública transformadora; suele ser visibilidad mediática, cargos, o victorias pírricas (como los pañales) que puedan capitalizar en la próxima elección.

Carencia de lealtad ideológica: Hoy negocian con el oficialismo la ley de cumplimiento tributario, mañana pactan con la oposición. No hay proyecto de país, hay táctica de supervivencia.

Sin pudor, sin vergüenza: La entrega final Y es así como, sin pudor ni vergüenza, terminan entregándose a José Antonio Kast y a su ministro de Hacienda, demostrando que su supuesta independencia era solo un cartel de "Se Vende" a la espera de la mejor oferta. Lo que la sociedad chilena exige hoy es ideología con sustento, mística, entrega y políticos creíbles. El PDG carece de todo ello.

Su agenda temática es sorprendentemente raquítica, limitada a intereses clientelistas y diseñada casi exclusivamente para sostener los intereses personales, mediáticos y financieros de su líder, Franco Parisi. Aunque la democracia existente esté magullada, todavía existen partidos que se esfuerzan honestamente por representar visiones de sociedad. El Partido de la Gente, en cambio, parece haber descubierto algo mucho más rentable: convertir la desesperanza y la ignorancia política de la clase media en una franquicia electoral de alto rendimiento.

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