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El pequeño dictador. Por Raúl López Muñoz

Ante la cadena de sucesos acontecidos desde que la derecha gobierna por segunda vez tras la recuperación de la democracia, cabe el momento de preguntar por las reales convicciones republicanas y democráticas de quien ostenta el cargo de presidente de la República. Lo anterior es válido de preguntar por la forma en que ha gobernado desde el estallido y durante la presente pandemia, consumando una certeza basada en evidencia sobre una idea difusa y no creíble. En tanto que la oposición se encuentra en cuarentena, el presidente y su corte socaban la ya mermada democracia y empuja al país a un gobierno autoritario, sin contrapeso y con un catastrófico futuro en lo social, político y ambiental.

La posibilidad de que Piñera se encuentre con sus “facultades mentales perturbadas” toma fuerza y es dable considerar el artículo 29 de la Constitución respecto a la vacancia a menos de 2 años de término de su mandato. Los argumentos que sustentan la posibilidad inédita son analizables y se sustentan en la posibilidad que Piñera este capturado por las recomendaciones y consejos de una corte educada en lo más profundo del “ethos” de la dictadura cívico-militar. En el acto fundacional del 7 de Julio de 1977, utilizado para comunicar el diseño de país del gobierno de Pinochet, se entronizó la “nueva democracia”, a ella no solo asistió el actual mayordomo político de Palacio, sino que también el hoy “recontratado” primo. Ambos personajes consumaron en Chacarillas sus ataduras a una concepción dictatorial que es extremadamente similar a la que vemos con perplejidad en crecimiento hoy.

La gravedad de la pandemia del virus Covid-19 ha desnudado la realidad oculta del país. Ella estaba invisibilizada por una especie de velo construido por la ilusión de una sociedad neoliberal robusta y descentralizada. El trágico desempeño de la economía en los últimos meses se acumula al efecto permanente de una sociedad construida bajo el diseño de las elites plutócratas de Chile, a la cual Piñera se incorporó y ha sabido fácilmente representar. El retorno al autoritarismo y a la reducción de las garantías de libertad y derechos que se habían lograron arrebatar al marco jurídico e institucional creado por los ideólogos de la dictadura está siendo hábilmente llevado por aquellos que recibieron la unción del gran dictador aquella noche de Chacarillas: “Mis queridos jóvenes: El futuro de Chile está en vosotros, cuya grandeza estamos labrando” (Pinochet, 9 de julio de 1977).

La tentación para realizar una concentración de las funciones requeridas para la administración de nuestro Estado unitario ha sido develada recientemente y deben estar enraizadas con el evento simbólico de los 77. La reducción del ya limitado espacio de colegislación entre el Parlamento y el Ejecutivo se acrecienta con una iniciativa que es directamente un atentado a la democracia: la revisión anticipada de las iniciativas parlamentarias. Piñera y sus asesores políticos, guardianes de la constitución del 1980, arrastran al país a una nueva amenaza dictatorial. Esta ya había tenido un capítulo en el estallido social, con cientos de atropellos a los derechos humanos, a la violencia política y la instrumentalización de la fuerzas armadas y carabineros al servicio de las elites. Los ojos perdidos en Chile por la acción represiva no son olvidados y serán la prueba de las acciones de un presidente completamente entregado a una “nueva democracia que sea autoritaria, protegida, integradora, tecnificada y de auténtica participación social” (ibid).

Sin embargo, las astucia de los consejeros de la actual corte está en potenciar en Piñera, lo que Pinochet temía, un líder con “egolatría, ambición y egoísmo” que nos está llevando a un desastre sanitario que suma miles de muertos, una economía en vías de destrucción y con un futuro ambiental amenazado por una reactivación hipócrita, que solo se preocupa por las empresas y sus dueños, a quienes los asistentes a la noche maldita de Chacarillas siguen protegiendo.

Es necesario evitar el desastre socio-económico-ambiental y la amenaza democrática que hace el pequeño dictador, utilizando la propia Constitución de Pinochet. Ella establece ante la vacancia del presidente y estando a menos de dos años de la próxima elección presidencial, la elección del nuevo presidente de transición en el Congreso Pleno, por la mayoría absoluta de los senadores y diputados en ejercicio. La medida extrema es necesaria ante la evidencia fundada en los actos, aunque existe el auxilio de que las facultades estén perturbadas por la nociva influencia de los hijos de la noche de Chacarillas.

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