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El permanente sufrimiento de ser migrante en Chile. Por María Emilia Tijoux, Eduardo Cardoza y Constanza Ambiado

Proyecto Anillos ANID SOC 180008

Hoy, a casi tres años y medio de su anunciación, sigue estando presente la máxima racista de “ordenar la casa” para nombrar la agenda de reforma migratoria impuesta por el actual gobierno. A poco de terminan su mandato se vuelven a repetir las mismas escenas y discursos que comenzaron desde inicios del 2018 y los anuncios de una nueva ley migratoria, el plan de retorno humanitario para ciudadanos haitianos/as, la implementación de las visas consulares para Haití y Venezuela, el proceso de la regularización extraordinaria y la expulsión de 2000 personas anualmente. La llamada “crisis migratoria” comenzó a aparecer en boca de voceros de gobierno como medios de migración, también se escuchaba en las calles y así lo hace hasta el día de hoy, agravado por el reciente abandono institucional en torno a la llegada de personas venezolanas que vieron en Chile un posible país de acogida, más aún después de la invitación del presidente en Cúcuta en febrero del 2019.

Faltando a su palabra, este gobierno hoy reafirma y cierra el ciclo represivo de una política antinmigrante que busca adherentes a partir de un discurso populista que promueve el odio hacia el migrante y ejecuta expulsiones masivas, desalojos, o detenciones, todas argumentadas en el supuesto peligro y amenaza que la población migrante representaría para nuestra sociedad. Para que esta política tenga el efecto que el gobierno busca, es necesario que los medios de comunicación oficiales como canales de TV, radios y periódicos acordes con sus propósitos, participen y pongan en pie los mandatos del gobierno desde una campaña mediática que supone un interés por resguardar a Chile de quienes “lo invaden, lo inundan, lo hacen peligrar”, esgrimiendo a la irregularidad migratoria -que generalmente y contra toda norma internacional llaman “ilegalidad”- que las mismas políticas han construido, como la causa de los problemas de los(as) chilenos.

Las comunidades migrantes son generalizadas en torno a características negativas que precisan de la mentira y de la exageración de políticos y comunicadores sobre sus formas de vida, con el propósito de diabolizar sus existencias y dar luz verde a potentes discursos de odio que por una parte obstaculizan la acogida en las instituciones y por otra se insinúan violenta o sutilmente en los discursos cotidianos.

Tal como ocurrió al inicio de este gobierno, o también en los momentos más álgidos de la pandemia en el año 2020, ahora, en septiembre de 2021, al momento mismo en que se inicia la campaña presidencial, se produce el desalojo de un campamento en Tocopilla el miércoles 22 de septiembre donde la gran mayoría son personas migrantes, haciendo surgir al “descontrol” como aviso que aprieta el botón de pánico para los habitantes de Antofagasta. Se hablará de la “masividad” migrante y de la “extrema preocupación de las autoridades”, y si bien se advierte del fracaso de las políticas migratorias del gobierno, se apela a la intervención del ministro del Interior para buscar soluciones.

La mañana del viernes 27 del mismo mes, en Iquique, las policías desalojan el campamento de la Plaza Brasil donde hace varios meses personas migrantes indocumentadas y buscando regularización se habían instalado junto a sus familias. Fueron más de 100 efectivos policiales que cerraron las calles para sacar a las personas, principalmente venezolanas, que buscando mejor vida vinieron a Chile, tal vez respondiendo a la invitación que Piñera les hiciera cuando visitó Cúcuta.

Para los medios, tal como antes ha ocurrido, ingresar a esos lugares para filmar, exponer, construir discursos “de conocimiento pleno” sobre las vidas de la gente y, sobre todo, sacar conclusiones provenientes de su profundo desconocimiento y así responder a las autoridades que los halagan y financian, el espectáculo se vuelve a producir. Los(as) vemos en matinales que se inician en las noticias de la mañana para continuar por la tarde y repetirse por la noche. Invitan a “expertos” y buscan cuñas en todos los rincones. La sed es grande y hay que dar de beber a ese discurso que se nutre de las discriminaciones y de la ignorancia. Se entrevista a vecinos enojados y autoridades que dan lecciones.

El espectáculo crece para mostrar sin ninguna consideración la falta de agua, las carpas, los bolsos, y, sobre todo a los niños -ojalá pequeños- para marcar una cierta humanidad acompañada de dichos racistas que les critican todo: origen, color, rasgos, vestimentas. Mientras tanto otros niños provenientes de la migración observan estas violencias en las pantallas y temen que les ocurra lo mismo. Plaza Brasil es un lugar público donde las policías permiten hacer visibles estas escenas donde se arma el teatro mediático: no hay muros, hay carpas, no hay espacios privados pues es una plaza, no hay posibilidad alguna de ocultar los sufrimientos que se portan cuando se tiene la condición de migrante en Chile. Crece así la desesperación ante tanta puerta cerrada. Ante una vida imposible.

Pero hay más. La comunidad haitiana en Chile está viviendo el infierno en estados Unidos soportando los castigos de una policía montada que no trepida en dar latigazos a quienes buscar entrar para en su gran mayoría reunirse con familiares que llevan allí más de 20 años. Las personas haitianas que después de un trayecto repleto de riesgos han pasado por diversos países, provienen principalmente de Chile y de Brasil. Han huido de Chile a causa de un maltrato repetido dado a cada momento y en distintos contextos.

Algunas vivieron varios años en este país, trabajaron y buscaron ser partícipes de la vida nacional, pero no lograron regularizar sus situaciones debido a una burocracia que ha funcionado siempre mal para ellos(as), pues han sido tramitadas repetidamente poniendo en riesgo sus posibilidades laborales, su atención en los servicios básicos y sobre exponiéndolas a la sospecha de mal cuidado de sus hijos(as). Esto ultimo puede llegar a que discrecionalmente se tomen decisiones de separación frente a las cuales prefieren escapar.

El racismo en Chile se comprueba una vez más en estas situaciones que se suman a tantas otras donde las vidas de las personas migrantes parecen no importar. Las organizaciones migrantes anunciaron lo que sucedería el mes de febrero y entregaron propuestas que nunca fueron respondidas. Dejaron que las situaciones continuaran hasta ahora, faltando poco para las elecciones y donde nuevamente se escucha la voz de este gobierno para anunciar nuevas expulsiones.

Una vez más la utilización política de las personas migrantes aparece avalada por una ciudadanía sobre la cual ha operado el racismo logrando que el castigo permanente sea una norma de estado que se naturaliza cuando refleja el par superior/inferior donde el(a) chileno(a) se siente poderosos y dominante. Luego, explotar a trabajadores migrantes, pero también controlarlos, evaluarlos y vigilarlos son acciones funcionales al racismo y también a la ganancia.

Hoy somos testigos de la eficacia de estas acciones y de la fuerza de estos discursos de odio. Podemos examinarlos y analizarlos a pesar de lo que se ha construidos para nublar la vista y enrarecer lo que ocurre cuando los desplazamientos de personas se producen en todo el globo a causa de las distintas crisis que obligan a partir para buscar sustento en otros lugares.

Hay que ser vigilante porque la tendencia al odio crece cuando crecen las dificultades de las personas para enfrentar la vida; cuando los gobiernos generan políticas destinadas a las poblaciones migrantes a puertas cerradas sin considerar a especialistas de las mismas comunidades ni a quienes hemos trabajado durante años estas temáticas. Y crecen en gobiernos que han evitado mirar su propia historia donde el racismo ha hecho mella. Pensamos que es indispensable detenerse en estos discursos pues ellos generan los crímenes de odio que en este caso se focalizan en las personas migrantes.

Los hechos sucedidos estos días en el norte del país al igual que la huida de personas haitianas hacia estados Unidos dan cuenta de un nacionalismo que condensa los temores y las incertidumbres frente a la vida para instaurar una atmósfera de temor donde la migración surge como amenaza para la prosperidad del país. Es necesario que actuemos junto a quienes son sensibles a estas situaciones porque las personas migrantes corren peligro de una violencia racista que se expresa en distintos flancos.

No es posible que las personas teman vivir en Chile. La vida debe ser posible.

¡Que el racismo no nos divida!

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