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El poder vacío carece de legitimidad democrática. Por Alex Ibarra Peña

La idea de vaciamiento del poder ha venido siendo tratada por el historiador mexicano Lorenzo Meyer quien no muestra un pensamiento tan alternativo, pero en cierto sentido honesto. La honestidad por cierto no es un valor vano y se distingue de cualquier intento de manipulación, una política genuina requiere fundamentarse en la honestidad y apartarse del interés de la dominación, esta simple fórmula robustece la democracia. El «acuerdo constitucional» calificado con razón como infame traiciona la maduración democrática, nuevamente nos revela el mal de la impostura.

En este sentido esa imagen de políticos imposturales sellando un acuerdo cerrado en los márgenes de la clase política que defiende el modelo de los privilegios cabe en la sospecha. El acuerdo constitucional no es una respuesta a la crisis política evidenciada desde octubre 2019, más bien es una nueva oportunidad que favorece a la agenda política de la derecha, de ahí se explica el oportunismo de «los amarillos» que han venido blindando el modelo pinochetista de la dictadura.

La soberanía popular manifestada en el 2019 estuvo a punto de desalojar el Congreso, como púgiles del box salieron de estar entre las cuerdas al borde la lona. La bandera blanca que elevaron fue la convención constitucional que después se apuraron en rechazar. Esto es una traición por donde se le vea. Su sagacidad les llevó al intento de menguar la pérdida del poder tratando de colocar una comisión mixta que les permitiera jugar a favor de ellos. Esa opción de la comisión mixta fue rechazada y se votó con una amplia mayoría por una Nueva Constitución que sería realizada por una convención constitucional que lamentablemente no logró convencer a la mayoría. Hoy el acuerdo propone una comisión mixta que incluye a un grupo de expertos designados por las dos cámaras que además será la que tome las definiciones sustanciales del texto constitucional.

El análisis que quiero proponer va en el sentido de que esto por una parte no fortalece, y por otra se aleja, de la maduración democrática. Es decir, seguiremos en un orden político administrado por un poder vacío carente de legitimidad. Debe quedar claro que esto tienen responsabilidad todos aquellos que validan este acuerdo y sobre todo quienes lo cocinaron, entre estos ningún protagonista con prestigio político y menos con apoyo popular.

Lo más grave es que la derecha sin haber ganado la elección presidencial sigue gobernando y los jóvenes políticos que lograban entusiasmar no han sido capaces de realizar un Gobierno distinto a lo que veníamos viendo en los últimos años, se han hecho parte de larga transición que criticaban aceptando gobernar con ellos, incluso para ellos. Con esto el orden político impuesto por la dictadura queda en un momento propicio para seguir validado por la clase política que se niega a un cierre de la ideología conservadora y neoliberal.

El poder vacío no tiene legitimidad dado que está defendido por una fuerza política impostural y corrupta. Sin embargo, este mal no puede ser erradicado sin la fuerza de un pueblo activo y organizado que pretenda instalar un orden político alternativo. Las sólidas demandas de la ciudadanía se «desvanecen en el aire». La vía institucional sigue favoreciendo a aquellos que no representan la genuina vocación democrática.

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