Una idea se instala como un revoloteo, pero el artista se angustia al pensar si plasmará o no en plenitud toda su forma; así como las escamas de las mariposas reflejan la luz en diversos colores, a medida que envejecen éstas se caen y revelan su transparencia. El mayor miedo es que ese estallido creativo dure como las efímeras, esos insectos acuáticos que viven un solo día.
Vincent Van Gogh recurría a la escritura a través de las cartas que enviaba a su hermano Theo, para contarle sobre su proceso creativo y también cómo convivía con la melancolía y el delirio. La narración nos da a entender cómo procesaba la realidad y lo más importante, cómo atrapaba la luz, para enfocar la belleza del cielo, la cotidianeidad de los hombres y la forma en que extendía el amarillo y el azul, como tiñendo su profunda pena. A pesar de la depresión, el artista fue prolífico. Con el pincel exorcizaba su manía y con la solidez de las letras entregaba esta intimidad a su hermano, a quien le pedía leer para él solo la correspondencia. Los colores del crepúsculo y la inquietante noche estrellada conducen a un laberinto de inquietantes preguntas sobre su técnica, pero en las cartas se transparentaban esos momentos de lucidez cuando explicaba los colores que usaba para retratar las pasiones humanas, sus sensaciones cuando se enamoraba y la tristeza que experimentaba cuando el sopor lo dejaba sin luz.
En cuanto a la redacción de la pasión, no hay nada más difícil que escribir sobre sentimientos sin caer en la cursilería. “Todas las cartas de amor son ridículas. No serían cartas de amor si no fueran ridículas”, versaba Fernando Pessoa. Quien escribe bien, enamora, porque el escritor se transforma en el pirquinero que encuentra oro cuando hace danzar los adjetivos en su justa medida. El desamor con su desgarro ha parido sus mejores letras. Sin embargo, el autor no fluye románticamente. Aunque el escritor tenga esa aura de maldito y bebedor, su trabajo es serio. Si enloqueces de amor no puedes crear. Un profesional escribe todos los días, marca una rutina, al fin y al cabo es un oficio. No hay una musa que se siente todos los días junto al escritorio. En el campo de la neurociencia se ha estudiado qué pasa en el cerebro de los escritores y se determinó que hay una zona denominada área de Broca, donde se produce un diálogo interno, como si se narrase internamente una historia; a diferencia de alguien que no escribe habitualmente, solo tiene imágenes como en una película. Ernest Hemingway comenzaba a escribir temprano y era muy sistemático. Anais Nin revolucionó la narración del deseo, pero desde el autoconocimiento, de la reflexión y la crítica social.
Cuando Brigitte Bardot le pidió al legendario músico francés Serge Gainsbourg que le escribiera la canción más bella de amor, éste trasnochó hasta crear el escandaloso tema: Je t’ aime…moi non plus. Prohibida por el Vaticano, marcó una época gracias a la danza perfecta entre letra y gemidos ¿Pero Gainsbourg fue un genio por crearla en una noche? Más que el frenesí, su rápida composición pasional emanó de una carrera que venía forjando a lo largo de diversos estilos y una larga discografía. Volviendo entonces al párrafo anterior, su área de Broca estaba más que entrenada. El desafío fue encontrar la melodía y las palabras que danzaran como un éxtasis. Y el estímulo nació por las palabras de una mujer que le pidió crear algo jamás escuchado.
La palabra da cuerpo, atrapa los flechazos de la cabeza para que no se diluyan y les da forma.
Mariela López Medrano
Periodista
