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El racismo que Chile no quiere mirar: niñeces migrantes, niñeces indígenas y violencia estructural. Por Carmen Huenchumil Jerez

Hace algunos días, un empresario chileno fue detenido en Brasil tras protagonizar un episodio de insultos racistas y homofóbicos contra trabajadores de un vuelo internacional. En los registros difundidos públicamente, el hombre utiliza expresiones racialmente degradantes hacia personas afrodescendientes, generando indignación pública tanto en Brasil como en Chile. El hecho fue ampliamente condenado por autoridades gubernamentales y rápidamente instalado en la agenda mediática. Sin embargo, más allá de la gravedad del episodio, el caso vuelve a evidenciar una discusión estructural que en Chile continúa siendo persistentemente negada: el racismo no constituye únicamente un comportamiento excepcional o individual. Forma parte de relaciones históricas de poder que organizan jerarquías sociales, producen exclusión y delimitan qué cuerpos son considerados plenamente legítimos dentro del espacio nacional. Y una de las expresiones más invisibilizadas de ese fenómeno ocurre cotidianamente sobre niños, niñas y adolescentes migrantes e indígenas.

En Chile existe una tendencia cultural e institucional a comprender el racismo exclusivamente desde sus formas más explícitas: insultos, agresiones verbales o actos públicamente violentos. Bajo esta lógica, el racismo aparece reducido a hechos extremos, desconectados de las estructuras sociales e institucionales que lo producen y sostienen. Se condena el acto viralizado, pero permanecen invisibilizadas las formas cotidianas, normalizadas y estructurales mediante las cuales el racismo organiza experiencias de infancia, pertenencia y ciudadanía. Actualmente, según cifras de UNICEF e INE, cerca de 200 mil niños, niñas y adolescentes migrantes viven en Chile. A ello se suma que miles de niños y niñas pertenecientes a pueblos indígenas continúan creciendo en contextos marcados por desigualdad territorial, exclusión histórica y violencia estructural. En ambos casos, las trayectorias infantiles se encuentran profundamente atravesadas por procesos de racialización que afectan la vida escolar, comunitaria e institucional.

Diversas investigaciones desarrolladas en Chile muestran que las niñeces migrantes e indígenas experimentan formas recurrentes de discriminación asociadas al color de piel, apellido, acento, lengua, corporalidad, nacionalidad o pertenencia cultural. Estudios sobre convivencia escolar han evidenciado presencia sistemática de burlas, exclusión, hipervigilancia y estigmatización racial hacia estudiantes migrantes afrodescendientes, así como hacia niños y niñas mapuche en distintos contextos educativos.

La escuela, que discursivamente aparece como espacio de inclusión y protección, muchas veces termina reproduciendo jerarquías raciales profundamente naturalizadas dentro de la sociedad chilena. Niños y niñas afrodescendientes relatan comentarios sobre “olor”, cabello o color de piel.

Niños y niñas indígenas, especialmente mapuche, describen experiencias de ridiculización de apellidos, prácticas culturales, formas de hablar o pertenencia territorial.

En muchos casos, las expresiones culturales indígenas continúan siendo tratadas como elementos folclóricos tolerables únicamente dentro de ciertos márgenes institucionales, mientras que las identidades indígenas politizadas o territorializadas son observadas desde sospecha. Esto resulta particularmente evidente en territorios marcados por conflicto histórico entre Estado chileno y pueblo mapuche, donde numerosas niñeces crecen expuestas a militarización, allanamientos, violencia policial y estigmatización mediática. El problema es que gran parte de estas violencias continúan siendo minimizadas institucionalmente bajo categorías como “problemas de convivencia”, “conflictos escolares” o “dificultades de adaptación”. De esta forma, el racismo infantil queda reducido a dinámicas interpersonales, invisibilizando su dimensión estructural e histórica.

Esta invisibilización resulta especialmente grave cuando se analiza desde las trayectorias subjetivas de las niñeces. Porque el racismo no solo produce exclusión material. También impacta profundamente la construcción de identidad, autoestima, pertenencia y reconocimiento social. En contextos migratorios, muchos niños y niñas enfrentan procesos complejos de duelo asociados al desarraigo territorial, la pérdida de vínculos comunitarios y la ruptura de referencias culturales. El duelo migratorio infantil implica reorganizar emocionalmente experiencias de pérdida, incertidumbre y reconstrucción de pertenencia. Sin embargo, cuando esos procesos ocurren en contextos racializados, el duelo adquiere dimensiones aún más complejas. La experiencia migratoria deja de estar marcada únicamente por nostalgia o adaptación cultural y comienza también a estructurarse desde experiencias permanentes de exclusión y sospecha social. Algo similar ocurre con numerosas niñeces indígenas. Aunque no hayan migrado territorialmente, muchas crecen experimentando formas de despojo cultural, negación identitaria y violencia histórica que producen también profundas experiencias de duelo colectivo y comunitario. El racismo hacia pueblos indígenas no opera únicamente mediante discriminación interpersonal, sino también a través de invisibilización cultural, subordinación territorial y negación histórica de sus formas de vida.

Muchos niños y niñas indígenas y migrantes aprenden tempranamente qué cuerpos son considerados legítimos y cuáles aparecen constantemente observados. Aprenden qué apellidos generan orgullo y cuáles provocan burlas. Qué lenguas son reconocidas como valiosas y cuáles deben ocultarse. Qué corporalidades son consideradas “normales” y cuáles son permanentemente marcadas como diferentes. Estas experiencias tienen efectos psicosociales significativos. Diversos estudios muestran que la discriminación racial en infancia se asocia a mayores niveles de ansiedad, retraimiento emocional, afectación de autoestima, estrés crónico y dificultades de integración social. En contextos de exclusión persistente, además, el racismo puede generar fragmentación identitaria y sensación permanente de no pertenencia.

No obstante, las respuestas institucionales en Chile continúan siendo insuficientes para abordar esta complejidad. Las políticas públicas sobre infancia, interculturalidad y protección siguen construyéndose muchas veces desde enfoques monoculturales que no incorporan críticamente la dimensión racial de las desigualdades.

Incluso dentro de dispositivos de protección infantil persisten imaginarios institucionales que asocian determinadas familias indígenas o migrantes con negligencia, desorganización o incapacidad parental. Esto implica que muchas niñeces no solo enfrentan exclusión social, sino también vigilancia institucional diferenciada sobre sus familias, prácticas culturales y formas de crianza.

Chile mantiene una relación históricamente conflictiva con la cuestión racial. Durante décadas predominó el imaginario de un país homogéneo, mestizo y culturalmente uniforme, invisibilizando tanto pueblos indígenas como poblaciones afrodescendientes y migrantes racializadas. Bajo esta narrativa, el racismo suele ser negado porque se asocia exclusivamente a actos extremos de violencia explícita.

Sin embargo, las transformaciones migratorias recientes y las demandas históricas de pueblos indígenas han tensionado profundamente esa autoimagen nacional. Hoy resulta cada vez más evidente que el racismo no constituye una excepción dentro de la sociedad chilena, sino una estructura histórica que organiza relaciones sociales, institucionales y territoriales.

El episodio ocurrido en Brasil no debería servir únicamente para condenar a un individuo. También debería obligarnos a reflexionar sobre las condiciones sociales que permiten que determinados discursos racistas emerjan con tanta naturalidad y violencia. Porque el racismo no nace espontáneamente. Se aprende. Se reproduce en discursos políticos, medios de comunicación, redes sociales, escuelas, instituciones y prácticas cotidianas. Y las niñeces migrantes e indígenas absorben diariamente esas violencias. Avanzar hacia políticas verdaderamente interculturales requiere mucho más que actividades multiculturales simbólicas o discursos abstractos sobre diversidad. Implica reconocer que el racismo constituye una forma estructural de violencia que afecta directamente las trayectorias subjetivas, emocionales y sociales de niños y niñas. También exige comprender que proteger la infancia no puede reducirse únicamente a garantizar acceso formal a servicios básicos. Proteger implica construir espacios sociales donde ninguna niñez deba crecer sintiendo vergüenza de su apellido, de su lengua, de su piel, de su territorio o de su origen. Porque cuando una sociedad normaliza el racismo hacia sus niñeces, no solo vulnera derechos individuales. También reproduce condiciones estructurales de exclusión que erosionan profundamente las posibilidades de convivencia democrática, reconocimiento intercultural y justicia social.

Sobre la autora: Trabajadora Social (UV). Magíster en Educación Inclusiva (UCEN), Magíster © en Educación Intercultural, Gestión y Liderazgo Pedagógico (UMCE). Diplomada en Derechos Humanos, Pueblos Indígenas y Políticas Públicas en América Latina y el Caribe. Directora Consultora psicosocial Küme Mongen Spa. Asesora Técnica, Docente e Investigadora. Creadora de contenido Trabajo Social Intercultural: instagram @carmen.ghj

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