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El retorno del Estado. Por Ángel Saldomando

Las derechas políticas y empresariales vernáculas se han reformateado una nueva identidad, a la de neoliberales agregaron la libertaria, anti estatal y autoritaria, con el pretexto de la seguridad y el orden, el de ellos claro está. Para el resto de la sociedad vulnerabilidad, precariedad e inseguridad en todos los planos de la vida social. En algunos casos esto se ha vuelto estructural, como en el caso de Chile, la experiencia neoliberal más prolongada. En esta versión renovada de las derechas, las privatizaciones y la reducción de lo público, ambos estrechamente asociados, han cobrado nueva fuerza desde las presidencias obtenidas. Con todo el margen de maniobra que ello otorga.

En algunos casos esto es más conflictivo y nocivo dado que existe un sector público más denso e histórico como en Argentina y en otros no hay mucho que privatizar como en Chile. Aun así, se intenta recortar la cobertura social publica, con el sempiterno argumento del déficit público; y se desliza la idea de privatizar el cobre, principal e histórica empresa pública.

Sin embargo, esta renovada acometida privatizadora periférica, parece estar en contradicción con una tendencia opuesta. La ola privatizadora, que se extendió desde los años 80 del siglo pasado hasta el nuevo siglo, mostró su agotamiento. Generalmente se tradujo por la creación de situaciones de monopolio, desigualdad en el acceso y alza de precios, particularmente en los servicios públicos. Tampoco mejoró la pretendida eficiencia, la reducción de la deuda o el déficit público. Más aun, el amplio repertorio de medidas pro empresas: desregulación pública, baja de impuestos, repatriación de ganancias no se tradujeron en aumento de la inversión, el empleo y el desarrollo de proyectos que fortalecieran las economías nacionales. Lo que se generó fue un mercado de servicios públicos privatizados muy segmentados o nichos de mercado y comportamientos corruptos, colusión, desinversión disfrazada, incumplimientos de contratos, aprovechamiento de subsidios etc.

La justificación de la ola privatizadora terminó en desencanto generalizado, como lo reconocieron el propio Banco Mundial y el Fondo Monetario desde 2004, perdieron apoyo en la opinión y los resultados no eran defendibles. La pandemia, las crisis desde el 2008 y una globalización polarizada, mostraron la pérdida de control en sectores estratégicos en las economías centrales, procesos de desindustrialización acompañados de sobre explotación de materias primas, y empobrecimientos de amplios sectores sociales, tanto en las economías del norte como del sur, con algunas pocas excepciones.

El Reino Unido iniciador, exportador y bastión del neoliberalismo tatcheriano sin abandonar el credo se rinde a la evidencia, el estado tiene que retomar la responsabilidad en sectores claves y en otros aumentar la regulación. En 2026 han renacionalizado British Steel privatizado en 1998. También han retomado en diversas proporciones el control en varios sectores, agua, vivienda, transporte, energía. Bélgica e Italia, en las centrales nucleares y la siderurgia. Estados Unidos también acomete agresivas iniciativas de relocalización y control nacional, algo igual ocurre en algunos países de África. Una reciente publicación (2026) “La edad de la confiscación”, escrito por Nicolas Murder, aborda el cambio de tendencia y el papel jugado por las tendencias privatizadoras y el retorno del control estatal.

Este viraje hacia lo estatal es por supuesto muy desigual y sus motivaciones no están vinculados a proyectos socializantes o de redistribución, obedecen a la muy pragmática y realista intención de evitar que los países se desarticulen y se descompongan a un nivel de no retorno o por lo menos critico; con sus evidentes consecuencias sociales y políticas. Una de ellas es justamente el avance de las derechas más extremas. Las tasas de pobreza en Europa comienzan a establecerse por encima del 20% de la población, como en Alemania y Francia. Hasta las socialdemocracias escandinavas en un tiempo pasado muy inclusivas y abiertas se han deslizado hacia un control público más duro.

Nuestras derechas se vuelven duras en lo represivo, pero en el otro plano el económico y social, son privatizadoras y extranjerizantes. Sin proyecto nacional solo buscan ponerse bajo el buen recaudo protector de multinacionales y la potencia dominante. Esta tendencia, histórica en la región, es en realidad una estrategia de dominación subordinada que les permite mantenerla sin correr el riesgo de que los cambios políticos amenacen sus posiciones.

Las políticas opuestas tienen que asumir sin complejos el papel del Estado y lo publico en la articulación de nuevas estrategias económicas y sociales.

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