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El rufián de la plaza. Por Ximena Valdés

En repetidas ocasiones se ha tratado a Piñera de estúpido, imbécil, idiota, tonto. En cierta prensa se lo construyó como objeto de risotadas: el tontito del barrio. Ocupando el escritorio de Obama, entonando una canción nazi en plena Alemania con la culposa sombra que le legó a ese país Hitler, paseándose con el letrero de los 33 mineros y mostrándolo a diestra y siniestra como trofeo personal, y así en adelante entró definitivamente al trono de los desubicados en un tipo de clasificación que lo libera –tratándolo de idiota, etc., etc.- del papel y lugar que detenta y ejerce en nuestra sociedad, no sólo su desagradable persona sino una banda de plutócratas y tecnócratas, que lo incluye, que ejercen un tipo de dominación autoritaria y se encargan, ahora más que nunca cuando estamos todos encerrados y enmudecidos, de acumular sin vergüenza alguna a costas del desplazamiento de los ciudadanos desde la polis y sus espacios públicos, plazas y calles, al silencio del enclaustramiento residencial.

Decía un funcionario de un hospital público que las compras han aumentado el costo de las mascarillas de 200 pesos a 3000 además del aumento del precio de otros insumos hospitalarios. Se hacen “la América” empresarios e importadores expoliando hasta estrujarlo hacia la desaparición completa a la salud pública. Mientras tanto, una serie de filántropos convencen a nuestro acrítico periodismo nacional que son unas buenas gentes pues donarán unos “kits” sanitarios para ayudar a encarar la pandemia y piden que otros también ayuden cual Teletón, para lograr los mismos fines de donación de “kits” con jabon, gel, mascarillas, etc., a una población expuesta al riesgo de contagiarse. A esto se agrega un número de empresarios que entregaron cantidades enormes de dinero para ayudar a la población en riesgo, dinero que sería distribuido a través de organismos privados; para abundar en lo buenas gentes que son estos empresarios, en la reciente Teletón su tradicional organizador casi desmaya al ver la suma entregada por Sutil, presidente de uno de los gremios empresariales más importantes del país.

Realmente pareciera que estamos frente a una filantropía empresarial que aprieta el corazón ante su manifiesto desprendimiento y la bondad de sus acciones e intenciones.

Pero no, al mismo tiempo una enorme cantidad de empresas han despedido a miles de trabajadores para que se las arreglen como puedan con un seguro de desempleo que vamos a ver a cuántos y por cuánto tiempo va a cubrir para que miles de personas no se mueran de hambre.

Quizás la coexistencia de variadas conductas que van desde la acumulación sin freno, los negociados sin control social en medio de una crisis sanitaria sin parangón en la historia reciente, encubierta por una filantropía piadosa pero siempre con una mano en la estrategia de la desposesión de otros (sobre todo de la salud pública) y la otra mano en las obras pías y las bondadosas donaciones a las poblaciones vulnerables. Conocidas y viejas conductas. Queremos decir que clasificar a Piñera como un tonto de capirote u otros adjetivos en uso después de fotografiarse en la plaza del estallido social es eximirlo de las conductas a dos manos de la derecha y el empresariado local, es situarlo ajeno al papel y lugar que desempeña él y el grupo que lo acompaña: responsable de la violencia de estado, del atropello a los derechos humanos, de la caridad empresarial que encubre a un Estado ausente en términos de protecciones sociales al trabajo.

Piñera cuestionado así como su gobierno por una rebelión social inédita en la historia reciente, pudo bajarse de su auto a fotografiarse en la renombrada Plaza de la Dignidad porque estaba solo, porque las fuerzas armadas y policías habían dejado la plaza desnuda y el miedo al virus habían legitimado la desocupación de la ciudad.. Tal acto significó pisotear a un pueblo que, en ese mismo lugar expresó su malestar, su rabia, su deseo de terminar con una sociedad mal edificada. Pero un truhán o un rufián no se revela en esta circunstancia sólo por escenificar el aplastamiento –momentáneo esperemos- de una rebelión social ayudado por esta pandemia mundial. Un rufián es más que el tontito del barrio, el idiota de Harvard, el presidente imbécil que entona canciones nazis en la cuna del holocausto.

Ximena Valdés, CEDEM/Escuela Geografia, Univ. Academia Humanismo Cristiano

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