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El ruido de una democracia cansada. Por Rossana Carrasco Meza

“Ruido de patriotas que se envuelven en banderas Confunden la patria con la sordidez de sus cavernas”

La política chilena parece haber perdido el silencio. Todo ocurre al mismo tiempo: anuncios, conferencias, slogans, polémicas instantáneas y promesas que duran lo que dura una tendencia en redes sociales. La democracia, que alguna vez fue entendida como un espacio de deliberación y conducción colectiva, hoy se asemeja demasiado a una campaña permanente donde lo importante no es necesariamente gobernar, sino mantenerse visible.

En ese clima, la política comienza a vaciarse de espesor. Cada problema exige una respuesta inmediata; cada debate se transforma en disputa comunicacional; cada autoridad parece obligada a producir declaraciones constantes para no desaparecer de escena. La lógica electoral dejó de ser episódica: hoy parece haberse convertido en la forma permanente de ejercer el poder.

Y eso tiene consecuencias más profundas que el simple cansancio ciudadano.

La democracia representativa se sostiene sobre una relación de confianza entre representantes y representados. No basta con elegir autoridades: debe existir la percepción de que quienes gobiernan comprenden la realidad social, interpretan necesidades colectivas y actúan en consecuencia. Pero la campaña permanente altera esa relación. El representante deja de mirar a la ciudadanía como sujeto político y comienza a verla como audiencia. Lo central ya no es conducir procesos complejos, sino administrar atención.

Entonces el anuncio reemplaza a la acción. La consigna reemplaza a la explicación. Y la urgencia comunicacional termina desplazando la responsabilidad política.

Lo más delicado es que este fenómeno erosiona silenciosamente al propio sistema político. Primero, porque desgasta el valor de la palabra pública. Cuando todo se presenta como decisivo, histórico o transformador, las palabras pierden peso. Las promesas se multiplican hasta vaciarse de contenido y el ciudadano comienza a escuchar con distancia, incluso con resignación.

Segundo, porque debilita la capacidad democrática de deliberar. Las sociedades complejas requieren discusión, matices y tiempo. Pero la lógica de campaña castiga precisamente eso: la pausa parece indecisión y la reflexión parece debilidad. Así, el sistema político se vuelve rehén de soluciones simplificadas para problemas que nunca lo son.

Y finalmente, porque se rompe el vínculo más importante de todos: el sentido de representación. La ciudadanía percibe que gran parte de la política ya no está orientada a resolver su experiencia cotidiana, sino a sostener posicionamientos, disputar encuestas o dominar el ciclo noticioso. Mucha comunicación, pero poca conexión. Mucho discurso, pero escasa escucha.

Quizás por eso resuena con tanta fuerza la frase de la canción: “Si se callase el ruido, oirías la lluvia caer” (1) . Hay algo profundamente democrático en esa imagen. Porque gobernar también exige escuchar aquello que no grita, aquello que no cabe en una consigna ni en una cuña de treinta segundos: el malestar silencioso, la desconfianza acumulada, la distancia creciente entre instituciones y ciudadanía.

Y probablemente seguiremos escribiendo y leyendo reflexiones como esta —más aún en los tiempos que corren— mientras la política continúe confundiendo comunicación con representación y visibilidad con conducción. Porque las democracias no suelen agotarse de manera abrupta. A veces simplemente se erosionan en medio del ruido, mientras todos hablan al mismo tiempo y cada vez menos personas sienten que alguien realmente las representa.

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1) “Si se callase el ruido”, canción de Ismael Serrano incluida en Sueños de un hombre despierto, 2007.

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