En kioscos: Noviembre 2020
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

El teatro del absurdo, o como la clase política defiende lo indefendible. Por Hans Schuster

El drama existencial del absurdo, desde hace más de 90 días ha comenzado recorrer físicamente las instituciones, antes parecía ser sólo un fantasma, entre ellas la Moneda, el Congreso y las Cortes, y es que el calentamiento social se inflama o es inflamado cada día a pesar de todos los esfuerzos por creer que son representativos, sin caer en la cuenta regresiva de que lo hagan (Poco como siempre) o digan (Vacío en su sentido más profundo) produce o agranda el efecto de distanciamiento con que la ciudadanía los ve, como personajes caricaturizados del amparo a la corrupción. La defensa de interés propios por sobre el bien común y otras cuantas bagatelas que pasan la cuenta en las encuestas.

A la ciudadanía como buen público del teatro del absurdo le resulta difícil identificarse con toda la galería de personajes de comportamientos tan extraños a la ética y al mismo tiempo tan anormal e hiperbólicos que sólo alteran las situaciones con un lenguaje (del absurdo) que hasta la fecha (ante hechos y decires) se ven paralizados ante un incontestable realismo.

El actual modo de actuar político con esa forma de hablar por hablar explicando lo indefendible, resulta ser cada día más anodino porque la realidad más simple y casera apunta (no como lo hace la policía con sus bombas y balines) al aumento en las pensiones, mejor salud y educación pública y un sin número de otras demandas que ya no aceptan segundas significaciones, ni menos letra chica de ocho años para su implementación y entrada en régimen.

Frente a la composición tradicional y clásica de la política de partidos, como en el teatro tradicional de planteamiento nudo y desenlace, el calentamiento social ve en la política una serie de signos de degradación que hacen poco probable la mantención de las estructuras de progresión aristotélica, se exige en forma reiterativa y circular que los cambios o son profundos o no son.

Tal es así que la soledad política de los políticos esta emparejada a su actual estado de incomunicación (tesis del absurdo) y ante la dificultad de pensar la realidad de otro modo, distinto a lo que estaban acostumbrados, se ven a sí mismos metidos en un callejón sin salida con la primera línea de demandas al frente y mientras no reconsideren su propio porvenir, que cada vez se ve más alejado y ajeno a una intención moral, se van ahogando con sus propios monstruos, como es el rol que le han hecho jugar a la policía (y que al parecer a gran parte de la oficialidad les gusta, desde la dictadura) despojándolos de toda esperanza de aportar hacia la paz social.

La incoherencia de sus monólogos partidistas los lleva a pensar en que la nueva constitución será quien haga los cambios o al menos les permita respirar, sin tanta lacrimógena, eso creen en sus salitas de espera, con reuniones en mesas y comisiones mientras charlan como si entendieran el día a día de cada ciudadano mientras los hacen esperar, los actuales políticos, antes de volver a la nada, por eso llenan la escena con acontecimientos absurdos, repetidos y enlazados a su propia decadencia, mientras la ciudadanía arde, cansada de esperar el fin de su propia situación angustiosa; dejar las deudas para llegar a fin de mes y comer y beber agua en ciudades no contaminadas, sin más zonas de sacrificio cotidiano, por la codicia del club de empresarios que los tienen capturados, ciudadanos y políticos, especialmente éstos últimos, que en los últimos 47 años les hacen leyes a medida, mientras la ciudadanía no ve gestos que le den significado a la vida en todo territorio y ponga fin a sus sufrimientos, pero los políticos profesionales ya no tienen fe en sus reflexiones cristianas, las iglesias católicas y protestantes han aportado su cuota de ignominia a tal punto que sus propias acciones han puesto en tela de juicio sus principios integradores quitándole el sentido a los propios valores que decían representar.

El teatro del absurdo esta presente en la política de los políticos en su forma más radical de angustia y escepticismo, por eso la ciudadanía no les tiene fe, mientras no abandonen sus antiguas formas los palacios de ilusiones (Moneda, Congreso y Cortes de Justicia) se verán cada vez más castigados con el peor de los absurdos al ser ellos mismos los mismos que lo generan y hacen cumplir la ley, para poner fuera de la ley, al margen de toda moral, a aquellos que en su condición de ciudadanos les muestran los espejos del cohecho, el saqueo, la usura legal, y todos los abusos que el modelo les permite porque viven inoculados con el virus de la codicia, mutilados físicamente por el poder que se les fue de las manos ante el absurdo de defender sus propias inmundicias.

Entre tanto la ciudadanía espera el término del teatro de operaciones, porque los ven en escena esperando a Godot y a pesar de ser profesionales en lo suyo (colusiones y otras tropelías) son malos actores, se les ve sobreactuando para no perder sus privilegios, aunque en las encuestas 6, 3 ó 2 aplausos, cuando se encienden las luces del realismo, tardan en ver, hasta el día de hoy, que la sala como sus ideas para salir de la crisis, está vacía, mientras sigue siendo indefendible el abuso contra la dignidad de la ciudadanía. No por nada se ha cambiado de nombre la plaza y parafraseando el verso de Patricio Manns que resuena y resonará hasta que la dignidad se haga costumbre.

Compartir este artículo