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El tercer país avanza: la proyección electoral que dejó la primera vuelta. Por Macarena Vergara Moraga

La primera vuelta volvió a ordenar al país en sus extremos. Jeannette Jara y José Antonio Kast captaron un apoyo más defensivo que entusiasta: sectores de izquierda votaron por frenar retrocesos; parte de la derecha, por contener el desorden y el fantasma del estallido. En ambos casos predominó la lógica del mal menor. Se votó menos por convicción que por evitar que el adversario llegara a La Moneda.

Pero mientras esa polarización ocupaba los titulares, un dato silencioso —y decisivo— se instaló con fuerza: el casi 20% alcanzado por Franco Parisi. Ese tercer lugar no es residual; es la expresión más clara de un electorado que se resiste a votar bajo presión y que busca propuestas que juzga coherentes y viables.

Su trayectoria lo confirma. En 2013 obtuvo cerca del 10% de los votos válidos; en 2021 llegó al 12,8%; hoy bordea el 20%. Con participación obligatoria, su apoyo no se diluyó: se multiplicó. Si se mira el padrón completo, su avance es incluso más nítido, pasando del 4,9% al 6% y luego a cifras cercanas al 16%. Esa evolución revela una base electoral en expansión, reforzada por la consolidación del PDG en el Congreso: de seis a catorce diputados.

Mientras los bloques tradicionales siguen atrapados en un duelo moral entre demandas identitarias y restauración del orden, Parisi se instaló en la economía real: costo de vida, eficiencia estatal, gasto público y modernización fiscal. De ahí destacan propuestas como reducir el IVA en productos esenciales, simplificar impuestos a pymes endeudadas y recortar duplicidades del aparato estatal. Todas con estimaciones de costo y financiamiento explícito.

Ese enfoque técnico recuperó un espacio que antes ocupaba el centro moderado. La antigua Concertación perdió credibilidad y la derecha tradicional se volvió programáticamente difusa. El votante pragmático —más atento al bolsillo que a los símbolos— encontró en Parisi una voz con orden, números y responsabilidad fiscal. Su propuesta de digitalización total del Estado, licencias y permisos en plazos acotados, auditorías permanentes y un Presupuesto Base Cero apunta justamente a ese vacío.

La adhesión a su figura no surge de identidades políticas, sino de expectativas de eficiencia. Conectó con la clase media endeudada, trabajadores agobiados por la burocracia y quienes desean modernización sin experimentos refundacionales. Su idea de una condonación inteligente de intereses —financiada con recuperación de morosidades, no con gasto nuevo— es un ejemplo de ese pragmatismo.

La coherencia también explica su avance. Mientras la derecha promete orden y la izquierda amplía garantías, Parisi fue el único que propuso reducir en 50% la dieta presidencial y los altos sueldos públicos, partiendo por el suyo. No fue un gesto simbólico, sino una señal de gobernar desde el ejemplo. Esa consecuencia —tan escasa en la política chilena— es parte de por qué su base crece: porque la ciudadanía distingue cuando alguien está dispuesto a asumir primero el costo que exige a los demás.

El fenómeno Parisi ya trascendió el resultado inmediato. No es un impulso pasajero, sino una tendencia sostenida que revela la existencia de un tercer país con identidad propia: ciudadanos que no se sienten parte de ninguno de los dos bloques, que votan con independencia, que rechazan la polarización y que exigen gestión antes que ideología. El mensaje de su tercer lugar es claro: un sector significativo del país demanda un liderazgo que privilegie administración responsable por sobre la confrontación.

A la luz de la evolución electoral expuesta —del 10% al 12,8% y hoy cerca del 20%, con un salto aún mayor cuando se observa el padrón completo—, si esa tendencia ascendente se sostiene, esta fuerza seguirá consolidándose como actor estructural del sistema y podría transformarse en la pieza decisiva del próximo ciclo, reconfigurando el mapa político desde un centro pragmático y social que hoy carece de representación efectiva.

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