La emergencia puede ser leída en dos sentidos. Primero como aquello sumergido que “emerge” a una cierta superficie y, luego, en su versión de lo urgente, de lo prioritario a la luz de lo cual no es posible tomar decisiones aleatorias sino sola una. Desde una metáfora médica, por ejemplo, un miembro gangrenado que amenaza con extenderse a otras partes del cuerpo debe ser, sin pensarlo, amputado en orden a favorecer al conjunto. No hay elección ni opciones: derechamente se sacrifica el miembro “podrido” para salvar al resto del cuerpo.
En nuestra contingencia, la prédica de la emergencia, que ha sido la insistencia abierta de José Antonio Kast sobre todo en tiempos de campaña, ciertamente con inéditos resultados en la medida que tuvo, de alguna forma y a pesar de errores y de ser un candidato abiertamente pinochetista (lo que al parecer ya no es un óbice en este país para reflejarse en discursos autoritarios y sostenerlos) la sensibilidad para pesquisar los miedos ciudadanos y transformarlos en canon, en precepto y fábula.
Tal como lo describe el filósofo francés Marc Crépon en su texto La cultura del miedo I: democracia, identidad, seguridad (LOM, 2019), lo que se intensifica es la propagación de la cultura del miedo en la sociedad contemporánea, ya sea por su instrumentación política o por su explotación mediática. El autor plantea que dicha proliferación es una amenaza contra toda democracia, y que su mantenimiento en el cotidiano es una de las estrategias de los regímenes autoritarios para ejercer dominio e influencia sobre la vida de los individuos, valiéndose de los medios de comunicación, las redes sociales, de las policías y el control.
Ahora y para ser “justos”, no diremos que en Chile no hay problemas de crimen organizado o que “el problema” de la migración se ha profundizado –sobre todo para los migrantes mismos que han visto sacudidas sus existencias en un país cuya estructura más profunda tiende a la xenofobia y al racismo–, generando intencionalmente la confusión de que un migrante ilegal que se encuentra trabajando indocumentado es, sin nada que interconecte esta asociación, un miembro de una banda criminal transnacional. Hay migrantes con estatuto legal que pueden vivir y trabajar, otros ilegales que vienen en búsqueda de trabajo y mejores condiciones de vida y, por último (los menos) aquellos que, en complicidad con las organizaciones locales, son –y como ocurre en cualquier parte del mundo– máquinas distribuidoras de delitos.
El nervio del asunto está en que el sermón de la emergencia no va sin el salmo del miedo y es aquí donde recupera toda su potencia de presente, de contexto; y se le faculta la amputación de lo que discrecionalmente se ha definido como lo extraíble y desechable. Este relato ha tenido una caja de resonancia muy intensa en la población, provocando imaginarios, sentidos comunes e, incluso, vergonzosos y furiosos atentados xenófobos como los que han ocurrido en el norte. No es arriesgado, incluso, decir que en Chile lo que se ha venido configurando es una de “sociología de la emergencia”, en tanto se logra articular un inconsciente colectivo (concepto jungiano) y un campo relacional que es extensivo, inseminando subjetividades diversas y colectivizando entonces los temores, los prejuicios y nuestra adherencia de época –“natural”– a los mantras de las ultraderechas en el mundo.
Pero hay algo más, y tiene que ver con la temporalidad de la emergencia. Ésta, primero, debe lograr inocular en la población el ideario de que todo está en profunda crisis; de un país casi en estado terminal, roto, “cayéndose” a pedazos como ha sido el magma discursivo de la ultraderecha (y de la derecha en general, la verdad). Esto abre el umbral para una comprensión de la emergencia como aquella zona temporal que no solo viene a gestionar un presente crítico, sino que ha de sostenerse en el tiempo como “emergencia”. Nadie ha escuchado que Kast o su equipo hayan planteado que después de su gobierno de emergencia se pasará a otro: uno de calma en el que, con todos los miembros putrefactos ya cercenados, el país y sus ciudadanos puedan circular libres de miedo porque la utopía conservadora de la sociedad sin delincuencia, finalmente, alcanzó su horizonte de realización dejando, justo y entonces, de ser utopía. Lo que es imposible.
Mas, y este es todo el punto que persigue esta columna, no se puede sostener a la emergencia en un tiempo prolongado, menos eternizarla; esto sería vivir en un estado de sitio permanente (para siempre “sitiados”); la emergencia es casi una inmanencia acoplada al aquí y al ahora a la cual le va una temporalidad que es, por cierto, la de la emergencia misma.
La emergencia entonces como espacio proverbial que pretende fundar una nueva sociedad es no solo falsa, luego imposible, como ya se ha dicho. Por más que hayan ganado una elección transformando en ritología una cierta ética de la inseguridad, de la antinmigración y la crisis económica –lo que nos puede parecer abyecto, pero es legítimo si nos instalamos en la dimensión procedimental de las democracias liberales que le dan al voto un valor casi, por seguir a Nietzsche, extramoral– la emergencia tiene su tiempo, y éste es el del aquí y el ahora.
Pretender lubricar el futuro con el mismo rosario es un suicidio político: no todo es emergente, ínsito, inmediato. Un gobierno, para serlo, debe saber mirar mucho más allá de la tensa correlación de decires diseñados para la ocasión.
La emergencia posee un tiempo que en el mismo instante que se nombra ya pasó, porque ahí donde se invoca la palabra es necesaria la instantánea respuesta redentora ¿Solucionará Kast y su equipo en menos de un semestre el “fenómeno migratorio”? ¿Podrá hacer crecer al país al 3 o 4 % en menos de 4 años y reducir en miles de millones de dólares el tamaño del Estado? ¿Acabará con la delincuencia para siempre?
Todo esto es retórica de emergencia, por lo mismo vacía, sin proteína ideológica y diseñada como modelo para armar en función de una campaña presidencial. Ahora que la realidad brutal comienza su acoso, veremos, es seguro, pasar de la urgencia de la emergencia a lo moderado-paulatino.
Todo porque no hay discurso político que se origine en la emergencia salvo, por cierto, los autoritarios y esto, sin duda y por supuesto, en un país como el nuestro, es una posibilidad no solamente probable sino que plausible.
Javier Agüero Águila
CFI/Universidad de los Lagos
La emergencia puede ser leída en dos sentidos. Primero como aquello sumergido que “emerge” a una cierta superficie y, luego, en su versión de lo urgente, de lo prioritario a la luz de lo cual no es posible tomar decisiones aleatorias sino sola una. Desde una metáfora médica, por ejemplo, un miembro gangrenado que amenaza con extenderse a otras partes del cuerpo debe ser, sin pensarlo, amputado en orden a favorecer al conjunto. No hay elección ni opciones: derechamente se sacrifica el miembro “podrido” para salvar al resto del cuerpo.
En nuestra contingencia, la prédica de la emergencia, que ha sido la insistencia abierta de José Antonio Kast sobre todo en tiempos de campaña, ciertamente con inéditos resultados en la medida que tuvo, de alguna forma y a pesar de errores y de ser un candidato abiertamente pinochetista (lo que al parecer ya no es un óbice en este país para reflejarse en discursos autoritarios y sostenerlos) la sensibilidad para pesquisar los miedos ciudadanos y transformarlos en canon, en precepto y fábula.
Tal como lo describe el filósofo francés Marc Crépon en su texto La cultura del miedo I: democracia, identidad, seguridad (LOM, 2019), lo que se intensifica es la propagación de la cultura del miedo en la sociedad contemporánea, ya sea por su instrumentación política o por su explotación mediática. El autor plantea que dicha proliferación es una amenaza contra toda democracia, y que su mantenimiento en el cotidiano es una de las estrategias de los regímenes autoritarios para ejercer dominio e influencia sobre la vida de los individuos, valiéndose de los medios de comunicación, las redes sociales, de las policías y el control.
Ahora y para ser “justos”, no diremos que en Chile no hay problemas de crimen organizado o que “el problema” de la migración se ha profundizado –sobre todo para los migrantes mismos que han visto sacudidas sus existencias en un país cuya estructura más profunda tiende a la xenofobia y al racismo–, generando intencionalmente la confusión de que un migrante ilegal que se encuentra trabajando indocumentado es, sin nada que interconecte esta asociación, un miembro de una banda criminal transnacional. Hay migrantes con estatuto legal que pueden vivir y trabajar, otros ilegales que vienen en búsqueda de trabajo y mejores condiciones de vida y, por último (los menos) aquellos que, en complicidad con las organizaciones locales, son –y como ocurre en cualquier parte del mundo– máquinas distribuidoras de delitos.
El nervio del asunto está en que el sermón de la emergencia no va sin el salmo del miedo y es aquí donde recupera toda su potencia de presente, de contexto; y se le faculta la amputación de lo que discrecionalmente se ha definido como lo extraíble y desechable. Este relato ha tenido una caja de resonancia muy intensa en la población, provocando imaginarios, sentidos comunes e, incluso, vergonzosos y furiosos atentados xenófobos como los que han ocurrido en el norte. No es arriesgado, incluso, decir que en Chile lo que se ha venido configurando es una de “sociología de la emergencia”, en tanto se logra articular un inconsciente colectivo (concepto jungiano) y un campo relacional que es extensivo, inseminando subjetividades diversas y colectivizando entonces los temores, los prejuicios y nuestra adherencia de época –“natural”– a los mantras de las ultraderechas en el mundo.
Pero hay algo más, y tiene que ver con la temporalidad de la emergencia. Ésta, primero, debe lograr inocular en la población el ideario de que todo está en profunda crisis; de un país casi en estado terminal, roto, “cayéndose” a pedazos como ha sido el magma discursivo de la ultraderecha (y de la derecha en general, la verdad). Esto abre el umbral para una comprensión de la emergencia como aquella zona temporal que no solo viene a gestionar un presente crítico, sino que ha de sostenerse en el tiempo como “emergencia”. Nadie ha escuchado que Kast o su equipo hayan planteado que después de su gobierno de emergencia se pasará a otro: uno de calma en el que, con todos los miembros putrefactos ya cercenados, el país y sus ciudadanos puedan circular libres de miedo porque la utopía conservadora de la sociedad sin delincuencia, finalmente, alcanzó su horizonte de realización dejando, justo y entonces, de ser utopía. Lo que es imposible.
Mas, y este es todo el punto que persigue esta columna, no se puede sostener a la emergencia en un tiempo prolongado, menos eternizarla; esto sería vivir en un estado de sitio permanente (para siempre “sitiados”); la emergencia es casi una inmanencia acoplada al aquí y al ahora a la cual le va una temporalidad que es, por cierto, la de la emergencia misma.
La emergencia entonces como espacio proverbial que pretende fundar una nueva sociedad es no solo falsa, luego imposible, como ya se ha dicho. Por más que hayan ganado una elección transformando en ritología una cierta ética de la inseguridad, de la antinmigración y la crisis económica –lo que nos puede parecer abyecto, pero es legítimo si nos instalamos en la dimensión procedimental de las democracias liberales que le dan al voto un valor casi, por seguir a Nietzsche, extramoral– la emergencia tiene su tiempo, y éste es el del aquí y el ahora.
Pretender lubricar el futuro con el mismo rosario es un suicidio político: no todo es emergente, ínsito, inmediato. Un gobierno, para serlo, debe saber mirar mucho más allá de la tensa correlación de decires diseñados para la ocasión.
La emergencia posee un tiempo que en el mismo instante que se nombra ya pasó, porque ahí donde se invoca la palabra es necesaria la instantánea respuesta redentora ¿Solucionará Kast y su equipo en menos de un semestre el “fenómeno migratorio”? ¿Podrá hacer crecer al país al 3 o 4 % en menos de 4 años y reducir en miles de millones de dólares el tamaño del Estado? ¿Acabará con la delincuencia para siempre?
Todo esto es retórica de emergencia, por lo mismo vacía, sin proteína ideológica y diseñada como modelo para armar en función de una campaña presidencial. Ahora que la realidad brutal comienza su acoso, veremos, es seguro, pasar de la urgencia de la emergencia a lo moderado-paulatino.
Todo porque no hay discurso político que se origine en la emergencia salvo, por cierto, los autoritarios y esto, sin duda y por supuesto, en un país como el nuestro, es una posibilidad no solamente probable sino que plausible.
Javier Agüero Águila
CFI/Universidad de los Lagos
