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El triunfo de la esperanza. Por Mario Vega H.

    La reciente elección del candidato de Apruebo Dignidad, Gabriel Boric como Presidente de la República el pasado domingo 19 ha otorgado, sin dudas, un renovado aire a la política chilena. Lo anterior, no solo por la contundente mayoría obtenida (55,87%)[1] celebrada con multitudinarias manifestaciones de apoyo en todo el país, especialmente en Santiago, región en donde su postulación obtuvo un 60,33%[2] de las preferencias poniendo término a un extenso ciclo electoral iniciado con el plebiscito constitucional del 25 octubre 2020, configurando un panorama inadvertido hace cuatro años atrás. Con claridad el desafío asumido por Gabriel Boric es de históricas dimensiones y debe estar unido a la urgente necesidad de abordar las desigualdades de carácter estructural existentes en nuestra sociedad que originaron la crisis que desencadenó el Estallido Social de octubre de 2019, para nada resueltos e incluso agudizados por los efectos de la pandemia. Este trance, no obstante, implica además asumir el compromiso ético de establecer la verdad, justicia y garantías de no repetición respecto de las violaciones a los Derechos Humanos perpetradas durante el gobierno de Sebastián Piñera.

      Tal como ha sido común durante los últimos años, las multitudinarias manifestaciones no pudieron estar ausentes, esta vez para celebrar el triunfo de Gabriel Boric en las grandes ciudades del país, especialmente en Santiago en donde se instaló un gran escenario que permitió otorgar relevancia a este encuentro entre la multitud y el candidato vencedor que encabezará un proyecto político de amplio alcance transformador. Sin lugar a dudas, este no fue un acto casual pues, buscaba no solo dar cuenta de la mayoritaria adhesión ciudadana que despertó su postulación, sino asimismo destacar la capacidad de movilización que su plataforma electoral es capaz de articular, asunto que revistió un rol clave, por ejemplo, en la etapa final de la campaña de segunda vuelta.

      Ello sin duda, forma parte del capital con que contará el gobierno entrante, más allá de los indispensables diálogos que permitan la aprobación en el Congreso Nacional de las iniciativas legales necesarias para la plena implementación de su programa de gobierno, hecho que podría tener repercusiones sobre la composición del futuro gobierno o si, más bien se opta por la construcción de un horizonte de apoyo crítico con los partidos de centroizquierda a fin de lograr respaldo para la materialización de aquellos aspectos fundamentales de su programa.

Otra interrogante, dice relación con el rol político de la multitud, transformada en los últimos años en un actor de primer orden. Cabe entonces la pregunta acerca de si esta será convocada por el ejecutivo, si formará parte del activo político que este es capaz de articular en función de sus objetivos de transformación estructural que aspira concretar en nuestro país. Es decir, si adquiere si el futuro gobierno asume un carácter populista entendido este como una estrategia para instalar un antagonismo discursivo en contra del neoliberalismo. Ello no significa establecer una sinonimia con la idea de demagogia, sino tal como han señalado Laclau y Mouffe[3], la construcción de una práctica política que configure un agonismo de carácter antineoliberal a través de la convergencia de las multitudes y de sus demandas en un discurso común, en, que desemboque en un horizonte de alcance mayor capaz de aglutinar significados contra del sistema económico hegemónico, sindicando en su reemplazo la única alternativa posible. Esta posibilidad, podría estar ligada a aquello que Zelasnik ha denominado como “narrativa fundacional”[4] destinada a establecer un efecto de frontera entre una situación previa, marcada por la crisis deriva del agotamiento y los estragos causados por del modelo vigente, con la consiguiente sensación de abuso y de desamparo por parte de la ciudadanía y un nuevo proceso que anticipe el advenimiento de un Estado Social de Derecho.

      Otra interesante perspectiva, es la que se abre a partir de la definición de las bases de apoyo del nuevo gobierno, es decir, si esta se circunscribirá solo a los partidos de Apruebo Dignidad más aquellos que ofrezcan su colaboración al nuevo gobierno o, definitivamente, si se incorporan con algún grado de representación, líderes provenidos desde organizaciones sociales, ambientales y colegios profesionales que adhirieron de manera pública a su programa. Esta fórmula, que, si bien tiene algunos precedentes en nuestra historia, resulta interesante a fin de adicionar capital político mediante la legitimidad de personalidades identificadas con reivindicaciones sectoriales cuya experiencia se trasladaría al ejercicio de funciones dentro del aparato público, representando, de alguna manera, la propia trayectoria del presidente electo y de la generación de dirigentes de la que él forma parte. Lo anterior, puede ser observado, no solo como un mecanismo para generar nuevos equilibrios de naturaleza electoral, sino también, simboliza el establecimiento de una nueva forma de relación con la ciudadanía, que permitan superar la crisis de representación que afecta a partidos e instituciones, en especial, a partir del escenario abierto tras el 18 de octubre de 2019 y ejemplificada en el elevado rechazo hacia la gestión del actual gobierno y que explica en buena medida su derrota electoral en las urnas.

      Aunque parezca un juicio subjetivo, parece ser que, tras el resultado electoral, el debate público hubiera retornado a la normalidad lejos de la atmósfera de polarización que marcó la campaña, especialmente durante la segunda vuelta presidencial a través del amenazante tono de las propuestas levantadas por la extrema derecha en torno a la limitación de las libertades individuales y públicas, los derechos de las mujeres, así como la posibilidad de un eventual indulto a los condenados en el penal de Punta Peuco por crímenes de lesa humanidad, remitiendo la discusión de manera reiterada a cuestionar aquello que es básico en una sociedad democrática como la dignidad de las personas, la igualdad y justicia. Fue justamente la existencia de este dramático clivaje el elemento que movilizó a millones de electores, guiados no solo por su convicción por un proyecto de futuro, asimismo también en que se hacía indispensable contener el avance de una opción que podía poner bajo serio riesgo, preciadas conquistas como la propia Convención Constituyente. Todo hace pensar que estamos ante un nuevo comienzo en la construcción de confianzas, de esperanzas y renovadas formas de vincular las demandas ciudadanas con políticas estatales transformadoras en un ciclo del que ya se advierten complejidades y expectativas.    


[1] https://preliminares.servelelecciones.cl/

[2] Ibídem.

[3] Laclau, Ernesto. La razón populista. México: Fondo de Cultura Económica, 2012; Chantal Mouffe, Política y pasiones. El papel de los afectos en la perspectiva agonista. Valparaíso: Ediciones de la Universidad de Valparaíso, 2016.

[4] Bermúdez, Nicolás. La construcción kirchnerista de la memoria en Linguagem em (Dis)curso – LemD, Tubarão, SC, v. 15, n. 2, p. 229-247, maio/ago. 2015, p.5.

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