Vivimos en tiempos de un esplendor legislativo envidiable. La rimbombante "megarreforma" y la flamante agenda de seguridad han descendido de las alturas del poder para salvar a la ciudadanía y llenar de beneficios al pueblo chileno... o, al menos, eso es lo que dictan los comunicados de prensa. Sin embargo, al observar de cerca los regalos que nos deja esta generosa administración, la realidad parece tener un sentido del humor bastante retorcido.
La Megarreforma: Un Abrazo Fraterno al Gran Capital
¿Qué beneficios reales le deja al ciudadano de a pie la cacareada megarreforma? Principalmente, la inmensa tranquilidad espiritual de saber que, en el fondo, es una reforma tributaria diseñada para dejar en un pie inmejorable al gran capital y a la gran empresa. Es verdaderamente conmovedor ver cómo se protege a quienes menos lo necesitan bajo la bandera del progreso.
Mientras tanto, la compensación planteada a los municipios es una joya de la mezquindad presupuestaria. Es sencillamente mala porque opera bajo la lógica de la delegación sin billetera: se les arrojan responsabilidades y cargas operativas astronómicas con un sencillo de cambio, perpetuando un centralismo donde se asume, mágicamente, que los alcaldes pueden multiplicar los panes y los peces sin financiamiento estructural real.
La Agenda de Seguridad: El Arte del Reciclaje y la Redundancia
Y luego tenemos el plato fuerte: la agenda de seguridad. Cabe preguntarse, con total ingenuidad, ¿se toman en cuenta los principios constitucionales en este festival punitivo? ¿Hay siquiera mérito constitucional en la famosa agenda? La respuesta palidece ante un hecho mucho más cómico: su absoluta redundancia jurídica. Nos presentan como el pináculo de la innovación un paquete de medidas donde al menos 18 iniciativas ya dormían el sueño de los justos en el Congreso.
El gobierno se llena la boca anunciando que ahora sí se atacará al crimen organizado y al terrorismo. ¿Qué quieren decir con esto? Al parecer, su gran estrategia maestra consiste en ejecutar lo que ya había dejado empapelado el gobierno anterior.
Las omisiones de esta agenda son dignas de estudio. Falta por completo una dimensión de prevención enfocada en niños y jóvenes; total, el futuro se arreglará solo con más cárceles. Nada dicen sobre el hecho evidente de que los cupos de Carabineros son dramáticamente insuficientes. En lugar de ampliar la dotación policial de manera seria, prefieren que los actuales funcionarios se clonen. ¿Y qué harán con la inteligencia económica para seguirle la pista al dinero sucio? Absolutamente nada. Silencio de radio.
Militares, Tránsito y Migrantes: Soluciones de Tómbola
Como la creatividad no tiene límites, la solución estrella es poner a los militares a colaborar con la policía. Es una idea brillante obligar a fuerzas cuya vocación y entrenamiento es la guerra a operar bajo parámetros policiales que les son totalmente ajenos. Nada puede salir mal.
A la par, es de darles un Premio Nacional de Jurisprudencia por la brillante idea de tipificar el bloqueo de tránsito como delito. Y el trato a los migrantes es otra muestra de eficiencia: la gran política de Estado consiste en detenerlos para dejarlos pudriéndose meses enteros en una sala de espera, aguardando a que un tribunal —ya colapsado— decida su destino.
Los Indultos y la Clase Magistral del Presidente
Llegamos así al clímax republicano: la saga de los indultos. Podríamos debatir largamente si fue impropio cómo se llegó a condenar a los carabineros en primer lugar. Pero lo verdaderamente inolvidable fue nuestro Presidente impartiendo cátedra. No solo cometió el sutil desatino de pasarse por alto la separación de los tres poderes del Estado al comentar un fallo judicial por la prensa, sino que, en un giro de ironía poética, terminó cometiendo un atropello en contra de los derechos humanos en pleno Chile. Por supuesto, la manera en que opinó José Antonio Kast sobre todo el asunto no fue más que un doloroso y oportunista eco en medio de este teatro del absurdo.
El Circo Partidista y la Tarea de la Oposición
Para coronar esta obra maestra, miremos a los arquitectos y comparsas. Los partidos que "acompañan al gobierno" (y a la política en general), si nombramos a colectividades como el PDG o alusiones al PNL, demuestran ser gigantes de la "política de Estado". Son paupérrimos. Su profundidad ideológica se resume en "escuchar el corazón" y exigir con vehemencia un feriado más en septiembre. La conjunción entre necesidad y posibilidad les resulta una ecuación indescifrable.
Por otro lado, para no mencionar a los republicanos que orbitan o están insertos en el poder, a quienes solo les importa capturar el gobierno y el Congreso para dirigir a la masa humana desde el púlpito de su moralidad. Todo esto con la ayuda indispensable de partidos "de enganche" como la UDI, cuya única pulsión vital es participar del festín del gobierno y mantener, cueste lo que cueste, su cuota de parlamentarios.
Ante este desfile de proezas reaccionarias, los partidos de oposición —algunos con una larguísima trayectoria en la geografía política chilena— no pueden seguir durmiendo la siesta. Deben, desde ya, concordar ideológicamente un quehacer real. Necesitan articular un programa contundente que los identifique inequívocamente como progresistas, para hacer frente, de una vez por todas, a las posturas retrógradas y reaccionarias de la derecha. Porque si van a enfrentarse a esta maquinaria de "genialidades", van a necesitar algo más que comunicados de prensa escandalizados.
