Tras el plebiscito de 1988, que representó el comienzo del fin de la dictadura, recuerdo haber visto —aun siendo niño— una caricatura publicada en un diario norteamericano. En ella, la derrota de Pinochet era representada por dos caballeros medievales, vestidos con espadas, escudos y cotas de malla, quienes, tras matar a un dragón identificado como el régimen chileno, se preguntaban: ¿Ahora qué?
Casi cuarenta años después, me surge la misma pregunta ante el triunfo de José Antonio Kast en la elección presidencial. Queda la sensación de una victoria desprovista de un plan de trabajo definido, de una línea pragmática o de un respaldo estructural claro. Persiste el rezago de una premisa difuminada en el “ganar por ganar”, centrando sus dardos en el desempeño de quienes le entregarán la administración del Estado en 2026. Una suerte de ideario barros luscano, donde se plantea un programa, pero de ninguna manera cómo concretarlo.
Nadie conoce tampoco con exactitud ni certeza quiénes acompañarán a Kast en su ingreso a La Moneda. A diferencia de los dos mandatos que lo precedieron, donde ya durante las campañas se evidenciaba la fisonomía de sus colaboradores —como ocurrió con Camila Vallejo y Giorgio Jackson, quienes no fueron a la reelección parlamentaria para asumir potenciales ministerios, o con el fallecido expresidente Sebastián Piñera, quien recurrió a “viejos conocidos” en su segundo mandato en 2018—, hoy ese elenco permanece difuso.
Si nos trasladamos al Congreso Nacional, tampoco está claro que la bancada republicana —en teoría su punta de lanza legislativa— se pliegue de manera absoluta a los intereses del Ejecutivo, a raíz de antiguas heridas derivadas del personalismo de Kast. Así lo denunciaron en su momento la diputada Gloria Naveillan y el senador Rojo Edwards, ambos actualmente fuera del comité parlamentario tras ácidas críticas a quien hasta entonces era su líder natural. Sin mayoría en ambas cámaras, Kast seguramente —si se me permite una simbología cinéfila— se cubrirá con el manto del Emperador de Star Wars, atrayendo a personajes provenientes del PDG, donde el parlamentario electo Javier Olivares podría quizás ser el primer seguidor de su “Fuerza”.
Tampoco puede darse por descontado el respaldo de las tiendas de Chile Vamos. Renovación Nacional, y especialmente la UDI, aún guardan rencor por el trato del abanderado a Evelyn Matthei durante la campaña, particularmente en el bochornoso episodio de los bots. Sería, creo, un error garrafal que aquel sector de la derecha que ha logrado liberarse —gracias al avance generacional— del estigma de la Dictadura, retroceda casi cincuenta años de evolución política.
En suma, Kast saborea hoy una victoria pírrica, tal como el general de Epiro frente a los romanos en el 280 a. C., rodeado de huestes ausentes y heridas abiertas. Una soledad del poder que susurra conceptos tan ambiguos como preocupantes, al hablar de un “gobierno de emergencia”, rememorando épocas oscuras en que se acuñaban —y se aplicaban severamente— ideas como los “gobiernos de reconstrucción nacional”, a sangre y fuego. Más alarmante aún, este sería el primer jefe de Estado de la derecha pura y dura desde el retorno a la democracia, puesto que Piñera, independientemente de su coalición, surgió de un genoma DC literalmente desde la cuna.
Un último apunte sobre Jeannette Jara. Sin duda, el capital político en torno a su figura no puede ser desdeñado, sobre todo en medio de una coalición gravemente herida, donde algunos de sus componentes incluso agonizan bajo el escrutinio exhaustivo del Servel para determinar su continuidad electoral. Coincido con la exabanderada en que, en un futuro mediato, debe proyectar transversalidad y esperanza al progresismo, y no sumirse en el limbo de la burocracia partidista: la misma que confabuló en gran medida para que no se impusiera en las urnas el pasado domingo. Es tiempo de reflexiones, autocríticas y responsabilidades, levantando los cimientos de un legado cuya real dimensión será determinada tanto por la historia como por la gestión de José Antonio Kast al conducir el país durante los próximos cuatro años.
Rafael Martínez Lozano
Periodista y Comunicador Social
