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El valor patrimonial del vino chileno: “expresión de los ríos”. Por Alex Ibarra Peña

Nuestro Valle Central es generoso para la producción de vinos, atravesado por múltiples ríos que van desde la mítica cordillera de Los Andes hasta el mar Pacífico. Estas aguas son fundamentales para el cultivo de la tierra y sus frutos. En Chile desde la Colonia temprana, es decir a finales del siglo XVI, se producen vinos y en este período una gran empresa vitivinícola fue la Congregación religiosa de los Jesuitas, incluso algunos les atribuyen la invención del llamado “pajarete”.

La producción de los mostos es una actividad que en nuestro país se ha convertido en una tradición que adquiere valor patrimonial. Desde la producción rudimentaria hasta creaciones altamente virtuosas reconocidas en todo el mundo. Viña Maquis es uno de aquellos testimonios que engrandecen el respeto internacional al vino chileno por su robusta calidad y su compromiso con el buen beber sustentable. Esta viña, es parte del hermoso Valle de Colchagua ahí en la localidad de La Palmilla. Tierras que se dedicaron al cultivo del vino, al menos hace trecientos años, por los Jesuitas y durante el siglo XIX por las familias de dos Presidentes de Chile miembros del Partido Liberal de esa época, a saber, Federico Errázuriz Zañartu y Federico Errázuriz Echaurren.

Al inicio de la segunda década del siglo XX Viña Maquis fue adquirida por la familia Hurtado. Entre 1926-1927 el ingeniero Ignacio Hurtado construye la primera bodega familiar la cual está llegando a su centenaria existencia, dado que ésta sigue vigente conviviendo con los métodos de producción actuales que han marcado el tránsito hacia los métodos que incorporan las nuevas tecnologías. Hoy la viña posee un exigente equipo liderado por el agrónomo y enólogo Ricardo Rivadeneira Hurtado formado profesionalmente en Londres y en Santiago, con experiencia de vino cultor en Francia y Estados Unidos. Esta representación de una nueva generación ha sido fiel al logro alcanzado por las generaciones anteriores que le dan el reconocimiento innegable que la viña posee constituyendo su tradición.

La privilegiada ubicación en un delta entre el río Tinguiririca y el estero Chimbarongo le han dado una identidad propia a esta tierra que convive con la bondad de las gravas que actúan como fertilizadoras naturales en ese misterioso proceso que tributa a un bondadoso producto digno para la elevación del espíritu, parafraseando a Lutero: “El vino es obra de los Dioses”, tal vez por bendición lo heredamos; y por sabiduría están quienes mantienen y perfeccionan este complejo acto creativo como bien queda de manifiesto en el ensamblaje “Lien” que es una de las joyitas más queridas en el seno de esta familia.

En una película del nuevo cine chileno titulada “La tierra prometida”, encontramos una buena metáfora que en algún sentido refleja el cariño familiar, con el cual se le ha querido a esta tierra, la cual en su relación amorosa con el torrente de los ríos, generando el nacimiento de excelentes vinos para esos ritos de convivencia que elevan el espíritu y que alegran el corazón, porque los seres humano no sólo de pan vivimos. También nos alimentamos del verbo que es el fundamento de nuestra historia que produce cultura para engrandecernos a nosotros mismos, es ese el patrimonio que también nos pertenece, digno es el acto de brindar cuando las miradas se encuentran en la complicidad genuina en busca de ser lo que somos.

Alex Ibarra Peña.

Dr. En Estudios Americanos.

@apatrimoniovivo_alexibarra

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