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El vertedero de todos los miedos: camaleonismo político para que nada se mueva. Por Rossana Carrasco Meza

En tiempos de incertidumbre, algunos reciclan el miedo para convertirlo en certeza. Desde las izquierdas —diversas, fragmentadas, a veces en disputa entre sí, pero unidas en la convicción de que la democracia debe ensancharse y no encogerse— se debe estar observando con atención el reacomodo de ciertos sectores en torno a la candidatura de José Kast. Más que un fenómeno electoral puntual, lo que emerge es un reordenamiento cultural profundo, casi un instinto de conservación de quienes sienten que los cambios les rozan demasiado cerca.

La escena se parece a un relleno sanitario de discursos, donde viejas certezas se depositan sin clasificación alguna: temores a la inseguridad, nostalgias del pasado, resentimientos hacia transformaciones culturales y la eterna idea de que el orden es sinónimo de jerarquías inmutables. Todo se mezcla en una misma montaña de materiales inflamables. Allí, voces que hace poco se enfrentaban hoy se reconcilian sin mayor pudor; otras que parecían sólidas se derrumban para volver a ensamblarse según la conveniencia del momento. Son gemelos de una misma bazofia política, unidos por una ansiedad compartida ante lo que no controlan.

Lo que sorprende no es que Kast concentre ese malestar, sino que se haya convertido en un símbolo de reciclaje de certezas. No ofrece un proyecto transformador, sino un refugio emocional para sectores que sienten que el país se les volvió demasiado diverso, demasiado impredecible, demasiado democrático para su gusto. Es un liderazgo que opera menos como propuesta y más como contenedor: allí se depositan frustraciones que nunca fueron procesadas, jerarquías que creyeron eternas y disputas culturales que algunos prefieren resolver a punta de nostalgia.

Desde las izquierdas, este fenómeno revela algo más profundo que una coyuntura. Habla de un país que ha dejado sin respuesta ciertas ansiedades sociales, permitiendo que discursos simplificados capturen lo que debería ser parte de un debate más complejo. Y también nos interpela: durante años se ha diagnosticado la desigualdad, la precariedad, la falta de participación; pero se ha descuidado la dimensión afectiva del cambio, ese territorio donde la política se vuelve identidad, miedo, pertenencia o pérdida.

El camaleonismo que hoy rodea a Kast no es nuevo; es fruto de un ecosistema político donde una parte del país prefiere cambiar de color antes que cambiar de estructura. Allí caben conservadores tradicionales, sectores económicos reacios a cualquier redistribución, grupos culturales incómodos con la pluralidad, e incluso actores que se dicen liberales pero que, al final, ajustan su “tono” según la incomodidad que les provoca la apertura democrática. El color cambia, pero el fondo es el mismo.

Las izquierdas no pueden limitarse a indignarse ante este reciclaje. El desafío no es solo disputarle el relato al orden, sino construir uno capaz de enfrentar esa mezcla de temores y certezas sin caer en simplificaciones. Es necesario volver a instalar que la seguridad no se contrapone a la justicia, que la libertad no se reduce a la autoridad, que la cohesión social no se construye retrocediendo hacia un país homogéneo que nunca existió.

Porque si no se ofrece una alternativa sólida —política, cultural y emocional— otros seguirán haciendo lo que hoy hacen con soltura: convertir el vertedero de frustraciones en plataforma política.

Las izquierdas no deben mirar este fenómeno desde la distancia: lo deben leer como un llamado a hacerse cargo del país que somos y del país que aún no logramos construir. Y también como una advertencia: cuando las certezas reaccionarias se reciclan, lo hacen con una capacidad de adhesión que nunca debe subestimarse.

Y así, con estas tensiones sobre la mesa y con un país oscilando entre el miedo y la esperanza, se nos viene encima la segunda vuelta prevista para el día 14 de este mes, un hito que pondrá a prueba no solo a las candidaturas, sino al tejido democrático que pretendemos defender.

Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile

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