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El vino chileno: entre el modernismo y el criollismo. Por Alex Ibarra Peña

Actualmente existe un diagnóstico crítico en torno al mercado del vino, poco a poco se ha ido reconociendo este fenómeno que es mundial y habiendo en Chile una realidad que no presenta una excepción. Esta cuestión podría marcar un ánimo negativo a la actividad con el abandono de esta producción que podríamos señalar como tradicional en nuestra historia de los quehaceres testimoniadas por distintas prácticas culturales que han aportado visiones significativas para la construcción de un relato que todavía requiere ser pensado.

Los relatos más difundidos en torno al vino chileno tienden a ser parte del proceso modernización cultural que fue seducida por concepciones paradigmáticas de la europa francesa. El influjo francés dio protagonismo a la migración de enólogos y viticultores proveniente de ese país que fueron imponiendo un relevamiento de cepas más conocidas por éstos dado su lugar de procedencia. La influencia fue de tal magnitud que determinó cierta forma en torno a una formación del “gusto” y de los hábitos relacionado al consumo, cuestión que trajo algunos beneficios para la industria del vino determinando algunos mitos existentes hasta nuestros días y que tienen un germen inicial desde la segunda década del siglo XIX.

Reducir la historia del vino exclusivamente a este desarrollo es limitado dado que ignora toda una historia anterior arrastrada desde la Colonia periodo en el que los viñedos poco empiezan a inundar el territorio. La vid fue así haciéndose parte de nuestro paisaje cultural desde mar a cordillera, como lo relata José Donoso en algunos fragmentos literarios de “El lugar sin límites” de 1966 o como lo ha notado Juan Rivano en un importante libro de filosofía de la cultura chilena, escrito en los primeros años de la década del ochenta titulado “El largo contrapunto”. Para el relato del vino en Chile es necesario abrir la mirada a productos culturales que pueden alojar formas mucho más expresivas que las que nos aporta la historia. Los relatos acerca del vino se ven enriquecidos con miradas culturales amplias capaces de revisar la notable presencia cultural existente en distintas formas de expresiones (poesía, novela, pintura, música, comida, filosofía, artesanías, cine, etc.).

Considerando elementos culturales que nos podrían parecer más novedosos se puede observar una tendencia criollista que pone en tensión esa visión más modernista que sigue determinando hábitos y mitos no tan significativos ni tan representativos. Parte de la revolución chilena existente, en el orden mundial, ha sido relevante desde ambas visiones. Desde el modernismo se creó una renovación a partir de la imagen del redescubrimiento del Carmenere, cuestión que sigue vigente para varios productores que valoraron la vía de la “renovación” francesa, fuertemente cultivada en los valles centrales y relacionada a la gran industria. Hoy con menos publicidad, aunque con mucha fuerza colectiva de pequeños productores, comienza la recuperación de las cepas criollas, entre las cuales son emblemáticas la País, por ejemplo en el Maule, y la Cinsault, por ejemplo en Itata. Varias cepas más se empiezan a considerar desde esta perspectiva de rescate San Francisco, Carignan, Corinto, Semillón, etc.

Además de la valorización de las cepas criollas se va dando un desarrollo viticultor y enológico que recupera ciertas prácticas más tradicionales en la elaboración junto a convicciones fundamentales con un sentido agroecológico más profundo, marcando una diferenciación del desarrollo modernista propio de la industria. Así el criollismo comienza a ser una alternativa productiva que logra romper la hegemonía del mercado. Este movimiento chileno no sólo determina un cambio local sino que también comienza a ser valorizada en otros países. Hace poco el filósofo belga Laurent de Sutter, autor del libro “L’art de l’ivresse”, excelente contertulio, dialogando, comiendo y bebiendo, señalaba que la tendencia mundial del vino natural, respetada por ejemplo en Francia, está marcada desde la experiencia chilena, mientras recorríamos bares en lo que pudimos disfrutar de vinos campesinos y de autor en José Ramón 277, Dama Juana, Les Dix Vins, y Cerros de Chena, entre otros.

Tenemos entonces la presencia de esta tensión entre el modernismo y el criollismo que encuentra fundamento considerando el derrotero de nuestra historia. Sin embargo, esta presentación esquemática y simplificadora, puede que no sea suficiente. Es problemático asumir una historia cultural del vino si es que sólo observamos el orden de las procedencias de la vid y de la asimilación de prácticas colonizadoras. Esto puede ser injusto para la comprensión de un relato más auténtico, cuestión sobre la cual no nos hemos hecho cargo, un quiebre más revolucionario podría sustentarse en una comprensión más liberada del relato hegemómico. Una tarea que está pendiente, que sólo se queda en la condición de posibilidad para nuevos relatos, requiere de un mayor grado de concientización sobre el valor cultural del vino en Chile, cuestión que puede ser tarea inhóspita, sin embargo, necesaria. La perspectiva que presumo tiene un fuerte arraigo en esos movimientos culturales que cada cierto tiempo proponen una reoriginalización de la cultura, ante todo el vino es parte de nuestra cultura nacional sin exclusión de lo popular.

Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra

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