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El voto Parisi y los cuervos que la izquierda se niega a reconocer. Por Rossana Carrasco Meza

Desde que se publicaron los resultados, la política repite, como un eco cansado, el “fenómeno Parisi”. Pero ya basta de enumerar cifras como si fueran autoexplicativas. Ese análisis está agotado. Lo que falta no es información, sino coraje político para leer lo que esas cifras están diciendo hoy —y lo que vienen diciendo hace años— sin filtros complacientes.

Tomemos solo lo esencial: Parisi ganó las cuatro regiones del norte con porcentajes que rondan el 30–35%, obtuvo una votación significativa en comunas grandes y triunfó en 65 de ellas, superando en varias el 40%. No es un dato técnico: es un cambio estructural del electorado, uno que la izquierda lleva por lo menos una década evitando mirar.

Y aquí Monterroso tiene algo que decir. En su fábula “Los Cuervos bien criados” , el criador se sorprende al ver que los cuervos —perfectamente cuidados, alimentados, educados— ya no le sacan los ojos a él, sino a los visitantes que repiten clichés sobre lo que los cuervos “deberían ser”.

La política chilena hizo lo mismo: formó un electorado en medio de desigualdad, endeudamiento, precariedad urbana, promesas incumplidas y un Estado lento. Pero cuando esos ciudadanos votan fuera del libreto, la reacción no es introspección, sino molestia; no es escucha, sino distancia moral.

Los cuervos de Monterroso no atacan a su criador: atacan a los que insisten en decirles cómo deben comportarse.

Ese es el votante Parisi. No está negado a la política. Está negado a la política que lo mira desde arriba, que lo sermonea, que le habla en categorías del siglo pasado. Es un votante que la izquierda creyó “propio” y que hoy simplemente dejó de obedecer ese guion.

La segunda vuelta del 14 de diciembre no se definirá por alianzas, comunicados ni gestos simbólicos. Se definirá por la capacidad de entender qué está diciendo este voto y qué está exigiendo. Y la izquierda, si quiere competir, debe romper el reflejo defensivo y atreverse a mirar el espejo incómodo:

1. Que el modelo de desarrollo del norte ya no sostiene expectativas: produce riqueza extractiva en la cima mientras deja inestabilidad, servicios colapsados y vidas en modo supervivencia en la base.

2. Que las grandes comunas urbanas viven en modo supervivencia: administran deudas, inseguridad y precariedad diaria, no relatos ni promesas abstractas.

3. Que el clivaje izquierda–derecha se volvió irrelevante para quienes viven en lo impredecible: cuando la vida es incierta día a día, las identidades ideológicas importan menos que las soluciones concretas.

4. Que la política perdió legitimidad no por falta de épica, sino porque dejó de resolver problemas: la distancia no es emocional, es práctica.

El votante de Parisi no es “de derecha”, ni “antiestablishment”, ni “populista digital”. Es un ciudadano que decidió dejar de actuar como los partidos creen que deben actuar. Es un cuervo bien criado que ya no obedece al viejo mito de la domesticación ideológica.

Si la izquierda insiste en hablarle con nostalgia doctrinaria o con superioridad moral, perderá el 14 de diciembre y mucho más que una elección. Si, en cambio, toma estas señales como advertencias y no como anomalías, podrá reconstruir un vínculo real con quienes hace tiempo dejaron de sentirse parte del proyecto progresista.

La fábula de Monterroso no trata sobre pájaros, sino sobre ceguera. Y esta elección será, para la izquierda, exactamente eso: un examen de visión. No sobre lo que quiere ver, sino sobre lo que el país está mostrando con brutal claridad.

Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile

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