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Elecciones presidenciales: ¿el fin del centro político chileno? Por Pedro J. Salinas-Quintana

En 1969, el psicólogo del arte Rudolf Arnheim publicó Visual Thinking, donde argumentaba que la pérdida del centro compositivo en el arte moderno reflejaba una crisis cultural profunda. Poco después, el filósofo Erich Kahler, en The Disintegration of Form in the Arts (1968), vinculaba esta fragmentación estética con la disolución de los órdenes sociales y culturales. Ambos anticipaban que la fascinación por los extremos —desde el accionismo vienés hasta el ready-made de Duchamp— erosionaría los cánones que sostenían la noción misma de civilización.

Hoy, esa “pérdida del centro” parece no solo operar como metáfora artística, sino como diagnóstico preciso de nuestra política global. La transgresión como espectáculo ha migrado de las galerías y performances de los años sesenta a las campañas electorales. Donald Trump —con sus insultos racistas, burlas a discapacitados y glorificación de la violencia— transformó la desfachatez en capital político. En Argentina, Javier Milei blande una motosierra en mítines mientras promete “quemar el Banco Central”, para luego burlarse en redes sociales de una persona del espectro autista.

Si lo pensamos en clave debordiana, la política como espectáculo es ya casi indistinguible de una ideología. Por ejemplo, el libertario Johannes Kaiser defiende portar armas como “derecho natural”, mientras figuras como Parisi o Marco Enríquez-Ominami (ME-O) convierten sus campañas y apariciones en debates en un reality show vacío de ideas. Camionetas grandes y “enchular a la vieja” parecen ser los indicadores de éxito del ex decano de la Universidad de Chile, devenido candidato de ocasión. Lo de ME-O, por su parte, ya no se entiende si es la parodia de un opinólogo que cada cuatro años se presenta como candidato o si es alguien con real convicción política.

El Centro Histórico Chileno: de fuerza centrípeta a fantasma

Chile fue por décadas un caso paradigmático de política centrípeta. Los gobiernos radicales (1938-1952) —con Aguirre Cerda y su “gobernar es educar”— sentaron las bases del Estado desarrollista mediante la CORFO y la industrialización. Tras la dictadura, la Democracia Cristiana (DC) encarnó el eje articulador: desde Aylwin hasta Frei Ruiz-Tagle, el partido fue el pilar de la Concertación, amalgamando socialistas, liberales y radicales en torno a un proyecto común cargado de la épica de la democracia recuperada.

Este centro, al menos en el discurso, no era mero pragmatismo político: se fundaba en valores de solidaridad cristiana y justicia social, sintetizados en la “economía social de mercado” que la DC defendió incluso tras su giro neoliberal. Su hegemonía se reflejaba en cifras: entre 1965 y 2001 fue el partido más grande del Congreso.

La gran fractura: cuando el centro se vació

La implosión de la DC simboliza el colapso del modelo centrípeta. En 2022, tras apoyar el “Apruebo” en el plebiscito constitucional, el partido sufrió una diáspora: Ximena Rincón y Matías Walker fundaron Demócratas; Claudio Orrego renunció; Alberto Undurraga y Soledad Alvear migraron a Amarillos por Chile. La gota que rebalsó el vaso fue el respaldo a la comunista Jeannette Jara en las primarias de Unidad por Chile (junio 2025), lo que desató la ira del expresidente Eduardo Frei: “La DC ha traicionado sus valores cristianos al apoyar un programa que busca eliminar pensiones privadas y romper relaciones con Israel”.

¿Es este terremoto político en el centro un hecho aislado? Mi impresión es que no. Más bien, refleja una polarización disonante —como la define la ciencia política— donde las élites se radicalizan, pero los votantes oscilan entre extremos sin lealtades estables. Chile Vamos, otrora dominante, compite hoy con el ultraderechista Partido Republicano (15 diputados) y el libertario PNL. En la izquierda, el Frente Amplio y el PC superan al socialismo moderado. Diez años atrás, este escenario habría parecido impensable.

Fuerzas centrífugas globales: el péndulo se acelera

La pérdida del centro político no es un fenómeno aislado en Chile, sino parte de una tendencia global de descentramiento. En Europa, la atracción hacia los extremos es igualmente visible: Marine Le Pen en Francia alcanzó en 2022 el mayor resultado histórico para la extrema derecha; Giorgia Meloni gobierna Italia con una agenda nacionalista y euroescéptica; Viktor Orbán consolida en Hungría un modelo iliberal que erosiona los contrapesos democráticos; y Alternativa para Alemania (AfD) ya supera el 20 % en encuestas nacionales. En el otro extremo ideológico, el peso electoral de Jean-Luc Mélenchon en Francia o el auge pasado de Syriza en Grecia muestran que el desencanto con el centro también alimenta proyectos de izquierda radical. El descentramiento, así, se ha convertido en un rasgo estructural de la política contemporánea. Tres factores parecen acelerar este proceso:

1. Crisis de representación: según Latinobarómetro 2024, el apoyo a la democracia en América Latina alcanzó el 52 %, cuatro puntos más que en 2023, marcando un repunte tras una década de caída, aunque aún en niveles históricamente bajos.

2. Redes sociales como aceleradoras: como anticipó Marcuse, los algoritmos fomentan cámaras de eco que extreman posiciones. En Chile, la baja identificación partidaria (que aumentó del 10 % al 40 % desde 1990) no ha reducido la polarización afectiva: quienes no se identifican con partidos mantienen el mismo nivel de hostilidad hacia “los otros”.

3. El voto de rabia: los electores castigan a élites sin proyectos claros. José Antonio Kast creció explotando la inseguridad y la inmigración; Jeannette Jara capitalizó el descontento con el “gradualismo” de Boric.

En el caso chileno, las cifras de aprobación también reflejan este debilitamiento del centro y de la centroizquierda. Según la última encuesta CEP (marzo-abril 2025), Gabriel Boric registró un 22 % de aprobación y un 66 % de desaprobación, su nivel más bajo desde el inicio del mandato. La medición más reciente (julio 2025) muestra una recuperación marginal, con un 23 % de aprobación, insuficiente para revertir la percepción de un gobierno sin anclaje en un centro político sólido.

¿Ganadores y perdedores? Riesgos de un país pendular

La política centrífuga tiene costos concretos. Primero, una gobernabilidad debilitada: un Congreso fragmentado con 12 partidos impide avanzar reformas sustantivas. Luego, el predominio de agendas de corto plazo y discursos simplistas: mientras Jara promueve (o amenaza, según algunos) con estatizar el litio; Kast exige “mano dura” y “voluntad política”. Ambos privilegian consignas sobre políticas bien articuladas. Matthei, por su parte, propone llenar el país de cámaras para combatir la delincuencia.

Según el estudio ICSO-UDP, el 91 % de los chilenos está “muy preocupado” por la delincuencia, y un 77 % de las mujeres se siente sobrepasada por las labores de cuidado. No sorprende que mensajes como “mano dura” o “cambio radical” tengan más eco que abordajes técnicos. Kast lo entendió temprano: bajó el nivel técnico y retórico para conectar con jóvenes y sectores populares, desplazando a Matthei, una derecha tecnocrática sin relato movilizador.

En cualquiera de los extremos, se echa de menos una mirada compleja e integrada para desafíos sistémicos: seguridad, narcopoder, inmigración, economía sostenible y medioambiente. Pero también temor al “aburrimiento” de una audiencia cautiva de lo viral en TikTok deja escaso margen para ideas profundas.

Cierre: ¿hay vida después del centro?

Si se busca ver el vaso medio lleno, toda crisis también abre oportunidades. Beatriz Sánchez afirmó: “El estallido mostró que el 80 % quiere cambios estructurales. La polarización actual es solo un paso hacia un nuevo pacto social”.

Nietzsche proclamó que “Dios ha muerto”, dejando un vacío que las ideologías intentaron llenar. En Chile, el centro político tradicional parece igualmente difuso, y su ausencia desorienta —sobre todo a mayores de 50 años, acostumbrados a opciones moderadas. Entonces, ¿estamos ante el fin de la política tal como la conocimos o ante su reinvento?

Cuando Frei alude a la “pérdida de valores cristianos”, quizá sin querer evoca a Nietzsche: la muerte de Dios deja un vacío que las ideologías llenan. En Chile, ese centro ausente es tanto político como moral. La respuesta no es la nostalgia, sino reinventar un nuevo centro.

Existen señales globales alentadoras: regulación de algoritmos para romper burbujas digitales; pactos transversales al estilo de los gobiernos radicales de los 40; liderazgos rearticuladores como el de Bachelet.

La Convención Constitucional —con paridad y escaños indígenas— fue un ensayo fallido, pero su espíritu inclusivo podría brindar pistas para nuevas formas de gobernanza.

Epílogo: después del centro

El centro político ha cumplido históricamente una función definitoria: ubicar el eje de la política en un punto de equilibrio cuando la sociedad lo demandaba. Así ocurrió con gobiernos de centroizquierda después de la dictadura, con Frei Montalva en los sesenta y los radicales.

Si la política de extremos desafía a la ciudadanía, el reto es evitar que la centrifugación derive en ingobernabilidad o autoritarismo. En un escenario de balotaje entre Kast y Jara, regresan fantasmas del pasado colectivo.

Creo firmemente que Chile no está condenado a la ingobernabilidad. Como el arte tras perder su centro compositivo, la política puede hallar nuevas formas. Pero requiere rescatar lo mejor de su tradición: diálogo social y seriedad económica que redujo la pobreza. En noviembre, el desafío no será elegir entre Kast o Jara, sino decidir si la democracia chilena recupera su capacidad de tejer consensos duraderos o se convierte en un péndulo atrapado entre extremos con un centro ausente.

Pedro J. Salinas-Quintana. Psicólogo y Filósofo.
@ps.pedrosalinasquintana

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