La escuela, como la conocemos hoy, se inventó. Fue un invento de la Modernidad organizada que, con su positivismo desbordado, venía a planificar racionalmente la sociedad. Una especie de máquina capaz de transformar a las personas para hacerlas civilizadas y obedientes en el espacio público ilustrado. Un engranaje que, de la mano de la razón y con la visión enciclopedista, nos sacudiría de la ignorancia. Es decir, por nuestro propio bien, se tuvo que inventar la presente escuela, pues de no hacerlo, estaríamos en el salvajismo.
Es en lo anterior donde el Diablo vendió y vende las cruces, pues las instituciones creadas para emancipar la mente humana suelen ser las primeras en encarcelarla y domesticarla.
Curiosamente, la palabra escuela significa ocio o tiempo libre. En sus inicios, el niño cultivaba el pensamiento sin la presión utilitarista. Vaya paradoja, ¿no? Don Sata debe haberse hecho millonario vendiendo las cruces, pues lo que era algo para la contemplación desinteresada de la naturaleza evolucionó en un artefacto de disciplina social. En esa dirección, Belcebú no necesitó inventar cadenas de hierro. Solo le bastó con sistematizar la educación y hacerla estándar. Quizás por eso las escuelas fueron construidas a imagen y semejanza de las cárceles y las fábricas.
Ladrillo a ladrillo, el otrora jardín del asombro fue desmontado. En su lugar, instalaron una cadena de montaje de almas. Las chispas caóticas de las mentes infantiles, esas que amenazaban con incendiar el mundo y, a la vez, se sorprendían del vuelo de una mariposa, ahora entraban en una prensa hidráulica para estandarizar sus miradas, limitar sus impulsos y cronometrar respuestas aprendidas.
El aula que la ilustración impulsó se transformaría en un corral donde el pupitre sería el molde perfecto para domesticar el movimiento inquieto de los niños y el sonido del timbre, ese que, cual sirena en las industrias, llamaba a los obreros a faena, establecería la frontera entre mente y cuerpo.
Ahora bien, como siempre se dice, la estrella de la mañana aparece en los detalles. El plan que elaboró tuvo una crueldad poética: como el niño amaba la naturaleza y su aire fresco, el Diablo convenció a los adultos de que, por su bien, había que encerrarlo entre cuatro paredes bajo la luz de un triste tubo fluorescente titilante como un ojo enfermo. Como al niño le gustaba poner a prueba la gravedad saltando y corriendo, el señor de las tinieblas volvió a convencer a los adultos de que había que tener al estudiante inmóvil, atornillado a una silla durante seis horas para emular a un santo sacado para alguna procesión infinita.
Pero el convencimiento llegó más lejos. Al niño, que venía al mundo con una curiosidad e imaginación fantástica, se le castigó el habla y se le impuso un silencio sepulcral. Susurrar una palabra al compañero de banco era condena divina. Hablar se convertiría en pecado y la alegría sería ridiculizada; la risa abunda en la boca de los tontos.
Al niño, curioso de nacimiento, le encantaba ensuciarse con barro, armar artefactos con lo que encontrara y era feliz desarmando uno que otro reloj para ver su latido por dentro. Sin embargo, don diablo, refinado en su malicia, sugirió obligarlo a concentrarse únicamente en ideas abstractas, en fantasmas invisibles que flotaban sobre una pizarra y en un adulto que le contaba verdades incuestionables.
El niño, que de manera natural buscaba que sus actos tuvieran un propósito, construía refugios contra piratas, buscaba tesoros con mapas imaginarios y cazaba dragones en el patio de su casa. Sin embargo, dicha imaginación fue sepultada bajo un aluvión de tareas sin sentido. A ese niño que amaba jugar, ahora lo hicieron trabajar no por placer, sino por la angustiante calificación que mediría su alma. Hicimos transitar al niño del hacer al rendir.
El remate más mordaz de esta farsa es tan sarcástico como ridículo. El diablo solo ofreció las cruces; nosotros las compramos. Fuimos los adultos quienes pusimos precio al misticismo del ocio, adquiriendo gustosos los maderos del progreso y cargándoselos a la espalda de nuestros hijos convencidos de que el peso del calvario era el costo inevitable para que ellos se ganaran un rinconcito del cielo de la productividad. Lucifer solo puso los crucifijos en el mesón; administró la tienda. El entusiasmo por el sacrificio corrió por nuestra cuenta.
Hoy vemos a los pequeños marchar mañana tras mañana como si la vida dependiera de eso, cargando mochilas con mucho más peso que sus propios remordimientos y con la mirada extraviada de los condenados. Y mientras nosotros, los adultos, aplaudimos satisfechos el rigor de la “educación”, Satanás descansa sabiendo que no necesita mandar a nadie al infierno, pues logró que los niños pagaran con su alma su condena terrenal timbre tras decepcionante timbre.
Dr. Carlos Fernández Jopia
