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En las trincheras de la historia. Por Ángel Saldomando

He encontrado un buen pretexto para saltar de la literatura a las disputas en torno a la historia y la construcción de la memoria. Es decir, la elaboración de un relato que rescata hechos, los explica, les da sentido y los califica de aceptables o condenables. De manera que, de alguna manera, hay posicionarse. Y, como el pasado es lo único que tenemos para construirnos, nos interpela o se le niega, relativiza, acomoda según los intereses más presentes.

La novela la casa alemana de Annette Hess, relata la historia de una joven alemana de una familia laboriosa y que posee un reputado restaurant, que es empleada como traductora de polaco, en una causa contra criminales nazis. A través de ella va a descubrir que su padre trabajó en Auschwitz. Como literatura, a mi juicio, la novela es discreta, pero es un bestseller en Alemania. Está escrita por una guionista alemana y es ambientada en los últimos procesos de los años 60. Luego se decretará el olvido oficial. Roto brevemente por el joven cine alemán crítico a finales de los 70 y parte de los 80 del siglo pasado.

La novela tiene su trascendencia obvia porqué está escrita por una alemana y en Alemania y relanza los temas clásicos de las causas, la responsabilidad y la culpa surgidos de los juicios de Núremberg. Desarrollados luego en nuestra latitud con los temas de verdad, justicia y reparación asociados a los juicios de los crímenes de las dictaduras latinoamericanas. En ellos solo dos países alcanzaron una elaboración más sistémica y sostenida, Argentina sin duda la pionera y Chile mucho más limitado, “en la medida de lo posible”. Término acuñado en la larga transición post dictatorial.

Sin duda que esta crítica cuestión está ligada a la construcción de la memoria, es decir lo que una sociedad significa como sócalo de su historia reconocible y aceptable. Pero también aquello que se considera irrepetible o inaceptable, por lo daños colectivos sufridos. Es conocida la frase que la memoria, en este caso como sinónimo de historia, permitiría no incurrir en los mismos errores o en volver a vivir situaciones traumáticas dolorosas. Bordeando un cierto pesimismo antropológico podemos constatar que, pese a toda la construcción de memoria, a priori no nos preserva de nada, y lo logra solo en la medida en que esta se mantiene en el tiempo y establece una correlación de fuerzas favorable. Y esto es en el fondo la cuestión que preocupa.

La persistencia del negacionismo de los crímenes de las dictaduras, el desarrollo de derechas antidemocráticas, los progresismos gelatinosos y los recambios generacionales sin densidad histórica por ausencia de transmisión de ella, desgastan la memoria como base histórica y moral.

La memoria asociada a la reivindicación de los derechos humanos, al nunca más y a la democracia destinada a establecer un piso político, moral e histórico en la sociedad comienza a ser horadada.

Tres aspectos surgen como factores en torno a los cuales la construcción de memoria se tensiona.

Los actores que la impulsan es duda uno de los fundamentales. Allí hay que constatar que el atrincheramiento en el pasado, en las organizaciones de derechos humanos y en la victimización bloquearon la posibilidad de ampliar alianzas, asumir nuevas causas actuales y presionar la correlación de fuerzas. Los actores políticos han sido oportunistas según conveniencias y pocos los que por convicción han sostenido la construcción de memoria. Los olvidos, han sido también utilizados en función de arreglos con los sectores conservadores que en los hechos implicaron la sobrevivencia de ellos en un amplio espectro de intereses. Eso les dejó en condiciones de resurgir en cualquier momento. En algunos casos ni siquiera se ocultaron.

Con el tiempo, el mal que la construcción de memoria pretendía marginar se volvió difuso y las líneas divisorias se tornaron muy neblinosas a fuerza de convivir y con ello de alguna manera aceptar socialmente la permanencia de esos sectores. El caso chileno ha sido casi obsceno en este sentido. El bolsonarismo en Brasil, la llegada de Milei en Argentina y el surgimiento de la nueva cara de la derecha en Chile con Kast, asociado a los dos anteriores muestran la permanencia de la tenebrosa tendencia dictatorial y anti democrática.

La cuestión es que la construcción y defensa de la memoria, así como la victimización en la que se arrinconó, no la hace políticamente y moralmente superiores si eso no es demostrable con políticas, movilización y resultados. La sospecha de que el cambio ha sido al final muy superficial y propiedad de algunos sectores específicos alienta el discurso deslegitimador y negacionista.

Además, sin la construcción de proyectos políticos acordes con las reivindicaciones de la construcción de la memoria es imposible la vigencia de ella y de los límites que pretende generar al retorno del pasado y de los sectores que lo representan. Por ello que la reivindicación de un modelo de sociedad más justo y de la democracia inclusiva, no puede ser socialmente aséptico, ello termina dejando en la impunidad a quienes están en contra de ellos. No hay arreglo con las derechas, solo correlación de fuerzas a construir y sostener. De lo contrario lenta o rápidamente las sociedades van quedando en la indefensión. El caso de Brasil después de años de petismo, es un ejemplo, con un ahora débil retorno de Lula. En Argentina el atentado a la ex presidenta Cristina y la débil reacción que tuvo mostró que se estaba cada vez más indefenso y desmovilizado frente a la derecha. En Chile la tardía y muy pausada estrategia del progresismo en materia de derechos humanos fue un correlato del desarme de todo proyecto político que se distanciara de la herencia dictatorial y reorganizara a los sectores populares.

Las conmemoraciones, las manifestaciones simbólicas asépticas, paseístas, y el “buenismo centrista” desconectados de las luchas del presente son la mejor manera de dejarle la cancha abierta a los sectores más agresivos de la derecha y de los propios que buscan acomodarse en zonas de obtención de prebendas y beneficios. Están seguros que hagan lo que hagan no tendrá ningún costo.

El tacticismo con que algunos pretenden justificar estos arreglos es estéril, porque carente de toda construcción política y social conduce a la confusión y al “todos son lo mismo”. De ello tenemos sobrados ejemplos, Alberto Fernández, Scioli en Argentina, Gabriel Boric en Chile y Dilma Roussef en Brasil, para que luego se preguntaran ¿Tú también Brutus?

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