Han pasado las elecciones, y en la sobremesa –con la tele prendida de fondo, la noticia repitiendo los resultados una y otra vez– uno no puede evitar sentir ese sabor amargo, ese dejo de resignación que tan bien conocemos en Chile. La izquierda vuelve a vender trabajo y sacrificio como receta política. La derecha enamora con esa facilidad que dan las promesas inmediatas, aunque todos sepamos, en el fondo, que son humo de colores. Pero el voto se fue para allá, para el lado brillante del camino.
En el norte, Parisi arrasó. ¿Por qué? ¿Cómo explicar que un candidato con propuestas como el “tunning de autos más grande del país” o “enchular a la vieja” –que suena hasta medio absurdo entre discusiones de reforma tributaria y pensiones dignas– logre conectar tan profundamente con la gente de Iquique, Arica, y Antofagasta? No es tan simple como decir “fue populismo barato” o “es que la gente es superficial”. Hay algo más, una pulsión tan humana como el deseo de sentir que estás más cerca de la abundancia, aunque sea solo por tener un auto con las llantas brillando y música fuerte en el parlante. Y uno ve a esos cabros bajarse y entiende al tiro lo que está pasando. No es vanidad. Bueno, es vanidad, pero es una vanidad que duele porque es lo único que tienen.
Y es que, en las calles de zona franca, uno puede sentir ese pulso vital de la industria automotriz. Aquí el auto no es solo auto. No es transporte: Es la cosa más importante que tiene un tipo con sueldo precario, es símbolo de lograr algo, aunque Chile todo se caiga a pedazos por momentos. Comprar un Skyline, tunearlo, cambiarle el volante, ponerle luces led y subirse a la avenida junto a otros cien autos usados iguales, te da una sensación de ser alguien. No millonario, pero tampoco invisible. La verdad es que, para muchos, esa es la victoria cotidiana que la política nunca tocó.
No es casualidad que alrededor de estos autos florezcan talleres, ventas de repuestos, mercados de neumáticos. Hay una red de oficios, un ecosistema que tiene más carne y hueso que cualquier proyecto de ley. El vecino que aprendió a polarizar vidrios en sus ratos libres, la prima que vende radios con pantalla touch, el tío que tramita franquicias para sacar el auto de la zona franca y venderlo en Santiago. Y ahí está, el entramado de trabajo real que sostiene familias, sueños, y gana la batalla del relato.
La izquierda tiene que entender eso. Tiene que dejar de mirar hacia adentro, a sus propios círculos intelectuales y empezar a mirar hacia afuera. Hacia el que trabaja. El que lucha de verdad. El que no tiene tiempo para revoluciones que toman años. Porque la verdad es que mientras la izquierda discutía cuál era el mejor pronombre para nombrar mejor a los oprimidos, los oprimidos encontraban otra forma de ser felices. Aunque sea un poco. Aunque sea solo los fines de semana en una avenida polvorienta de Alto Hospicio tuneando autos.
La izquierda insiste en reformas profundas, en subir el sueldo mínimo a cifras impensables, en hablar de derechos colectivos. No está mal, pero –y aquí viene el punto– falta ese músculo emocional, esa narrativa que llegue al exacto centro del pecho de quienes votan. Las promesas de esperar años para una transformación escurren entre los dedos. La gente aprendió, duro y rápido, que, si aumentas el sueldo sin tocar a los poderosos, el kilo de pan igual se dispara hasta las nubes. Nadie necesita otra clase de economía para saberlo: bastó la experiencia del retiro del 10%, cuando por fin la billetera se llenó, y un par de meses después los precios volaron más alto que los sueños. En cambio, Parisi, Kast y otros nuevos brujos del voto supieron mirar la feria, el semáforo, la conversación en los talleres de autos. Supieron, digámoslo así, leer el deseo por “disfrutar ahora, no en diez años”. Su discurso se hizo carne en el “y si tuviéramos el tunning más grande del país”, o “quieren traer bitcoin, ¿voy a poder comprar otro auto sin pagar tanta cuota?”. No prometen justicia social, prometen diversión y sentido de pertenencia. La izquierda, por otro lado, parece llegar siempre a la fiesta con el discurso impreso en papel reciclado, lleno de condicionales y llamados a la paciencia.
Gramsci decía que el sentido común es el verdadero campo de batalla. Que la hegemonía se construye convenciendo, no imponiendo. Y acá, en Iquique, Arica, Antofagasta, el sentido común está hecho de turbo, pintura metalizada y la posibilidad –remota pero tangible– de ser el protagonista aunque sea solo por el fin de semana. Además, el auto no es sólo diversión: es un escudo contra el sentirte pobre, un estandarte para mostrarle al resto “yo también puedo, aunque los sueldos sean bajos o los mineros sean los únicos que ganan bien”.
La tristeza, si la hay, es que las consignas “frívolas” ganan porque ofrecen una esperanza cercana. No te llaman a respirar profundo y esperar la utopía; te invitan al evento de tunning, a comprar un deportivo medio nuevo y medio barato, a soñar con un LED más brillante, o tener el celular más caro en cuotas “pagables”. La política tradicional nunca entendió ese latido. La izquierda aún no se permite soñar con la alegría brillante, con el gozo inmediato, porque sigue atada a la idea de largo plazo y la épica del esfuerzo.
Cuando hace años ganó el "rechazo" en el plebiscito de constitución la izquierda ha conocido mucho de derrotas, algunas disfrazadas de triunfos morales con calculadora, desde ahí, los chilenos le dijeron: "No queremos lo que ustedes están ofreciendo". No porque no creyeran en cambios. Sino porque no reconocían en esos cambios su propia voz. Veían a gente que hablaba de "justicia social" sin haber trabajado en sus vidas, gente que pretendía representarlos sin haber pisado una cancha de fútbol con ellos, sin haber bebido una cerveza barata en una feria, sin haber sentido el peso real de una deuda con el banco. En cada ocasión que la izquierda pierde apoyo, es la gente diciendo: "Ustedes no son como nosotros. No entienden nada." Y no se trata de que en la derecha vean mejor su reflejo, pero al menos la derecha muestra de forma cruda su estrangulante deshonestidad.
Y tienen razón.
En el norte, Parisi arrasó porque vio esa frustración. Vio que la gente ya estaba desesperanzada de los jóvenes revolucionarios sin experiencia. Vio que la ciudadanía estaba cansada de elegir basándose en ética y esperanza, y que estaba lista pa’ votar basándose en: "¿Quién me promete algo que sea posible?". Así que llegó con tunning, con bitcoin, con promesas de diversión y dinero rápido. No te pide que esperes diez años. No te pide que entiendas teoría política. Solo te pide que votes, que sueñes con un auto bonito, con ganar plata fácil y rápida.
Es brutal, pero es honesto de una forma que la izquierda nunca fue.
Quizás lo que falta –lo digo con cierta nostalgia y con una pizca de rabia amistosa– es que la izquierda aprenda a contar historias donde sea posible ser feliz ahora, aunque sea solo un poco más, aunque sea solo en las calles de la zona franca. Que las reformas hablen de estabilidad, pero también de orgullo y fiesta para el que nunca lo tuvo. Hay que reformular el mensaje, no porque la gente sea tonta o superficial, sino porque son suyas esas emociones, esa alegría disputada a un modelo que nunca le dio todo, pero le permitió saborear lo que nunca imaginó.
Al final, el pueblo vota con el corazón y con el bolsillo, pero también con la memoria de cada momento donde se sintió digno. La política será transformadora sólo si baila al ritmo de esa memoria. Y si la izquierda quiere volver a conquistar no solo el voto, sino también la esperanza, tendrá que aprender a mezclar justicia social con luces de tunning y sueños de auto propio. Aunque suene raro, es ahí –entre el olor a bencina y empanada de feria– donde se define el futuro, y la verdad, donde se decide quién logra tocar el alma del Chile que vota.
German Ze Bernazar B.
Abogado
