En kioscos: Octubre 2020
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Ensayo sobre la ceguera, o cómo la codicia y la mala política representan la pandemia. Por Hans Schuster

Ensayo sobre la ceguera, de José de Saramago (novela publicada en 1995) Premio Nobel 1998, no sólo es una novela psicológica, cuyo narrador omnisciente se concentra en el personaje principal, que es la mujer del médico para relatarnos, reflexiones existenciales. El narrador se da el lujo de obviar los nombres de los múltiples personajes. Sólo la exhaustiva descripción que hace de cada uno de ellos permite que el lector los identifique claramente, los describe por alguna característica sobresaliente como la mujer del médico, la mujer de las gafas oscuras, o ciertas características en el uso del lenguaje que los hacen distintivos, como a su vez los rasgos y contrastes que caracterizan sus conductas.

El profundo egoísmo que marca a los distintos personajes en la lucha por la supervivencia, se convierte en una gran parábola de la sociedad actual, trascendiendo así el significado de ceguera más allá de la propia condición física, lo cual no sólo pone en juego diversos aspectos de la sociedad, sino que, además, se convierte en una alteración emocional cuyo rango de lo “normal” se ajusta a los caprichos con que se percibe el afectado, el sí mismo frente al mundo, poniendo en juego el egocentrismo y la ingratitud frente a aquellos que no padecen tal “ceguera”, pero se ven confinados a actuar frente a la calamidad. Porque en el relato se establece que la ceguera opera como una epidemia que va contagiando a los diversos personajes.

Leamos pues, a modo de analogía al Chile de hoy, abril del 2020, la novela de Saramago, de paso recordando el tema central “la ceguera” a partir de la descripción dada por la OMS que la considera como “discapacidad visual a cualquier alteración del sentido de la vista, pudiendo ser ésta, total o parcial. Las personas con deficiencias visuales son aquellas que presentan una disminución significativa, pero con suficiente visión como para ver la luz, orientarse en ella y usarla con propósitos funcionales.” De allí que se considere como “ciega legal” a una persona cuya agudeza visual (con gafas o lentes de contacto, si las necesita) es diez veces menor de lo normal en su mejor ojo, o cuando el campo visual, sin tener en cuenta la agudeza, está restringido a un ángulo de 10 grados o menor.

La definición trasladada al ámbito de los políticos cuyos líderes y lideresas se han visto atrapados por una pandemia que reventó en sus caras y que puso en jaque el sistema de salud pública, sin excepción de países, repúblicas o naciones, y con ello vino a develar la fragilidad del sistema socioeconómico en el cual se estaba inserto, y a su vez, quiénes y cuáles eran los dueños de dicho sistema y a qué costos fue mantenido por tanto tiempo: dado que si bien, es una nueva oportunidad de negocios para la industria farmacéutica, y para el sistema privado de salud, ambos develan también que su compromiso es sólo con sus intereses y la falacia de que apoyan humanitaria mente, queda al descubierto como un eslogan, ahora sin sentido, ante la forma de actuar ante la pandemia. Un pequeño ejemplo del Chile de hoy, es el comportamiento de las ISAPRES (cuyas prestaciones no alcanzan a cubrir a los tres millones y medio de afiliados, según las estadísticas de la Superintendencia de Isapres actualizadas al 2018. Otra inquietud que presenta el Estado al no trasparentar los datos actualizados) y como si fuera poco, sólo posterga el alza en plena pandemia con ello la insensibilidad de la industria pone de manifiesto, no sólo su verdadero rostro de vampiros, sin ofender a los personajes de ficción, porque estas compañías tienen nombre y apellido con gerentones y equipos de alta tarifa salarial, para no decir nada de los bonos de producción por planes y letra chica con que se solazan, a pesar de haber entrado en vigencia la nueva ley de ISAPRES que mantiene impresentable sus actuales planes y programas para los antiguos afiliados cuyo porcentaje en la población es ridículamente menor que los “beneficiarios” del Fondo Nacional de Salud (Fonasa) que es la institución pública que brinda protección financiera y acceso a atención de salud al 73% de la población del país, más de 13 millones de chilenos, a la deriva de un declarado (por el Estado) Plan de Salud inclusivo y de carácter universal, que ya sabemos cómo opera cuando opera, acercándonos hoy en día a las posibles listas de espera ante el ventilador artificial que en aparatos y personal calificado, ha llegado al pick, en diversos países (Italia, España, Estados Unidos de Norte América), cuyas cifras de muertos dan cuenta del colapso de la industria y del negocio sanitario. En la analogía, esta obra Saramago nos asoma a los límites de la conciencia, a través de los seis personajes que han de hacer frente a la pandemia que se extiende por todo el mundo, la ceguera blanca, en nuestros días el virus coronado. Quienes después de una larga y traumática cuarentena en un manicomio, ante lo repentino y generalizado deben sobrevivir, (gracias a la esposa del médico que ha escapado de la ceguera) en un sistema donde el orden social se ve desintegrado en la medida que el gobierno intenta contener el contagio tratando de mantener el orden a través de medidas represivas e ineptas. Es por eso que los personajes que triunfan son los más amorales que se aprovechan de la desesperación y el pánico generalizado.

La actual situación habla por sí sola, no se requiere demasiado para ver quién es quién, durante la presente crisis, de allí que haya sido bueno saber que José Manuel Silva tomó el riesgo (parodiando sus dichos) de desenmascarar al sistema empresarial que representa como director de Larraín Vial: su humanidad, ética y empatía serán recordadas después de la crisis ante lo expresado en medio de la pandemia: "No podemos seguir parando la economía debemos tomar el riesgo y eso significa que va a morir gente” y sería estupendo que diera el ejemplo viajando en el transporte público y dejara de lado su enorme oficina para ocuparse de sus labores en puestitos de pupitre de liceo municipal, hacinado junto a otro gerentón de barriga más prominente y calva lustrosa por las buenas ideas, para crear las letras chicas con que se auto entregarán los bonos de producción no afectos a pago tributario, porque el que sabe, sabe y como sus excelencias dan el ejemplo no pagando contribuciones (Lagos y Piñera) o no declaran la edificación de la tercera vivienda o el hangar del helicóptero que todavía no es recepcionado por la dirección de obras municipales. No digo que José Manuel sea el caso, sólo que se acerca al tipo en estéreo, o estéreo tipo, que representa al 1 % de los dueños del dinero. Es una lástima que no tengan sentido de los avances societales y no sean parte de la mirada digital, tal vez por eso dejan su huella profunda en el calentamiento social. Posiblemente por eso su excelencia quiere que todo vuelva a la “normalidad” exigiendo que el personal público este presto en sus cubículos como buenos funcionarios que den el ejemplo a las empresas privadas y así podamos privilegiar la salud del sistema económico por sobre la salud de los ciudadanos.

Pero volvamos a la novela, la ansiedad por la disponibilidad de alimentos y suministros, actúa para socavar la solidaridad, la falta de organización impide que se distribuya la comida y las tareas de manera justa (como ocurre hoy en día en los condominios sin conserjes). Los batallones asignados a guardar el asilo y cuidar el bienestar de los internos se vuelven cada vez más antipáticos a medida que uno tras otro se infectan. Los militares se niegan a autorizar medicamentos básicos, tienen la orden del irrestricto confinamiento por lo que una simple infección se vuelve mortal. Toda clase de violaciones y atropellos corre por parte de las fuerzas armadas, hasta que, hartos de vejaciones, queman el asilo descubriendo que estaban abandonados, de modo que no les queda otra que sumarse a la multitud de ciegos indefensos que vagan por las ciudades devastadas, luchando entre sí para sobrevivir.

La novela tiene sus momentos de descripciones que nos llevan a pensar sobre la verdadera condición de lo humano, a pasar de la crueldad con que la vida societal lo invade todo, sin embargo, luego de la gran dedicación de la mujer del médico, (y aquí me detengo para reconocer a dos grandes mujeres de la política mundial, cuyas acciones al contrario de los líderes masculinos cuyo patriarcado sigue siendo un asco, éstas dos mujeres han sido empáticas, precisas y prudentes para aguantar la crisis, ellas son; la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, quien como recordaran en el 2018, dio a luz en un hospital público de la ciudad de Auckland y hoy por hoy mantiene un buen manejo de crisis, y la canciller de republica alemana Ángela Merkel, que con sus diez años a cargo del gobierno forman parte de la sensatez con que ha logrado aportar también al desarrollo de la comunidad europea en medio de las actuales dificultades), cabe destacar además a las primeras ministras de Finlandia, San na Marin, de Noruega Erna Solberg, la premier de Dinamarca Matte Frederiksen, la primeraministra de Islandia Katrín Jakobsdótti y especialmente a la presidenta de Taiwán Tsai Ing-Wen ellas, al igual que la protagonista de la novela son las verdaderas heroínas ante la pandemia y opresión de la sociedad machista y boba de los líderes que culpan otros, a la OMS, a la prensa, o que intentan controlar el poder legislativo y judicial con decretos que defienden sus intereses con letra chica y todo, de modo que la ceguera está presente y va más allá a lo cual nos había sumergido Saramago, cuyo final alentador nos permite visualizar como la pandemia desaparece en la novela, en tanto que sabemos que en la actualidad llegó para quedarse.

Pues bien, por ahora seguiré cumpliendo con acompañarnos durante el confinamiento como parte de mi entrega al reflexionar sobre la obra literaria de algunos grandes escritores y los actuales acontecimientos en pleno 2020. Cada cual sabrá reconocer en este informe sobre la ceguera de cada una de nuestras autoridades, en donde la codicia y la mala política pública son otra forma de multiplicar las pandemias.

Hans Schuster
Coordinador del Área de Gestión de las Culturas y el Patrimonio
DVM- UCSH

Compartir este artículo