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Entre Caná y la frontera norte: lo que faltó decir en la Oración por Chile. Por Amador Sepúlveda García

El 18 de septiembre de 1973 se celebró uno de los Te Deum Ecuménicos más significativos de la historia de nuestra joven república. Chile atravesaba entonces uno de sus momentos más dramáticos: el país se encontraba dividido y la frialdad de la metralla comenzaba a imponer, a fuego y sangre, un régimen de tiranía que se extendería por 17 años.

En ese contexto, las voces del obispo luterano Helmut Frenz y del cardenal católico Raúl Silva Henríquez resonaron con un coraje cristiano que hoy parece difícil de imaginar. Sus discursos fueron pronunciados con la conciencia de que el pellejo propio era, quizás, la última de sus preocupaciones.

La tradición cristiana —entendida como un largo proceso de reflexión teológica y ética— se ha nutrido de diversas corrientes del pensamiento humano. En ese diálogo se han ido formulando criterios que ayudan a discernir aquello que las sociedades reconocen como el bien y el mal.

En ese camino emergen preguntas fundamentales: qué lugar ocupa el débil, cómo se protege a los desfavorecidos, qué responsabilidades existen hacia la niñez, las viudas, los enfermos o incluso los encarcelados. Estos últimos, muchas veces considerados el segmento más despreciable de la población, recuerdan con particular fuerza los límites éticos de la convivencia humana.

De ese proceso surgieron también reflexiones sobre la pobreza, los derechos sociales y laborales, y la organización institucional de las sociedades, incluido el Estado moderno.

La religión nunca ha estado al margen de estos debates. Las Iglesias y sus representantes no habitan una nube fuera del tiempo: viven insertos en la misma sociedad que intentan orientar espiritualmente. Por ello han debido traducir las preguntas de la trascendencia en respuestas concretas para los problemas cotidianos.

Buena parte de esa historia se expresa en la red de obras sociales impulsadas por congregaciones cristianas: colegios, hospitales, hogares para ancianos y niños, muchas veces anteriores al propio Estado en la atención de los más vulnerables.

Por lo mismo, resulta esperable que líderes religiosos se pronuncien sobre los grandes problemas de su tiempo. Más aún cuando se trata de desigualdad o dignidad humana, ámbitos en los que las Iglesias poseen una larga experiencia histórica.

Ese trasfondo ayuda a comprender la importancia simbólica de ceremonias como las que acompañan los hitos republicanos: espacios donde la conciencia ética del país puede interpelar al poder político.

El pasado 12 de marzo se celebró, como es tradición, la Oración por Chile, ceremonia que algunos comunicadores del gobierno entrante confundieron con el Te Deum. Allí tomó la palabra el cardenal Fernando Chomalí, arzobispo de Santiago, acompañado por representantes de diversas tradiciones cristianas y autoridades de otras religiones.

Tras la lectura del Evangelio, Chomalí ofreció una reflexión que abordó distintos asuntos de la vida nacional. Llamó a la unidad del país, destacó la fortaleza de las instituciones democráticas y exhortó a cuidar el orden republicano frente a la violencia.

Con agudeza pastoral utilizó la imagen bíblica de las Bodas de Caná —donde falta el vino en medio de la fiesta— para describir ciertas carencias de nuestra sociedad. Desde allí formuló críticas a una educación centrada en el consumo y advirtió sobre la desigualdad que permite que “solo algunos disfruten la fiesta”.

Todo ello fue pertinente. Pero también dejó una sensación de oportunidad perdida.

Resulta llamativo que no se abordara con mayor claridad uno de los temas que el propio gobierno entrante ha colocado en el centro de su agenda: la migración irregular. La Iglesia Católica chilena, de hecho, realizó meses atrás un aporte relevante al debate público mediante el documento “Fui forastero y me recibieron” (Mateo 25,35): una mirada cristiana a la migración.

En ese texto se propone una reflexión que combina teología y conocimiento técnico sobre el fenómeno migratorio, y plantea avanzar en procesos de regularización para miles de migrantes que respondieron al llamado del gobierno del Presidente Boric y se registraron biométricamente.

El documento recuerda además una verdad elemental del pensamiento cristiano: la forma en que una sociedad trata a los extranjeros dice mucho sobre su comprensión de la dignidad humana. Los migrantes, como grupo vulnerable, forman parte de aquellos a quienes la tradición cristiana ha llamado históricamente a proteger.

No se trata de polemizar con el gobernante entrante ni de disputar la agenda política desde un púlpito. Se trata, más bien, de sostener una reflexión que brota del propio corazón del Evangelio, aprovechando la tribuna privilegiada que entregan estas ceremonias republicanas.

La tradición cristiana —muy bien encarnada por el obispo Frenz y el cardenal Silva— ha sido históricamente una voz incómoda frente al poder cuando se trata de los más vulnerables. Por eso sorprende que, en un momento en que la migración domina la agenda política, esa voz haya guardado silencio.

Porque si esa voz no se escucha ahora, cuando el tema comienza a marcar el rumbo del debate nacional, quizás cuando llegue septiembre y se celebre el próximo Te Deum Ecuménico, ya sea demasiado tarde.

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