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Entre el espectáculo y la farsa: elementos para darle corte y sentido a la fisura como un estar en el mundo. Por Marco Silva Cornejo

Estas palabras no son más que un puñado de viento. Fue de noche, sumergido en el insomnio tabaquero de mi consciencia, esa que busca históricamente respuestas en la arqueología de la fisura. Sí, fisura. Una palabra que, de niño, sin saber por qué, me produjo una curiosidad de carácter biográfico.

Creo que las poliformes y variopintas lecturas que motivaron mis ojos durante parte importante de la vida que me ha venido existiendo —y que, por tanto, son un componente indisoluble de lo que soy— tienen que ver con esto que me gustaría compartir contigo.

En términos semióticos, la palabra fisura viene del latín fissura-fissum: aquello que separa o raja. Por lo tanto, en mi modo de entender, la fisura es aquello que corta o divide un objeto. Pues bien, hace poco, en una de esas noches de las que creo que ya te hablé, logré establecer la conexión entre tres palabras que inscriben en mi subjetividad un sentido profundo.

El capitalismo y sus modos modernos de producción lograron transformarse en subjetividad; por ende, en la materialidad física, productiva y simbólica de la actividad humana en el desarrollo de su existir. Una vez asumido esto, te invito a pensar en el capitalismo como un formato ideológico complejo y, a la vez, completo de la vida humana.

El capitalismo, como ecología de lo humano, supone que cohabitamos en una representación cotidiana de este. Una representación hegemónica y flexible que, con el tiempo, mutó en verdad. Vivimos nuestras existencias en la normalización y naturalización de un sistema de representación que nos controla y anestesia para seguir reproduciéndose, buscando la certidumbre en la verdad.

Si he logrado explicarme bien, entonces este capitalismo biopolítico y autopoyético parece haber utilizado inicialmente el espectáculo, la imagen y lo burdo como un dispositivo —tanto signo como significado— en la construcción de la verdad y, por lo tanto, del sentido verdadero del mundo. En perspectiva histórica, creo que esta temporalidad habitó epocalmente los últimos treinta años del siglo pasado.

La metamorfosis hegemónica de la verdad capitalista, que reproduce lo cotidiano como estrategia de disciplinamient y control social, dio un salto interesante y astuto con la llegada del neoliberalismo, la globalización y la herramienta tecnológica: transformó el espectáculo en farsa.

La farsa (entendida como un relleno absurdo) es, entonces, la hegemonía que rellena de manera burda el cotidiano material y simbólico de lo verdadero, de la vida que sientes y crees verdadera, de lo que constituye la verdad de la vida misma.

Imagina esto: nos socializaron en un mundo donde el espectáculo (discurso y medios de reproducción) constituía un lugar de fama, logro y ostentación. Una vez creada esa ecología de lo verdadero, te controlaron y disciplinaron hasta domesticarte, para luego determinarte y precarizarte. Una vez que habitas esa verdad, se consagra la castración de tu libertad.

La farsa, entonces, es la verdad del pos-capitalismo transmutado en el tecnofeudalismo del presente. Todo es burdo, inmediato e incesante (como los reels que verás luego si te animaste a llegar hasta acá).

El espectáculo y la farsa operan como mecanismos de reproducción de toda forma de poder que se sostiene en la construcción de una verdad. Porque si eres fisura, siempre intuiste —así como ahora yo lo sé en consciencia— por qué siempre me sentí fisura y nunca verdad. Pues la verdad no existe: es parte del espectáculo y de la farsa castradora y domesticante de un sistema ideológico que te desprecia. Atreverse entonces a estar fuera de la verdad, negarla y apuñalarla material y simbólicamente es la cumbia de la fisura que suena fuerte en barrio.

Rajarle el paño a la verdad, vivir en lo real y habitar en la cumbia de la fisura. Elementos para un paisaje coloreado con un soberano, gentil y amigable: el Basty y su trono barbero, que no deja de dar paipazos a los cabros de la pobla para que se escurran en lo real. Sean fisura, a lo vi’o.

Marco Silva Cornejo

Académico Wallmapu

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