En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han, expone que en la actualidad se ha producido un giro decisivo en la forma en que se configuran las relaciones sociales y las dinámicas de poder: la negatividad ha sido desplazada por la positividad. Desde una perspectiva filosófica, el autor entiende la negatividad como aquello que interrumpe, delimita y resiste, en contraste con la positividad, que se muestra homogénea, continua y aparentemente sin límites. Mientras la negatividad posibilita detener y establecer fronteras, la positividad se impone como una fuerza expansiva que empuja a los sujetos hacia una productividad ilimitada y hacia una autoexigencia constante.
En este marco, Han desarrolla una de sus tesis centrales, la transición desde una sociedad disciplinaria o del deber, propia de épocas anteriores, en las que el control se ejercía mediante normas externas e instituciones autoritarias, hacia una sociedad del rendimiento. En este nuevo escenario, la exigencia ya no proviene de un poder represivo externo, sino que es interiorizada por los propios individuos. Las instituciones siguen ejerciendo hegemonía, pero lo hacen de manera más sutil, promoviendo la figura del “sé tu propio jefe”: un sujeto que se autoexplota en la búsqueda permanente de superación y que, al no alcanzar los estándares de eficiencia y éxito que él mismo se impone, se castiga sin necesidad de sanción externa.
Este cambio se manifiesta en fenómenos contemporáneos como el burnout, entendido como un estado de agotamiento físico, emocional y mental derivado del estrés laboral crónico y de la presión por rendir cada vez más. En la sociedad posmoderna que describe Han, el castigo ya no es impuesto desde fuera, puesto que es el propio individuo quien se autocastiga en nombre del rendimiento, reforzando así la lógica de la productividad ilimitada.
De ahí que Han sostenga que los malestares contemporáneos, depresión, ansiedad, trastornos del ánimo o apatía generalizada, no deben interpretarse como problemas meramente individuales, sino como síntomas colectivos del funcionamiento del sistema actual. El sufrimiento psíquico y corporal se convierte en la huella visible de una sociedad que, bajo la apariencia de libertad y positividad, somete a las personas a una violencia silenciosa, imperceptible y, al mismo tiempo, profundamente destructiva. En este marco, el individuo deja de vivir por el hecho de vivir y pasa a existir únicamente en función de su rendimiento, puesto que la sociedad ya no contempla la existencia, sino que la instrumentaliza en nombre de la producción.
Este diagnóstico encuentra resonancia en el campo del Trabajo Social. La intervención social tampoco está exenta del síndrome de Burnout, que afecta de manera significativa a quienes ejercen la disciplina. En el escenario actual, marcado por una presión descomunal, las y los profesionales deben desenvolverse en condiciones sumamente complejas, tensionados entre sus valores éticos, las crecientes demandas ciudadanas y las exigencias impuestas por políticas públicas que, en muchos casos, carecen de recursos suficientes para responder a la magnitud de las problemáticas sociales. Esta confluencia además de producir desgaste físico y emocional pone en cuestión la viabilidad de ejercer la profesión desde un horizonte crítico y transformador.
Esta situación pude constatarla personalmente durante mi experiencia como practicante en un programa del SernamEG. Allí observé de manera directa el desgaste laboral que afecta a mis colegas en los distintos espacios de intervención. Particularmente significativo fue el caso de dos trabajadoras sociales que tenían la responsabilidad de ejecutar, prácticamente en solitario, un programa dirigido a la atención de 105 personas. La desproporción de esta carga laboral resulta evidente si se considera el número de casos asignados y la complejidad de cada intervención, que demanda tiempo, acompañamiento cercano, elaboración de informes y coordinación con múltiples instituciones.
Este escenario evidencia cómo la lógica de la sociedad del rendimiento, descrita por Han, atraviesa también al Trabajo Social, puesto que los y las profesionales son empujados constantemente a responder a demandas excesivas sin contar con los recursos adecuados. La autoexigencia y el compromiso ético no son reconocidos y se convierten en factores que intensifican su propio desgaste, pues deben sostener niveles de productividad que se imponen a costa del bienestar personal. De este modo, se reproduce la figura del “empresario de sí mismo”: personas que, en su afán por cumplir con las expectativas institucionales y sociales, terminan autoexplotándose y experimentando síntomas de burnout, ansiedad y agotamiento crónico.
En consecuencia, el malestar que atraviesa al Trabajo Social además de constituirse en un problema individual y gremial es el reflejo de la precarización estructural de las políticas sociales en Chile, diseñadas bajo una lógica neoliberal que fragmenta, focaliza y externaliza responsabilidades sin garantizar condiciones dignas de trabajo ni derechos efectivos para la población. El agotamiento de las y los trabajadores sociales se convierte así en la metáfora de un Estado que, en lugar de garantizar bienestar, administra la escasez y traslada la sobrecarga a los cuerpos de quienes intervienen en primera línea. Resistir a esta lógica implica un desafío político y ético, es decir, recuperar la centralidad de la vida frente al rendimiento, disputar sentidos frente a la autoexplotación y afirmar que el Trabajo Social no puede reducirse a la gestión técnica de la carencia, sino que debe sostenerse como práctica crítica y transformadora al servicio de la justicia social.
La reflexión crítica se convierte en una vía imprescindible, ya que la hiperactividad constante clausura la posibilidad de pensar; detenerse para interrogar el sentido de nuestras prácticas constituye un acto subversivo que abre la posibilidad de transformar tanto los modos de vida como los horizontes políticos.
En el plano social, esta resistencia se concreta en la disputa por el sentido de las políticas públicas, que en el marco neoliberal se reducen a indicadores de eficiencia y a la gestión de la escasez; incidir políticamente significa orientarlas hacia la garantía de derechos, el reconocimiento de la dignidad humana y la construcción de justicia social, de manera que dejen de reproducir la precariedad de quienes trabajan en primera línea y de las comunidades a las que se dirigen. Reconocer la finitud, aceptar los límites del cuerpo y del tiempo, se vuelve otra vía fundamental de resistencia frente a la ilusión de lo ilimitado que impone el sistema, pues solo desde la vulnerabilidad asumida es posible reconstruir vínculos humanos más justos y horizontes colectivos más habitables. En este marco, el Trabajo Social, con su tradición crítica latinoamericana y su vocación ética de transformación, adquiere un papel privilegiado en la tarea de abrir brechas frente a la autoexplotación, disputar sentidos frente a la racionalidad del rendimiento y afirmar que en tiempos de hiperproductividad defender la vida, la dignidad y el bienestar colectivo constituye el acto político más radical.
Felipe Araneda Rivera
Trabajo social
Universidad Alberto Hurtado
