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Entre expectativas y un análisis distinto del sistema político que viene. Por Cristopher Ferreira Escobar

El cansancio, el daño, la miseria, la desconsideración, el abuso, entre tantas otras cosas, fueron algunos elementos discursivos centrales desde el 18 de octubre en adelante. Toda esta movilización produjo un espacio de politización considerable –lugar donde se corren los parámetros de lo que puede y debe ser discutido–, en el que se puso en interrogación la política desde el retorno de la democracia, en la cual la concertación profundizó el modelo instaurado por la dictadura militar. Así, y bajo este escenario, la convención constitucional y el giro en la representación política del nuevo gobierno son cristalizaciones de estas diferenciadas formas de participación política.

Hoy en día, y después del inmenso triunfo del presidente electo, es recurrente ver como los medios de comunicación en sus diferentes manifestaciones y las distintas demandas ciudadanas se han centrado y asediado la moneda chica, haciendo del interés y de las altas expectativas un hecho constante y agudo; así, los medios de comunicación no sólo cubren lo que ocurre a las afueras de la oficina de Boric, analizando quién viene, cuál es el orden de visitas, qué es lo que dice, cómo lo dice, etc; pero también existen las opiniones de los “analistas políticos” en los matinales y otros programas, tratando temas especulativos como el conocimiento de su gabinete, subsecretarios, viabilidad y proyección en este nuevo gobierno. Por otro lado, la gente mantiene sus esperanzas en que el programa (un conjunto de problemas operacionalizados) cumpla el objetivo por el cual fue elegido. Con este panorama, podemos decir por vía de la generalización de los antecedentes antes expuestos, que los intereses y expectativas de los chilenos son más grandes que las utilidades de las afp y las bancas nacionales.

Sin embargo, observo un problema capital en estas generalizaciones, ya que los analistas, no todos, pero si una mayoría, y los ciudadanos, focalizan y problematizan de manera inexacta los distintos escenarios. Por un lado, los comentaristas políticos tienden a comentar los sucesos que recaen en los elementos contingentes propios de los mismos, como son las trayectorias, tipos de relaciones (como el rol de Mario Marcel en la concertación y sus intereses), posiciones de los sujetos en los variados ámbitos de acción institucional (ministerios y parlamento) y la viabilidad del actuar gubernamental (¿será posible llevar a cabo lo prometido?). No obstante, no se problematiza ni tensiona la estructura partidaria, el grado de polarización ciudadana, el grado de fragmentación de los partidos, el tipo de institucionalidad actual y el que viene, la correlación de fuerza de los actores, los sistemas de valores de la población, los sentidos de transacción de las relaciones (qué lógica permite la gestión, eficacia, gobernabilidad y juntura), los espacios de subjetivación, las lógicas de representación política formal (los elegidos), la naturaleza de los clivajes (fisuras), la cultura política, y un largo etcétera; todas ellas cuestiones que son consideradas medulares por una amplia literatura, incluso más allá de ciencia política. Por otra parte, la ciudadanía tiene una expectativa muy alta para que se produzca ese giro, pero que al no estar informada en estas líneas argumentativas no explicitadas por lo “comentaristas políticos”, podrán tener un posible revés.

Por eso, y dada la estructura partidaria se explica la necesidad imperiosa de aproximación al centro, el que si bien vehiculiza un programa desde la izquierda hacia ese punto central, conlleva a la necesidad sustantiva de comprometerse con sectores que de suyo poseen un bagaje desconectado de los problemas que suscitaron todas estas transformaciones, y las cuales explican algunos descontentos del color que va tomando este nuevo gobierno, teniendo en cuenta que la brecha se sustenta en aspectos ideológicos disímiles, pero que además, comportaría un punto de inflexión poco correspondido a las ilusiones de los ciudadanos, pues en el lugar que se fundamentan y habitan estas relaciones hay indiferencia concreta, ya que no puede compartirse aquello que de suyo exige el procedimiento, y que por lo tanto sólo se produce como un determinado proceso; se pueden conceder derechos, pero no posibilidades procesuales, ya que aquel se levanta de una idea de igualdad, y el otro, de una materialidad de igualdades. Por ejemplo, la libertad de emprendimiento es instalada como posibilidad (concreción) pero no como escalabilidad (posibilidad de llegar a otros espacios), dado que el proceso exige, y esto es desprendido de Marx, una forma media de producción general en el sistema capitalista que los pequeños no pueden llevar. Y este hecho no es atendido ni fácil de atender, pues se escapa a lo que una constitución o un gobierno indica. Otra lección, y mirada desde el grado de polarización y fragmentación ciudadana, hacen que las preferencias individuales agregadas (todas las demandas), tengan un alto peldaño de recepciones diferenciadas de las acciones del gobierno, lo que conlleva a interpretaciones variadas de los futuros sucesos, haciendo que exista un escenario de conflicto institucionalizado por la forma de reproducción de sujetos individualistas. Pero no sólo ocurre en el plano cognitivo, sino del quehacer, ya que una buena parte reproduce el modelo, los políticos de derecha como de izquierda (el caso reciente de Karina Oliva), las instituciones policiales, la gente, y para qué hablar de las empresas.

Es por todo esto que la situación es más compleja de análisis. Creo que se darán espacios de descontentos importantes y problemas emergentes de estas consideraciones no consideradas, valga la redundancia. Los candidatos perfectos a la desilusión son los más intransigentes, y en una sociedad como esta, los valores del individuo y la proyección del mismo da chance para ello.

Cristopher Ferreira Escobar. Cientista político y director de la Fundación Politología, Centro de Estudios.

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