En América Latina, las configuraciones del liderazgo están densamente atravesadas por memorias históricas, experiencias de violencia, expectativas normativas y profundas desconfianzas institucionales. En este marco, resulta particularmente sugerente observar que algunos de los imaginarios más persistentes sobre el liderazgo no se producen exclusivamente en el ámbito político, sino también en el espacio simbólico de la cultura mediática. El cine y la televisión, en tanto dispositivos de producción de sentido, han contribuido a modelar representaciones de autoridad, legitimidad y acción colectiva. Jesús de Nazaret —figura religiosa, pero también actor político en su contexto histórico— ha sido reconfigurado en distintas claves audiovisuales que, lejos de ser neutras, dialogan con las matrices culturales y políticas que han estructurado la experiencia latinoamericana reciente.
En la miniserie Jesús de Nazaret (1977), dirigida por Franco Zeffirelli, se construye una figura de Jesús marcada por la solemnidad, la distancia y la estabilidad simbólica. Se trata de un liderazgo de carácter moral-pedagógico, que opera desde una lógica vertical donde la autoridad se funda en una legitimidad trascendente, no disputada. Este modelo remite a formas de dominación que pueden leerse en clave hermenéutica como cercanas a la autoridad tradicional o incluso a una racionalidad normativa estabilizada. En el contexto latinoamericano, esta representación encuentra resonancias en los regímenes dictatoriales del siglo XX, donde el orden, la certeza y la direccionalidad eran valores centrales, sostenidos por instituciones como las iglesias, el sistema educativo y la familia.
Sin embargo, este imaginario no se restringe al ámbito del poder tradicional, sino que también se proyecta en sectores opositores —tanto en regímenes como en movimientos de resistencia— que, en contextos de violencia estructural, configuran liderazgos investidos de una superioridad ética. Estos liderazgos suelen adquirir un carácter cuasi pastoral, combinando vocación de sacrificio —incluso de martirio político— con procesos de legitimación simbólica que tienden a su sacralización por parte de sus bases. En ambos registros, la política se inscribe en una matriz teleológica que, en ocasiones, adopta una lógica sacrificial: decisiones extremas —como la persecución, el encarcelamiento, el exilio o la eliminación del adversario— son justificadas en nombre de un supuesto bien mayor. Se configura así una forma de liderazgo que orienta más que dialoga, que ilumina más que interpela y que, en su pretensión de universalidad moral, tiende a distanciarse de las experiencias situadas y las demandas concretas de las bases sociales.
Por contraste, La Pasión de Cristo (2004), dirigida por Mel Gibson, desplaza el eje del liderazgo desde la palabra hacia el cuerpo. Aquí, Jesús es representado como un sujeto radicalmente expuesto al sufrimiento físico, donde la legitimidad no emana de la enseñanza, sino de la capacidad de soportar el dolor. Este giro puede leerse en clave biopolítica: el cuerpo se convierte en el lugar privilegiado de inscripción del poder y de la violencia. El liderazgo se valida en la experiencia límite, en la disposición a encarnar el daño que atraviesa a la comunidad.
Este imaginario adquiere una densidad particular en América Latina, donde las memorias de la violencia —dictaduras, desapariciones forzadas, narcotráfico, trata de personas y formas de extractivismo depredador— han contribuido a configurar una auténtica política del sufrimiento. Se trata de una gramática donde la muerte desplaza a la vida, la cruz eclipsa la resurrección y la desesperanza tiende a imponerse sobre horizontes de transformación. En este contexto, el “poner el cuerpo” se erige como principio de legitimación, especialmente en movimientos sociales y liderazgos emergentes, donde la exposición al riesgo y al daño se convierte en prueba de autenticidad política.
No obstante, este modelo entraña ambivalencias profundas. Por una parte, deriva en una estetización del dolor o en una economía moral en la que el sufrimiento se transforma en capital simbólico y criterio de autoridad. Por otra, la violencia ejercida sobre los cuerpos —tortura, mutilación, exposición pública— deja de operar exclusivamente como castigo y se convierte en un dispositivo performativo de disciplinamiento social, orientado a producir miedo, silencio y obediencia. Este patrón de avasallamiento no se limita a los márgenes, sino que tiende a infiltrarse en diversas esferas —política, empresarial e incluso institucional—, en un contexto donde ciertas expresiones de la narcocultura contribuyen a resignificar la violencia y la ilegalidad. En efecto, dicha narcocultura no solo banaliza la violencia, sino que también construye figuras de éxito asociadas al riesgo, la acumulación rápida y la transgresión, presentando el tráfico ilícito como una vía de movilidad social frente a alternativas como la educación o el deporte. Se instala así una ética de la inmediatez que privilegia la intensidad sobre la duración: vivir poco pero intensamente, acceder a bienes materiales y simbólicos de manera acelerada, antes que sostener trayectorias prolongadas de esfuerzo y formación. Esta lógica tensiona profundamente los fundamentos normativos de la convivencia social y reconfigura los criterios de reconocimiento y prestigio.
En una clave distinta, la serie The Chosen (2019), creada por Dallas Jenkins, reconfigura el liderazgo desde una lógica relacional. El Jesús que propone esta narrativa es cercano, afectivo, dialógico; un líder que no se impone desde la distancia ni se legitima exclusivamente en el sacrificio, sino que construye comunidad a través del vínculo. Este modelo puede leerse en sintonía con enfoques contemporáneos que enfatizan la horizontalidad, la interdependencia y la co-construcción de lo político. En el contexto latinoamericano contemporáneo —caracterizado por la crisis de representación, la erosión sostenida de la confianza institucional y la emergencia de nuevas formas de acción colectiva— este imaginario adquiere una centralidad particular. Se expresa en prácticas territoriales, asamblearias y comunitarias, donde el liderazgo deja de ser una propiedad individual para convertirse en un proceso distribuido, negociado y relacional. La autoridad, en este marco, ya no se impone, sino que se construye en la interacción.
No obstante, este modelo enfrenta tensiones estructurales significativas. Entre ellas, la dificultad de traducir la proximidad y la horizontalidad en capacidad efectiva de decisión; la fragilidad de las estructuras organizativas que sostienen estos liderazgos; y el riesgo de dilución de la autoridad en dinámicas excesivamente horizontales. En ciertos contextos, esta lógica puede derivar en procesos de deslegitimación permanente de las instituciones, alimentando conflictos entre gobernantes y gobernados que terminan por erosionar las bases de la gobernabilidad democrática. Con todo, este imaginario presenta una potencia inclusiva difícilmente observable en los modelos anteriores. Es el único que visibiliza de manera sistemática a sujetos históricamente marginados —mujeres, niños, personas con discapacidad, migrantes y sectores empobrecidos—, al tiempo que desdibuja fronteras tradicionales entre categorías excluyentes: santos y pecadores, ciudadanos y extranjeros, normales y anormales. En esta reconfiguración, la autoridad se redefine como servicio y se orienta prioritariamente hacia quienes han sido desposeídos en términos sociales, políticos y culturales.
Sin embargo, esta misma apertura puede generar efectos ambivalentes. La ampliación de los márgenes de inclusión y la relativización de jerarquías tradicionales pueden activar, como contracara, pulsiones restauradoras: una nostalgia por formas de orden social más excluyentes y por modalidades de autoridad más rígidas, e incluso violentas, que prometen certidumbre frente a la incertidumbre contemporánea.Así, estas tres representaciones no solo configuran distintos rostros de Jesús, sino también tres gramáticas del liderazgo: una basada en la autoridad moral trascendente; otra en la legitimidad del sacrificio corporal; y una tercera en la construcción relacional del poder. América Latina, en su tránsito desde regímenes autoritarios hacia democracias formales y en el actual escenario de crisis de estas, parece haber oscilado entre estas matrices sin lograr estabilizar una síntesis.
La cuestión, entonces, no radica en la elección de uno de estos modelos, sino en la posibilidad de articularlos críticamente. Esto implica pensar formas de liderazgo que integren orientación normativa sin autoritarismo, compromiso encarnado sin fetichización del sufrimiento, y proximidad relacional sin pérdida de capacidad decisional. En esa tensión —constitutiva y aún irresuelta— se juega no solo la práctica política, sino también la imaginación social de lo que significa liderar en América Latina.
Miguel Ángel Mansilla
Universidad Arturo Prat
