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Entre la emoción y la verdad: la democracia en la era de la comunicación líquida. Por Marcela Vidal Maldonado

“Si no está en redes, no existe”. La frase suena trivial, pero contiene una verdad inquietante. Hoy la comunicación nos rodea en todas partes y, al mismo tiempo, se nos escapa de las manos. Es líquida, cambia de forma según el algoritmo de turno, y en ese proceso los hechos se diluyen mientras las emociones se imponen. Allí aparece lo que algunos llaman Homo digitalis. No es una nueva especie emparentada con el Homo sapiens, claro está, sino un modo de estar en el mundo: personas que viven y respiran a través de los medios digitales, que consumen información a diario sin detenerse a pensar de dónde viene ni qué tan confiable es.

Chile no es la excepción, y Ñuble menos aún. Hace apenas unos años, en 2022, la televisión era la reina de las fuentes: dos de cada tres personas la citaban como su principal medio de información, frente a un 42% que lo hacía con las redes sociales. En 2024–2025 la fotografía cambió por completo: hoy un 61% declara informarse por redes, mientras solo un 21% sigue recurriendo a la televisión. El giro no es menor. La tele conserva cierto aire de credibilidad, pero la centralidad pasó a plataformas que privilegian la inmediatez sobre la verificación. Lo verosímil se impone con más facilidad que lo verdadero.

Lo que está en juego no se reduce a las fake news. Se trata de algo más profundo: la instalación de la agnotología, esa estrategia de producir ignorancia de manera deliberada. Las tabacaleras lo practicaron cuando financiaban estudios para sembrar dudas sobre el cáncer. Hoy lo repiten empresas y grupos de presión que buscan relativizar el cambio climático, las vacunas o desacreditar medidas públicas. En el ecosistema digital basta un meme, un video malicioso o una cadena de WhatsApp para horadar certezas.

Sabemos, gracias a la neurociencia, que no decidimos en frío. Lo que sentimos suele mandar más que lo que pensamos. La comunicación líquida se aprovecha de eso: juega con nuestras emociones antes que con los argumentos. Un gráfico estadístico difícilmente se comparte, pero un mensaje que indigna o provoca risa puede volverse viral en minutos. La política lo sabe, la economía también, y la democracia lo resiente.

El Homo digitalis se siente más informado que nunca, aunque en realidad vive atrapado en burbujas diseñadas por algoritmos que le refuerzan sus propias creencias, sus propios sesgos cognitivos. El scroll interminable lo educa en la superficialidad, lo acostumbra a la distracción, y convierte su atención en mercancía. En este ambiente, los rumores terminan teniendo el mismo valor que la evidencia científica. No es casual que las campañas políticas se midan hoy más por la capacidad de emocionar en TikTok que por la solidez de un programa de gobierno.

Los plebiscitos recientes en Chile dejaron esa fragilidad al descubierto. La desinformación no necesitó a una maquinaria internacional para expandirse. Con solo unos cuantos mensajes simples, repetidos meméticamente, fueron suficientes para moldear percepciones y votos. Así, la posverdad no intenta probar nada; busca instalar ideas viscerales de incertezas. Todo se relativiza hasta el punto de que todo se puede dudar. El resultado genera constante erosión de la confianza en las instituciones y en los propios pactos democráticos.

¿Cómo enfrentamos este escenario? Tal vez culpar a las plataformas digitales y a los algoritmos no sea una solución realista. El desafío es más grande: se necesita alfabetización digital desde temprano para la información mediática, formación ética para el consumo crítico de la información y, sobre todo, asumir que la responsabilidad no es solo individual, sino que involucra a toda la comunidad. Al reconocer que nuestras emociones sesgan lo que creemos damos un primer paso que implica atreverse a verificar, contrastar y discutir colectivamente la información que consumimos.

La comunicación líquida no es un destino inevitable. Se transformó en un terreno en disputa donde se juega la calidad de la democracia que ejercemos. Entonces, la pregunta es si el Homo digitalis seguirá reducido a un consumidor pasivo de estímulos permanentes o si podrá transformarse en un ciudadano digital consciente y de pensamiento crítico. Cómo respondamos a esta transformación que vivimos, dependerá de si dejamos que la ceguera a la posverdad nuble nuestras decisiones, o si somos capaces de recuperar la visión común basado en confianza pública y deliberación informada.

Referencias

Arros Aravena, Alejandro. “La celebrificación política en Chile, democracia del pixel.” Le Monde diplomatique (Edición Chilena), 4 de septiembre de 2025. https://www.lemondediplomatique.cl/la-celebrificacion-politica-en-chile-democracia-del-pixel-por-alejandro-arros.html

Ramos, Alejandro (2018). Información líquida en la era de la posverdad. Revista General de Información y Documentación, 28(1), 283-298.

Pablo & Alarcón R (2025) Informe ejecutivo Barómetro Regional de Ñuble 2024-2025. Chile visto por sus regiones. Centro de Estudios Ñuble, 50 p.

Vidal Maldonado, Marcela & Chandía, Patricio (2025). Las redes líquidas de la comunicación social, pp. 271–305. En: Martínez, Soledad & Castillo, Pamela (Coord.) (2025) Pensar Ñuble desde lo local. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CLACSO y Universidad del Bío-Bío.

Dopctora Marcela Vidal Maldonado
Centro de Estudios Ñuble Universidad del Bío-Bío

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