“La pérdida de sentido y de participación real transforma la democracia en una simple formalidad, un juego vacío que desmoraliza a la ciudadanía y erosiona su capacidad de acción colectiva.”[1]
La fatiga política que vive nuestra sociedad no es solo un cansancio pasajero, sino un síntoma profundo del deterioro de los vínculos democráticos y del sentido compartido que los sostiene. Como apunta la politóloga Chantal Mouffe, cuando la política se reduce a una mera competencia por el poder sin contenido ideológico ni compromiso ético, se corre el riesgo de “una despolitización que conduce a la apatía y la resignación”[2]. En nuestro caso, la repetición de promesas vacías, la escasa renovación de candidaturas y la guerra sucia entre figuras políticas no hacen sino corroborar esta advertencia.
Un claro ejemplo de esta fatiga se manifestó en la reciente utilización de bots en redes sociales para atacar y polarizar entre los principales candidatos de la derecha. Más que una disputa programática, vimos un espectáculo de descalificaciones, fake news y campañas automatizadas que contribuyeron a una atmósfera tóxica y desgastante, donde la política perdió contenido y se redujo a maniobras mediáticas. Este fenómeno no solo profundiza la desconfianza ciudadana, sino que evidencia la crisis del discurso político que prioriza el impacto sobre el sentido.
Este agotamiento se expresa también en el vaciamiento de lo simbólico: la politización de los símbolos y las memorias colectivas se ha convertido en una herramienta más de marketing electoral, un fenómeno que el sociólogo Pierre Bourdieu denominaba como “el capital simbólico reducido a mercancía”[3]. En nuestra realidad nacional, donde emblemas y discursos son reciclados sin respeto ni profundidad —como la banalización de símbolos patrios o históricos en campañas vacías de contenido— perdemos algo esencial: el espacio donde se construye la identidad política y social, y con ello, la capacidad de movilizar un compromiso genuino.
En palabras de la filósofa Hannah Arendt, “la política sin espacio público y sin sentido común es la política sin sentido”[4]. Si ese espacio simbólico se banaliza, la política se vuelve mera formalidad, y la ciudadanía, exhausta, se distancia. Es común observar urnas llenas, gracias al voto obligatorio, pero vacías en verdad, pues la participación no responde a un compromiso auténtico ni a una movilización consciente, sino a una obligación legal que no garantiza interés ni esperanza. En la coyuntura nacional, la dinámica de confrontaciones personales, escándalos y retórica populista no solo desgasta, sino que deslegitima el propio acto democrático, convirtiendo las elecciones en un espectáculo vacío que no emociona ni convoca.
Este es el punto de quiebre: la fatiga política y el vaciamiento simbólico son el reflejo de una crisis sistémica que, de no ser enfrentada, puede llevar a la desmovilización definitiva y a la consolidación de regímenes autoritarios, como lo han evidenciado numerosos estudios sobre el declive de las democracias representativas en América Latina.
Por eso, el cuidado de la democracia debe pasar por recuperar el valor del símbolo y la memoria colectiva como pilares de la participación y el compromiso. La izquierda, especialmente, tiene la responsabilidad histórica de superar el cortoplacismo y las estrategias vacías, apostando por prácticas políticas que restablezcan confianza y sentido. Como señala el politólogo Boaventura de Sousa Santos, “la transformación democrática solo es posible si se construye desde abajo, en diálogo con las memorias y símbolos que dan sentido a las luchas populares”[5].
En conclusión, el desafío no es menor ni puede ser pospuesto: es imperativo superar la fatiga política y resemantizar lo simbólico para evitar que la democracia se convierta en una mera fachada. Solo así podremos reconstruir un espacio político capaz de emocionar, convocar y proyectar esperanza, pues de lo contrario, las urnas seguirán llenas, pero la democracia, vacía.
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Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile
[1] Chantal Mouffe. El retorno de lo político. (Ediciones Siglo XXI, 2005)
[2] Chantal Mouffe, La paradoja democrática (Verso, 2000)
[3] Pierre Bourdieu, La Distinción: Criterio y bases sociales del gusto (Siglo XXI Editores, 1984).
[4] Hannah Arendt, La condición humana (Ediciones Paidós, 1958).
[5] Boaventura de Sousa Santos, La Universidad en el Siglo XXI: Para una reforma democrática y emancipatoria de la universidad (Siglo XXI Editores, 2017).
