Para nadie ya es desconocida la polémica que han abierto las nuevas bases de postdoctorado, las cuales son elaboradas por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo, institución dependiente del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación.
Hace algunos meses, escribí una columna en la cual destacaba la práctica reflexiva que realizan las ciencias sociales y humanidades, y que muchas veces son dejadas de lado en favor de otras áreas del conocimiento.
Con un gobierno de ultraderecha como tiene el país hoy, era más que esperable que esto sucediera, de todas formas, eso no ha implicado que el mundo universitario, y sobre el todo el académico, haya demostrado su molestia ante una decisión sumamente miope.
Stanislas Dehaene en su libro titulado “La conciencia en el cerebro” intenta mostrar como este órgano puede alojar algo que ha sido un problema desde hace bastante tiempo para los neurocientíficos, responder a la pregunta ¿qué es la conciencia?
El autor, da múltiples ejemplos en los cuales no solo explica como está diseñado el cerebro, sus zonas, delimitaciones y partes que lo conforman, también da relatos de experimentos y uso de máquinas para observar la actividad cerebral.
A raíz de ello, lo primero que nos queda claro es cuan relevante se han vuelto los aparatos tecnológicos, máquinas, invenciones técnicas, la computación, software y hardware para estudiar elementos orgánicos de nuestro cuerpo. Sin estos aparatos creados por el ser humano, el entendimiento de nuestro propio funcionamiento sería aún más complejo de lo que es.
Resulta interesante que Dehaene muestra que hay aparatos más o menos útiles que otros, ciertas máquinas no dan la suficiente información esperada o buscada. He ahí la importancia de ensamblar resultados con otras máquinas y de los avances científicos para mejorar estos aparatos.
Adicionalmente, el neurocientífico menciona que es necesario la elaboración de una teoría que explique todos estos resultados emitidos por máquinas, en explicito dirá “sin una teoría explícita, la búsqueda contemporánea de los correlatos neurales de la conciencia puede parecer tan inútil como la antigua propuesta de Descartes de que la glándula pineal es el asiento del alma”.
En ese sentido, toma gran relevancia el trabajo de personas que no necesariamente se dedican a áreas como la neurociencia, si no de quienes sean capaces de ensamblar tantos resultados técnicos, evidencia y abstracción humana.
Olga Sabido Ramos y Madeline Akrich, ambas autoras de la Teoría del Actor-Red, desde perspectivas distintas, avanzan sobre la idea de que las sociedades están construidas no solo por humanos, si no que por redes sociotécnicas, las cuales incorporan a actores no humanos, como las máquinas y los aparatos tecnológicos, para la comprensión del mundo. Es la idea sobre cómo ciertas tecnologías ya incluso corresponden a una extensión más de nuestro cuerpo.
La excesiva relevancia que se le da a ámbitos económicos, técnicos y áreas que están vinculadas a la innovación, en desmedro de las ciencias sociales, solamente es seguir con una idealización de las ciencias, que sin analogías, comparaciones, capacidad imaginativa, relatos e historias (que son atendidas principalmente desde otras áreas como la literatura, las humanidades, o incluso la sociología), los resultados que entregan instrumentos utilizados por científicos solo serían eso, un montón de números con una comprensión mínima, reducciones absolutas de lo que es el ser humano.
Seguir con la jerarquización de áreas del conocimiento, o como lo llaman algunos, “priorización”, es una muestra más de purificaciones innecesarias que se hacen no en favor de ser eficiente, si no en buscar qué es lo mejor para el mercado, que renta más y que retorna más fácil y rápido.
