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Envejecer con orgullo: visibilizando las vejeces LGBTIQ+. Por Nicole Mazzucchelli

Cada mes de junio, las comunidades LGBTIQ+ en el mundo se movilizan para conmemorar el llamado Mes del Orgullo. Se trata de un momento de celebración, memoria y reivindicación: se celebran los avances alcanzados en el reconocimiento de derechos, pero también se recuerdan las múltiples luchas históricas libradas contra la violencia y la discriminación. Sin embargo, en medio de estos importantes logros, un grupo sigue permaneciendo en los márgenes del reconocimiento político, social y cultural: las personas mayores LGBTIQ+.

En Chile y en muchos países, las vejeces disidentes permanecen invisibilizadas en las políticas públicas, en la investigación científica y en los medios de comunicación. La escasa evidencia disponible sobre sus experiencias y necesidades habla de un vacío persistente: el de una sociedad que no ha sido capaz de mirar con atención a quienes envejecen desde cuerpos, historias y afectos que desafían la norma heterosexual y cisgénero.

Sabemos que el envejecimiento poblacional es un fenómeno global, irreversible y sin precedentes, y que en América Latina se da de manera acelerada. Sin embargo, este proceso no ha ido acompañado por una transformación estructural que permita adaptar los servicios, instituciones y políticas a las demandas de la población mayor. Como resultado, amplios sectores envejecen en condiciones de pobreza y exclusión. Y esta situación se agrava aún más para las personas mayores LGBTIQ+, cuyas trayectorias de vida han estado marcadas por contextos hostiles a la diversidad sexual y de género.

Muchas personas mayores de la comunidad han atravesado décadas de discriminación, patologización, violencia simbólica e institucional, y han debido desarrollar estrategias de resiliencia frente al rechazo familiar, el silenciamiento social y la criminalización de sus identidades. En la vejez, cuando los recursos físicos, económicos o afectivos para sostener esas estrategias se debilitan, se vuelven más vulnerables a los efectos de la exclusión. Esta acumulación de desventajas a lo largo del curso de vida impacta directamente en su bienestar, su acceso a derechos y su participación plena en la sociedad.

Habitar la vejez siendo parte de las disidencias sexo-genéricas implica enfrentar un escenario donde persisten el estigma y la invisibilidad, muchas veces al interior de sus propias comunidades. Y esto no es solo una cuestión de no reconocimiento de derechos: es también una ausencia de políticas públicas integrales, de dispositivos de atención sensibles a la diversidad, de espacios intergeneracionales de cuidado, y de una educación que reconozca, valore y celebre la pluralidad de formas de envejecer.

En consecuencia, las personas mayores LGBTIQ+ enfrentan una doble discriminación: por edad y por su identidad y orientación sexual. Esto configura una compleja intersección de desigualdades, que exige respuestas urgentes y un abordaje integral. Como Estado, como sociedad y como comunidades, tenemos el deber ético y político de reparar esta exclusión histórica. Visibilizar la diversidad de vejeces no puede ser una acción simbólica: requiere compromisos concretos, el desarrollo de políticas públicas que atiendan a sus necesidades específicas, y una transformación sociocultural profunda en la forma en que pensamos, construimos e incluimos socialmente a las personas mayores y a las diversidades.

Porque una vejez digna, saludable y feliz no es un privilegio, es un derecho. Y ese derecho debe incluir y reconocer también a quienes han resistido, amado y sobrevivido en los márgenes. Las personas mayores LGBTIQ+ también quieren y deben envejecer con orgullo. Y nos corresponde a todas, todos y todes construir una sociedad que así lo garantice.

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